Los laberintos de la memoria. Relatos de la lucha contra la dictadura y la impunidad.

Prólogo a la primera edición

Vivencias de un militante responsablemente insertado en la problemática social y política de los últimos treinta años, son las que ofrece José Ernesto Schulman en este libro testimonial.

Los episodios que se suceden cuentan experiencias presentes en el espíritu del autor, hilvanadas con independencia de los ordenamientos cronológicos del tiempo.

El lector podrá modificar la secuencia de los textos; aun más, leerlos apelando al libro en cualquiera de sus páginas: cada relato es una historia en sí misma, conectada por múltiples articula­ciones con las restantes historias. Todas configuran un tiempo de dudas y de afirmaciones; de esperanzas y frustraciones, de claridad ideológica y de cegueras políticas irritantes y ofensivas, de convicciones muy profundas, de represiones inscriptas en la barbarie, de compromisos asumidos hasta la entrega total, de ausencias muy queridas.

La incorporación a la Federación Juvenil Comunista en la adolescencia y el compromiso total con el Partido Comunista cuando los años afirmaron la temprana militancia, las múltiples tareas realizadas en los distintos frentes hasta alcanzar altas responsabilidades partidarias, son descriptas objetivamente. Sin el afán de mostrar protagonismo, el autor describe la intrincada madeja de relaciones existentes en el campo popular y las distintas posibilidades de lucha contra las organizaciones y los hombres del sistema, sabiendo que éstos no evitan ninguna acción para intentar imponerse, recurriendo, inclusive, a los más abyectos procedimientos.

Las posibilidades han sido siempre muy desiguales, porque además de disponer de fuerzas represoras preparadas para abortar intentos de transformación social, la mayoría de las instituciones civiles democráticas responden a la ideología de dominación imperante en la sociedad.

Los militantes populares no solamente son descalificados por sus convicciones sino, también, perseguidos arteramente. Por ello, la adhesión a principios contestatarios y a formulaciones solidarias, conllevaba –y conlleva– un alto riesgo.

José Ernesto Schulman lo supo siendo muy joven, y optó por estar junto a la gente, meterse fraternalmente en las angustias de los hombres y mujeres explotados y marginados, condenados al hambre y a la desesperación.

La elección tenía precio, Schulman supo de persecuciones, atentados, cárceles y torturas en distintas sedes policiales de la provincia de Santa Fe. Sufrió, junto a compañeros comunistas, peronistas, trotskistas, los métodos que el proceso militar aplicó para silenciar a los activistas: el ocultamiento de las detencio­nes, los simulacros de fusilamientos, la imposición de castigos y tormentos casi imposibles de imaginar, la utilización de la picana eléctrica hasta la destrucción de los cuerpos.

Schulman sobrevivió al terror paralizante ante la presencia de la patota que no solamente instalaba pavor entre los ocupantes de los pabellones, sino también a los propios guardias de las cárceles. Tal la bestialidad de sus actos.

Cuando arrancaban a los detenidos de sus celdas, se sabía que serían asesinados en los traslados. La dramática espera de los compañeros que regresaban de las salas de tortura producía un estremecedor abatimiento.

Muchas veces la locura habitaba las celdas.

Dice el autor: “Creo que en aquellos días sólo adentro del sistema represivo se podía tener una dimensión exacta del ge­nocidio”.

El régimen carcelario, vigente entonces y aplicado a los pre­sos políticos, perseguía el objetivo de destruirlos como personas. Las permanentes humillaciones a las que ellos fueron sometidos, atestiguan la perversidad de que muchas veces la policía torturaba más allá de las confesiones que pretendía obtener, para llegar a aniquilar espiritualmente a las víctimas, y asesinarlas después en las mesas de tormento.

No obstante, en los mismos pabellones, controlados rigurosa­mente, se crearon células que mantenían circuitos de información activos en el interior de las cárceles y lograban comunicación con el mundo exterior.

Declara Schulman: “No éramos sólo un número. Seguíamos siendo militantes populares que resistían en la trinchera que nos había tocado defender, la de nuestra propia identidad”. En todos los momentos del libro brillan nombres –generalmente los apodos– de hombres y mujeres de distinta extracciones políticas. Ellos compartieron tramos de vida en la lucha sostenida para lograr que la Justicia fuese un bien común, y para que el respeto por las diferencias asegurase la convivencia humana.

Muchos son quienes nos reclaman: el Negro Oscar, López, el Hachero; el Viejo Berraz, el Rafaelino, el Bachi, el Chocho y su hijo, el Tito, el Alberto, el Mono, la Mechi y el Ciego, el Ñato, el Mormón, el Chino, y más y más.

Desde sus historias personales y desde la infinita humanidad que los definió, nos hablan de enfrentamientos, de anhelos, de esperanzas.

Con sus cuerpos perforados por las balas asesinas también nos dicen sus verdades queridos militantes: Alberto Cafaratti y Leonel Mac Donald. Cayeron en plena juventud. Posiblemente, el Pelado en su León Rouge haya plantado rosales con sus nom­bres, como hizo por tantos compañeros desaparecidos, allá, en su jardín de Tucumán.

Es muy probable también que haya florecido el rosal de Tito Messies quien, con su obstinado silencio, señala el profundo sentido del compromiso sin límites.

Muchas de las historias dan fe de pequeños actos heroicos vividos sin alardes de heroísmo. Simplemente ocurrieron. Ocu­rrieron en la sordidez de las celdas y no tuvieron más testigo que los compañeros castigados.

¡Cuidado con cantar en la celda!, exigían los represores. Pero no pudieron evitar que las voces de los detenidos superasen las rejas, los cerrojos y las prohibiciones del ámbito carcelario. Hoy, el autor nos acerca a ellas, trasuntando la emoción de revivir tiempos siniestros compartidos con hombres íntegros, nobles, fieles a sus principios éticos.

Porque la memoria venció a la traición aparece en el libro Víctor Brusa, el juez torturador, protegido por el poder político de Santa Fe y de la Nación.

El laberinto judicial que lo amparó pudo ser obviado por la permanente denuncia de José Ernesto Schulman. Su acción fue te­naz contra las cerradas puertas de los espacios oficiales, y también contra la indiferencia de su propio Partido, que no comprendió el alcance de la lucha emprendida y no brindó, inicialmente, el apoyo necesario que se requería para descalificar a Brusa por su participación en el criminal proceso militar.

El autor señala con absoluta claridad su disconformidad por la débil posición de su Partido durante la última dictadura, al quedar al margen de la lucha emprendida por sectores populares, pero exalta el compromiso y la tarea de antiguos militantes como Fidel Tonioli y José Sorbellini, porque siempre estuvieron al lado de los luchadores. Nuevas voces –la contundente de Mónica Cabrera– le permite vislumbrar que en los tiempos difíciles de nuestras horas sa­bremos de hostilidades, de enfrentamientos, de vida y de muerte.

También de la dignidad de quienes resisten y no callan; pelean y no aceptan imposiciones, pese a las rejas y a los cerrojos.

En todas las páginas del libro está presente Julius Fucik. Fue secretario de Prensa del clandestino Partido Comunista de Checoslovaquia cuando las tropas de Hitler invadieron su país, durante la Segunda Guerra Mundial. Detenido y condenado a morir en la horca, legó a la Humanidad testimonio de sus actos, cuando aún permanecía en la cárcel de la Gestapo. En reportajes a sus compañeros de cautiverio –la mayoría condenados como él–, sus referencias constantes a la derrota del nazismo y a la certeza de un mundo futuro libre de explotadores, definieron su ideario.

Al Tribunal Militar que lo condenó, Fucik, dijo: “Ahora uste­des van a dictar sus sentencia. Conozco su contenido: la muerte de ese hombre. Mi veredicto acerca de ustedes lo he dictado hace ya mucho tiempo. Escrito con la sangre de toda la gente honrada del mundo, he aquí lo que contiene: ¡Muera el fascismo, muera la esclavitud capitalista! ¡La vida al hombre!”

José Ernesto Schulman apeló a su pensamiento y se prote­gió con su ejemplo en muchos momentos de su vida. El libro lo atestigua.

Desde otras páginas nos convoca la Mechi y nos dice: “De nuestras vidas no nos podemos ir”.

En la obra de Schulman se abrazan fraternalmente los mili­tantes que están aquí, a la vuelta de la esquina, y Julius Fucik. El tiempo que lo separa –y que los une– fue testigo de profundas transformaciones, pero no se alcanzó todavía el mundo justo por el cual peleó y murió Fucik.

Muchos hombres y mujeres están luchando para alcanzarlo, aun sabiendo que en la pelea se puede ir la vida. Sin embargo, asumen el desafío porque de nuestra vida no nos podemos ir. José Ernesto Schulman lo sabe.

Y está marchando el camino de la noble gente que se topa con la muerte. No marcha solo. También lo sabe.

Rubén Naranjo

Nota del Autor:

Rubén Naranjo fue profesor de Bellas Artes, y durante más de quince años, docente en la Facultad de Arquitec­tura. En 1976 fue dejado cesante por el gobierno, y reincorporado con honores en 1983. Dirigió la Escuela de Bellas Artes de la UNR, se desempeñó como regente de la Escuela Provincial de Artes Visuales de Santa Fe, y fue uno de los fundadores de la Biblioteca Popular Constancio Vigil.

Protagonizó en su juventud uno de los hechos más creativos de la protesta intelectual: Tucumán Arde, y fue el dirigente de la defensa de los Derechos Humanos más respetado y representativo de Rosario.

Me honró con su amistad, y llegamos a compartir emprendimientos varios, como la cátedra Agustín Tosco en los años 90. Cada vez que necesitábamos su pre­sencia en la lucha contra la impunidad ejercida por el juez Brusa y tantos otros, Rubén Naranjo estaba allí.

De hecho, cuando le pasé los originales de este libro para que escribiera el prólogo, hizo le hizo una corrección de estilo general que mejoró el material todo lo que pudo. Falleció el tres de octubre de 2005.

 

 

¿Qué revolución compensará

las penas de los hombres?

Andrés Rivera

 

 

 

1. Llegada aCoronda

Nos bajaron a patadas del camioncito de transporte de presos.

El milico ordenó a los gritos que bajáramos la cabeza hasta las rodillas, que pusiéramos una mano en la nuca, y que con la otra sos­tuviésemos el mono contra la panza. Y que empezáramos a correr. Yo corrí todo lo que pude, pero pronto comencé a cansarme.

Como había guardado mis lentes para protegerlos, veía poco y nada. Y no aguantaba correr doblado, con la cabeza mirando el suelo, porque me daban mareos, y tropezaba a cada paso.

Me dejé caer.

En el suelo recibí una patada en la espalda, y de los pelos me volvieron a levantar.

Volví a correr.

Sabía que habíamos llegado a la cárcel de Coronda, pero no terminaba de entender por dónde corríamos. Casi desde el suelo, miraba a cada costado y sólo veía unos largos, larguísimos corre­dores que no terminaban nunca. De cuando en cuando dejábamos atrás portones con rejas. Me dio rabia. Cuántas veces, mientras en la comisaría Cuarta me ponían la capucha, había soñado estar con la cabeza al aire libre, y ahora, que no la tenía puesta, no podía ver a dónde me llevaban.

No aguanté más la carrera y me volví a dejar caer. Otra vez las patadas y otra vez a correr; pero me había salido con la mía: en el suelo había ganado unos segundos, y de ese modo recuperé algo de aliento. Seguí corriendo, y seguimos pasando rejas. Hasta que llegamos hasta lo que parecía el final del pasillo. Me dejaron levantar la cabeza, y entonces un guardia cárcel, sentado a una mesa, me tomó los datos; los registró en un cuaderno escolar Después me dio un número y me advirtió que desde ese momento era el interno 1794. Que debía responder cuando así me llamaran, con las manos a la espalda y la cabeza gacha.

Me llevaron hasta una celda, abrieron la puerta de metal ma­ciza, corrieron la traba y luego hicieron lo mismo con la barra que atravesaba todas las puertas de las celdas, mecanismo que se activaba fuera del pabellón, desde la “jaula” de los guardias. Me empujaron suavemente y entré en la celda. Había una cucheta, un inodoro, una pileta, una mesa pequeña, un colchón y una almo­hada. Nada más.

Me dejaron solo.

La celda era estrecha y no muy larga; calculé que tendría unos dos metros por tres. La puerta era maciza y al fondo había una ventana. Y al lado de la ventana, un espacio en la pared con dos tablitas metálicas que funcionaba como alacena, para los mínimos enseres domésticos, y como ropero para la poca ropa que traíamos con nosotros, igual que los linyeras, envuelto en una toalla. La ventana tenía rejas; gruesas, por supuesto. Por la ventana se veía el cielo, que no era poco. Y más abajo, una muralla. Por la muralla caminaban unos milicos: Más tarde supe que aquellos verdes eran gendarmes.

Empecé a caminar y a pensar. Ensayé recordar Reportaje al píe del patíbulo de Julius Fucik. Me había comprometido a guardarlo en la cabeza. Como en aquella novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, nos proponíamos conservar algunos libros en la memoria. Estaba en eso, en la parte que a Fucik lo llevan a torturar por enésima vez, de la que vuelve destruido, cuando se oyó un ruido metálico. No me había dado cuenta que la puerta tenía una especie de ventanita en su centro. Se abría para adentro y quedaba como una bandejita. Por ese hueco asomó un preso que me sonreía; llevaba un cucharón enorme y una olla gigantesca montada sobre un carrito. Preguntó:

– ¿Vos sos Schulman, el del Pecé de Santa Fe?

Con cierta ingenuidad, contesté rápido que sí. Entonces el fajinero me informó que allí mandaban los Montos, y que a los del Pecé no les daban siquiera de comer. Y completó la frase con fuerza:

– ¡Jodete por ser bolche! – y cerró la ventanita con una car­cajada.

Asustado, confundido, sin poder aceptar lo que se presentaba como evidente, empecé a caminar en diagonal de un lado a otro de la celda, hasta que la ventanita se volvió a abrir y el fajinero asomó la cara, con la sonrisa aun más amplia.

–No se asuste compañero –dijo–. Yo también soy del Pecé; soy Grafito, hijo de Rodolfo, el ferroviario de Villa Constitución, y quiero decirte que estamos muy contentos de tenerte con no­sotros.

– ¿Qué? ¿Quiénes son “nosotros”?

– Sencillo: los militantes de la célula del partido del pabellón seis; te vamos a ayudar en todo lo que podamos. Arriba tenés otro camarada, el Chino del Swift de Rosario, pero ahora está castigado y se tiene que cuidar. Después te va a hablar por el caño del inodoro.

Puso sobre la bandejita un plato y me sirvió doble ración del rancho de la noche: albóndigas con arroz. Me dio un jarro, una cuchara, un tenedor y un cuchillo de latón. También un pan.

Me puse a comer y empecé a llorar de emoción: ¡Había vuelto a ganarles! No éramos sólo un número. Seguíamos siendo militantes populares que resistían en la trinchera que nos tocaba defender, la de nuestra propia identidad.

Y todavía estaba por verse quién ganaba esa partida.

2. De libros y recuerdos

Mi padre fue un inmigrante judío que llegó a la Ar­gentina a mediados de los años 20. Había nacido en los alrededores de Vilna, capital de Lituania, pequeño país bál­tico rodeado de Polonia, Rusia y el Mar Glacial Ártico.

El pueblito donde él vivía solo con su padre desde muy niño, ya que su madre había muerto al nacer su hermanita menor, quedó dentro de la zona que los bolcheviques tuvieron que entregar a los alemanes, como una de las condiciones de la llamada Paz de Brest –Litovsk, firmada en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, cuando ya había triunfado la Revolución de Octubre en Rusia, la primera revolución socialista, y Lenin buscaba detener a toda costa la ofensiva militar alemana, porque era preciso ganar tiempo y rearmarse.

En aquellos tiempos, en esas regiones la pobreza y la ham­bruna eran tan persistentes que mi abuelo vivía de vender en los trenes granitos de sal y fósforos de madera, cortados a través y multiplicados por cuatro. Iba y venía con mi padre en aquellos trenes misérrimos que los llevaban a recorrer distancias enormes; había que hacer algún dinero y procurar algo de comida para la familia.

Ayudado por una fundación sionista yanqui, a los quince años mi papá se largó solo a cruzar el Océano Atlántico, y se empleó como carpintero en frigoríficos de Berisso. De ese viaje dejó un relato formidable en un cuaderno de las Academias Pitman – donde había prendido a leer y a escribir en castellano al llegar a Buenos Aires –, cuaderno que los milicos robaron en uno de los tantos allanamientos que me tocó afrontar. Mi viejo era uno de aquellos obreros comunistas que se hicieron a sí mismos a partir de una cul­tura bastante amplia, obtenida primero en las bibliotecas obreras, después en una consecuente lectura autodidacta. El caso es que cuando yo crecí, lo hice entre libros. Cientos de libros, entre los cuales había muchos sobre la Segunda Guerra Mundial, casi todos relatos soviéticos sobre los crímenes de los nazis, los campos de concentración y la infinita maldad del fascismo.

Por ello me llamaba muchísimo la atención que semejante cataclismo como el genocidio que sufrimos, no hubiera motivado la creación artística que se merecía. Me costó años entender que nadie puede contar el horror infinito, que nadie puede imaginar aquello, sino los sobrevivientes. Y que ellos, mejor dicho: noso­tros, teníamos las manos atadas por el único modo de preservar los recuerdos, que consiste en olvidar lo que no es imprescindible. Que recordábamos muy bien los nombres de los caídos, y las señas de sus asesinos. Y no mucho más.

En 1999, forzado por la circunstancia de tener que prestar declaración ante el Consejo de la Magistratura, donde se debatía si debía o no ser enjuiciado el ex juez Víctor Hermes Brusa, tuve que enfrentarme al olvido. Entendí entonces qué significaba la memoria selectiva. En una noche –toda una noche– reconstruí el circuito por donde había pasado, los lugares, los nombres de los torturadores y los de algunos compañeros.

Y también el dolor. Ese dolor infinito. La angustia profunda que surgía de una certeza: que entre el cinco de diciembre de 1975, fecha en que colocaron una bomba con la suficiente potencia como para destruir la casa de mis padres y liquidarme a mí, y el 30 de marzo de 1982, día en que la movilización obrera y popular ocupó las calles de todo el país, y yo féliz entre ellos, acorralando a la dictadura militar de Leopoldo Fortunato Galtieri –aquel borracho consuetudinario que buscó salvarse invadiendo las Islas Malvinas, pero que al cabo de la derrota desastrosa tuvo que emprender la retirada–, yo había vivido con la convicción profunda, inconmo­vible, de que tarde o temprano me iban a matar.Sólo era cuestión de tiempo.

Además de aquella primera bomba, en esos años fui detenido dos veces por las fuerzas represivas coordinadas. En la segunda, en noviembre de 1977, sufrí apremios ilegales, torturas y dos simula­cros de fusilamiento. Antes, en el 75, en un episodio desopilante, un matón sindical me gatilló en la cabeza una pistola calibre 45; fue en los pasillos de un hospital donde la Fede (Federación Juvenil Comunista) y la Juventud Sindical Peronista de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica) habían llevado sus respectivos heridos, re­sultantes de un enfrentamiento callejero.

No eran los míos temores infundados o desvaríos. Se trataba de un simple cálculo de probabilidades, cálculo que, por otra parte, hacía cada uno de los que decidieron seguir militando en aquellos años, cuando el terror se hizo cotidiano, cualquiera haya sido el modo y la fuerza política desde donde se resistiera a la dictadura.

Se han publicaron muchos libros que explican cómo actuaban los llamados grupos de tareas, su ideología, su modus operandi, más el grado en que todo eso afectó a las víctimas directas y al pue­blo todo. Yo voy a tratar de explicar – mejor, de explicarme – cómo resistimos durante esos años, fuera y dentro de las cárceles.

Cómo logramos sobrevivir y enterrar el número que nos habían puesto. Cómo recuperamos nuestros rostros y dejamos de lado las capuchas. Cómo, a pesar de todo, para muchos de nosotros, el horizonte hacia el que queremos caminar sigue siendo el mismo que nos puso en marcha a finales de los 60, cuando estábamos seguros de que el triunfo sería nuestro, y la derrota, de ellos.

Y no al revés, como realmente sucedió.

3. El desfile

La primera vez que me enfrenté a Rebechi, no imaginé el rol que jugaría en mi vida ese oficial de Inteligencia de la Policía Provincial. Aquél era un día soleado de mayo de 1973. Había caído la dictadura de Onganía, Levingston y Lanusse, y, triun­fante en las elecciones gubernamentales, asumía Héctor J. Cám­pora, el “compañero Presidente”, como decían los de la Jotapé.

Ese 25 de mayo estaba previsto un desfile militar en la Costa­nera, y la Fede había resuelto volantear un llamamiento del tipo: “Soldado, hermano, no tires contra el pueblo”. Nos habíamos comprometido a participar en eso unos cinco compañeros, pero a la hora de comenzar éramos sólo dos: Daniel y yo. Decidimos vo­lantear de todos modos, aunque sin “campana” en la esquina, como se estilaba en los días de ilegalidad. Sería porque nos sentíamos un poquito dueños de esa democracia conquistada por el pueblo.

Empezamos a entregar los volantes a los soldados que, un poco sorprendidos, los recibían con ganas. Es más, algunos respondían a nuestro saludo haciendo la venia, así que empezamos a hacernos los graciosos saludando marcialmente a los que desfilaban, como si fuéramos alguna autoridad a la que se le debiera respeto. Y algo de eso había.

También ellos habían vivido en esa Argentina del Cordobazo y la lucha armada. Seguro que no pocos habrían militado en la Jotapé, en la Fede o en alguna de las tantas organizaciones juve­niles que habían protagonizado la resistencia a Onganía y su cría. El desfile era del Puente Colgante hacia el balneario Guadalupe, de sur a norte y nosotros caminábamos al revés. No faltarían más que una o dos cuadras, cuando un grupo de policías de civil, varios jóvenes de pantalones vaqueros, zapatillas y remeras, y uno mayor, de saco y corbata, nos detuvieron amablemente, y “amablemente” nos llevaron a una seccional cercana.

Ustedes saben que no se puede volantear en un desfile militar, dijo el de saco y corbata, iniciando una discusión política que, in­genuos de nosotros, aceptamos con sumo placer. Había pocas cosas que nos gustaran más que discutir de política, y así lo hicimos, sin darnos cuenta de que se estaba aplicando una de las técnicas más sencillas para calibrar al detenido que tenían enfrente: comprobar el manejo de la línea política de la organización a la que pertenece el militante que tiene bajo su control. Al cabo de un rato, alguno de nosotros se aburrió y quedamos detenidos en averiguación de antecedentes.

Nos encerraron en una habitación vacía que estaba al lado de la oficina de guardia donde nos habían interrogado, pero aquella primera vez la seccional me pareció limpia, segura, casi tranqui­lizadora. A las cinco o seis horas salimos en libertad, y corrimos hasta el Club Ferrocarril Oeste, de Gral. López y Saavedra, donde había una fiesta de la Fede, y donde nuestra llegada fue celebrada casi como una victoria popular, con cánticos y puños en alto. La noche estaba muy linda: había vino, empanadas, los amigos de la militancia y hasta algunas estudiantes universitarias que venían por vez primera, pero yo me fui enseguida…

Quería volver rápido a casa a contarle a mi viejo mi primera encanada.

4. La bomba

La segunda vez que lo vi a aquel hombre de saco y corbata, sería en una circunstancia algo más truculenta.

Para diciembre de 1975, todas las ilusiones de aquellos días de mayo de 1973 estaban casi agotadas. Cámpora había sido desplazado del gobierno, y con él, los sectores combativos y de izquierda del peronismo que buscaban un camino propio para el desarrollo nacional. Perón había hecho como el tero: un discurso más o menos nacionalista, y una consecuente política de acogotar el movimiento popular y abrirle paso a la derecha que, después de su muerte, en julio de 1974, había ido copando el gobierno y desatando contra todas las fuerzas de izquierda una caza de brujas despiadada.

También la Fede era blanco de esos ataques. En noviembre Chiquito, un compañero metalúrgico de larga militancia en su gremio, laburante de la empresa Carrocerías Varese –que estaba justito frente a la cancha de Colón, a la entrada de Santa Fe, desde el puente carretero que viene del lado de Rosario–, fue secuestrado por algunas horas. Lo interrogaron sobre el aparato militar del Partido, le pegaron algunas piñas en el estómago y le quemaron los brazos con cigarrillos encendidos, produciéndole unas marcas bastante profundas en la piel. Como parte de nuestra batalla contra el golpismo y la derechización del gobierno de Isabel, iniciamos una serie de denuncias. Como yo representaba a la Fede en la Coordinadora de Juventudes Políticas, y también mantenía las relaciones con los organismos de Derechos Humanos, me corres­pondió acompañarlo. Recorrimos los despachos de los diputados y los ministros del gobierno provincial Recuerdo sobre todo la entrevista con el ministro de Gobierno de Silvestre Begnis , un tal doctor Rojo, desarrollista el hombre, de cierta cultura política que incluía la lectura de los clásicos del marxismo, pero que tenía una abrumadora convicción de que estaba todo perdido, que no había nada que hacer para parar el golpe militar, que se anunciaba hasta en los diarios.

La otra entrevista que recuerdo, ¡y vaya si la recuerdo!, fue con el jefe del Área 212 del Ejército, el entonces teniente coronel de Artillería José María González.

Antes de ir a la entrevista con el jefe militar nos reunimos en el local con el secretariado local del Partido. Discutimos a qué íbamos, qué íbamos a decir y qué íbamos a callar. Convinimos en que lo principal era mostrar que había grupos amparados por sectores del poder que actuaban por su cuenta para debilitar la democracia. Y que si se los detenía, aún era posible detener la es­piral terrorista que nos ahogaba a todos. Después, arrancamos para nuestra cita. El Comando del Área 212 estaba en las instalaciones del viejo Regimiento 12 de Infantería, un inmenso espacio ocupado por blancos edificios, cañones y tanques en exhibición, ridículas esculturas de militares cabalgando o peleando sable en mano, y grandes jardines impecablemente cuidados por los colimbas.

En esos edificios había estado para la revisión médica previa al servicio militar; allí había ensayado el verso de que era epiléptico, y que por ello no podía hacer la colimba. En realidad, lo que tenía era una operación en el cerebro, realizada a los pocos meses de vida para resolver una hidrocefalia que amenazaba liquidarme temprano. De la operación aquella me han quedado una larga cicatriz en el cuero cabelludo y ciertas líneas de anormalidad en el electroencefalograma. Con esa “prueba” y debidamente adiestrado por un psiquiatra, padre de un compañero del colegio secundario, interpreté a la perfección el papel de epiléptico frente a dos jurados médicos, uno en las instalaciones del Regimiento 12 de Santa Fe, y otro, en el Hospital Militar de Paraná. De aquello habían pasado dos años.

Entramos por la puerta grande que da a la avenida Freyre, frente al Hospital Provincial. Los milicos nos miraban con cara de asom­bro, pero hablaban por teléfono y nos hacían pasar al otro puesto de guardia. Así llegamos ante el coronel González con Chiquito, el metalúrgico torturado, y Marcos, el secretario del Partido.

Marcos hablaba del Rodrigazo (la rebelión obrera al plan de ajuste del ministro de Economía de Isabelita, acaso el canto del cisne del movimiento popular iniciado en el 69) y que esa reser­va popular de movilización podría considerarse como una firme base para salvar la democracia, si había interés en ello. El coronel González se mostraba fascinado por la palabrita “rodrigazo” y nos hizo –él también– una formidable actuación teatral sobre compromiso democrático y firme consecuencia con la tradición sanmartiniana. Todo lo que los Servicios le habrían dicho que no­sotros queríamos escuchar para confirmar que había en el Ejército sectores “democráticos” o, al menos, “profesionalistas”, es decir, abocados estrictamente a la función militar y respetuosos del poder político, no comprometidos con el Golpe de Estado.

La conversación fue muy interesante, y al salir los milicos nos pidieron una dirección para enviarnos la respuesta a nuestro pedido de investigación. Como el secretario mantenía su domicilio ilegal, el metalúrgico vivía en las afueras, y los tipos insistían en obtener un contacto personal para seguir el interesante diálogo, yo les di mi dirección: Primera Junta 3588, a menos de diez cuadras de allí.

Recibí la respuesta en la madrugada del cinco de diciembre de 1975, pero no en el modo esperado. Ni una carta, ni un llamado telefónico. La noche anterior, en las instalaciones de la Escuela Industrial Superior, un colegio secundario anexo a la universidad y por ello, de los más politizados en aquellos años, se realizó la fiesta de graduación de Graciela, mi compañera. Hubo cena y baile. Y como fin de fiesta, fuimos todos a tomar cerveza a la orilla del río. Con la plata que había ganado en el puerto, había comprado un pequeño autito, un NSU Prins de color amarillo, no más grande que los “auto ratón” que los alemanes fabricaron a precio muy económico en la posguerra. En ese auto habíamos viajado toda la noche con Graciela y sus compañeros de curso. Después de dejar en su casa a varios de sus compañeros –y para ello tuvimos que andar por media Santa Fe–, la dejé en su casa, y me volví a la mía. Estacioné, entré en casa y, como hacía un calor insoportable, decidí tirarme sobre un colchón en el dormitorio grande, donde había aire acondicionado, colocado para hacer más soportables los últimos días de mi viejo, fallecido en junio del año anterior. Como mi vieja, estaba en Rosario, mis hermanos habían tenido la misma idea, así que tuve que acomodar mi colchón a un costadito. Estar allí nos salvó a los tres. No habrían pasado diez minutos cuando, ya dormido, una enorme explosión me hizo saltar del colchón y escapar hacia la cocina. La única palabra que se me ocurre ahora para intentar describir lo que sentí en ese momento es la palabra confusión. Una confusión tan grande, que ni siquiera podía saber si estaba vivo o muerto.

Todo era humo, oscuridad, y desesperante angustia.

Por unos segundos creí que estaba muerto, pero enseguida me di cuenta que no era así. Que el polvo, el olor, la oscuridad, que todo, todo era real, aunque el aturdimiento me impedía entender minimamente lo que pasaba.

Por instinto, busqué el aire libre y salí a la calle. La bomba había destruido el frente de la casa, el garaje, los dormitorios de mis hermanos y también el mío, pero, por suerte, la onda explosiva se había ido por un patiecito interior que estaba entre el garaje y los dormitorios, y que funcionó como válvula de escape. El autito, estacionado frente a la casa, había volado unos cincuenta metros más allá, y estaba hecho mierda. No habían pasado un par de minutos, cuando llegaron corriendo los policías; entre ellos un hombre vestido de saco y corbata. Era Rebechi, quien me saludó, me recordó que ya nos conocíamos y, sin ningún pudor, me pre­guntó si yo no creía que la bomba pudiera ser resultado de algún debate interno en el Partido. Ahí empecé a conocerlo de veras. A reconocer al fin el cinismo, la maldad, la perversión, la crueldad de una bestia humana al mando de un grupo de tareas muy eficaz: el que actuaba bajo la fachada del Departamento de Inteligencia de la policía provincial.

5. El 24 de marzo

La noche previa al golpe hubo una reunión en el viejo local partidario de la calle Hipólito Yrigoyen. Había venido Hugo, entonces secretario del Comité Provincial, y nos transmitió un informe de la Dirección Nacional. No recuerdo mucho de esa reunión, salvo que se habló de que el golpe ya estaba en marcha, que había tres fracciones militares. (Siempre había dos o tres corrientes en el enemigo, y con una de ellas siempre se podían concertar acuerdos, claro que temporales, puntuales, tácticos se entiende… ¡por favor!)

La cultura del “Frente Democrático Nacional”[1] había obturado el pensamiento de los comunistas argentinos. Sí: nos había obtu­rado el pensamiento a casi todos los comunistas. Hugo argumentó la necesidad de impedir que la fracción fascista se hiciera con la totalidad del poder, aunque no dijo nada de cambiar la política que desde 1930 habíamos sostenido ante las dictaduras militares: opo­sición rotunda, búsqueda de acuerdos con los sectores progresistas de los partidos políticos mayoritarios, incentivo de la lucha por los Derechos Humanos y reclamo de inmediato retorno al orden constitucional. Con lo que dijo, todos estuvieron de acuerdo, yo también.

Esa noche, cosa bastante rara, la dirección del Partido me felicitó por la iniciativa que habíamos puesto en marcha en la Coordinadora de Juventudes Políticas: un acto de resistencia al golpe de Estado. El acto no había tenido una asistencia muy nume­rosa. La mayoría de los militantes ya estaban preparándose para la ilegalidad, y sólo un puñado de valientes (¿o de inconscientes?) se acercó a la Facultad de Ciencias Económicas, la única dentro de la Universidad del Litoral donde la Fede tenía fuertes posiciones, con el objetivo de proclamar el rechazo al golpe en ciernes.

Me permito aquí recordar que durante años habíamos trabajado para fortalecer la Fede y disputar el Centro de Estudiantes, primero a la Juventud Universitaria Peronista, y después a Franja Morada. Yo nunca estudié Economía. En realidad, nunca estudié en serio ninguna carrera universitaria, aunque cursé durante un semestre algunas materias en la Universidad Tecnológica Nacional en la carrera de Ingeniería Electrónica, y casi un año el Profesorado de Matemáticas de la Universidad del Litoral, carreras que abandoné por la militancia, pero me sentía muy ligado a los estudiantes de Económicas porque muchos venían de la escuela secundaria donde yo había estudiado, el Colegio Comercial Domingo G. Silva. A mu­chos de los que estaban en la Fede, los había afiliado yo. El punto es que logramos representación del claustro estudiantil en el Consejo Académico de la Facultad recién a finales del año 75. A los pocos meses, ya instalada la dictadura del 76, se redujeron al mínimo las posibilidades de actuar y se perdió el trabajo de tantos años.

Pero volvamos a nuestro pequeño acto de resistencia de 1976: en la ocasión, habló uno por cada Juventud Política de las que componían la Coordinadora, menos los de la Juventud Peronista, que ya había pasado a la clandestinidad. Quiso la casualidad que en la foto de El Litoral[2]2 fuera yo, vestido con una camisa de co­lores chillones –“hawaiana”-, le decían entonces – quien quedara escrachado, cuestión que divirtió mucho a la patota de Rebechi cuando meses después, al detenerme, me encontraran con la misma camisa chillona; ¡como si pudiera alegar no haber sido yo quien había hablado en el acto antigolpista!

La reunión terminó tarde, volví a casa y encontré a mi hermano Pablo, que tomaba vino y comía un salame chacarero que la vieja había traído de su viaje a Rosario, donde había pasado unos días con Cacho, el tercero de los hermanos Schulman, que se había ido a trabajar a Rosario. Me sumé a la picada y encendimos la radio. Enganchamos un noticiero en el que entrevistaban a Lorenzo Miguel[3] mientras salía de la Casa Rosada; por el modo en el que dijo que estaba todo tranquilo, me di cuenta que el golpe ya había comenzado. Sin pensarlo mucho, decidí irme a la casa que tenía asignada para un momento como aquél. Traté de convencer a mi hermano de que viniera conmigo (entonces ni imaginábamos que de encontrar ellos a mi vieja, los milicos eran muy capaces de matarla ahí mismo, o de llevársela con ellos para hacerla des­aparecer). Pero como él se había desgranado del Faudi[4] y estaba sin militancia orgánica, habrá pensado que no lo apresarían. Lo cierto es que, cuando cayeron los milicos, a las dos o tres horas, y no me encontraron, se lo llevaron a él, y lo tuvieron preso hasta que me largaron a mí en abril de 1977. Es decir, más de un año. Siempre valoré mucho que mi hermano tuviera la dignidad de jamás hacerme el mínimo reproche por aquello, y de comportarse como un preso político ejemplar.

Lo cierto es que aquella noche no me apresaron, a pesar de lo cerca que estuve de caer en sus manos, una y otra vez.

Primero, por un escaso par de horas me salvé de que me sor­prendieran en nuestra casa, la misma que habían hecho mierda con la bomba de diciembre y que habíamos conseguido recons­truir en parte, y sólo el frente. Los milicos entraron a eso de las dos de la mañana del 24 de marzo, y se llevaron los libros, los papeles, los discos, una grabadora a cinta de marca Geloso y casi todo lo que yo venía reuniendo con la idea de casarme con Gra­ciela. Como ya dije, me había largado de la casa apenas escuché a Lorenzo Miguel; ni siquiera llevé ropa, solo agarré el revolver 38 largo que desde hacía unos meses llevaba conmigo día y no­che, acaso porque teniéndolo sentía un poquito menos de miedo.

Arranqué para el lado de la cancha de Unión, y justo en la ro­tonda que está frente al Hospital, el NSU recauchutado a medias se quedó sin nafta. Decidí empujarlo por la calle Pellegrini hasta una estación de servicio y así, con un 38 en la cintura, empujando un auto sin nafta, pasé frente a un retén militar en que los colim­bas me miraban con cara de asombro. Era más que posible que yo figurara en la lista que tenían en sus manos como uno más de los cientos de militantes que tenían orden de detener, pero ni el más creativo de los estrategas de contrainteligencia hubiera po­dido imaginar un modo tan insólito de fugarse. Así me salvé por segunda vez en la noche.

Le puse nafta al autito, arranqué y llegué sin mayores proble­mas a la casa de seguridad. Me recibieron con poco entusiasmo, pero lo atribuí a la conmoción del momento. Por la tele en blanco y negro, una voz monótona pero de inconfundible entonación castrense, ya leía el Comunicado Número Uno de la Junta Militar anunciando el Golpe de Estado y el comienzo de una nueva era para la Argentina. Pasé toda la noche pensando qué sería de mi vida. Si hubiera hecho caso a mis sueños, lo hubiera sabido. Desde el estallido de la bomba en diciembre, yo tenía el mismo sueño: estaba en medio de una nube de polvo, y cuando salía de ella, me encontraba con el hombre de saco y corbata.

Saliera por donde saliera de la nube, él me estaba esperando.

6. LaMechi

A la mañana hablé al laburo y avisé que estaba enfermo. Les pedí que prestaran atención por si alguien me buscaba o necesi­taba de mí. Volví a la casa y estuve escuchando radio y viendo televisión todo el tiempo.

Al segundo o tercer día habló el ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz. Definió los objetivos del golpe. La cosa estaba más clara que el agua: habían ganado los malos.

Se hizo una reunión de la dirección del Partido, todos coincidi­mos en el diagnóstico. Elaboramos un volante contra la dictadura fascista.

Al otro día volvió Hugo, y fundamentó que no era lo que pensábamos, que el sector más fascista no se había quedado con todo el poder y que todavía había esperanzas de que el sector democrático o profesionalista consiguiera la hegemonía en el gobierno, y que había que actuar en consecuencia golpeando a los más duros, diferenciando bah. Aparte de explicar la posición de la dirección nacional del Partido impuso que los volantes que no se hubieran repartido, se destruyeran. En su lugar se debía repartir el de la Dirección Nacional y a todos nos pareció bien: Seguro que el Comité Central maneja más elementos que nosotros, pensamos todos.

Al quinto o sexto día la gente de la casa, una parejita de estu­diantes, él inspector de tránsito y ella estudiante de Derecho, me pidieron que me fuera. Que la casa era muy chica (cosa que era verdad, no era mucho más que un garaje reacondicionado). Que ellos temían por mi seguridad, que la de ellos no importaba…Pero era obvio que la causa era el miedo.

No me dieron ni tiempo a buscar otra casa entre las del Partido, así que antes que se hiciera de noche y se pusiera más riesgoso, fui a lo de mis tíos que tenían una especie de pensión familiar, nada formal, en la esquina de Urquiza y Tucumán. Los recuerdo con mucha ternura. Él era primo de mi mamá y ella, prima de mi papá. Eran bastante humildes y sin ninguna militancia o compromiso político, pero me acogieron sin el menor temor, con la naturalidad que da el cariño verdadero. Lo bueno era que ahí podía venir mi mamá con cierta tranquilidad, sin llamar la atención, y entonces podíamos vernos más seguido. Me pusieron una cama en la pieza de ellos para que nadie se diera cuenta de que había un pensionista más. A veces me pasaba días enteros sin salir de la pieza.

De hecho, estaba en la pieza de mis tíos cuando cayó el Ejército.

Paró un camioncito y un grupo de soldados armados con fusiles y ametralladoras entraron violentamente por la puerta. Preguntaban por una tal Susana.

Quedé paralizado. No podía moverme, pero los milicos entra­ron en la habitación de una estudiante de Química y se la llevaron arrastrándola de los brazos. Después embolsaron todo lo que había en la habitación y también se lo llevaron. Dijeron que ella era una terrorista, una subversiva de Montoneros. Mucho después pude averiguar que la estudiante lo había pasado bastante mal, y que estaba en Buenos Aires, en la cárcel de Devoto.

Decidí que había que salir de allí, que no se podía tentar al diablo, que haber zafado por dos veces de un allanamiento era bastante suerte. Anduve de aquí para allá, hasta que el Partido estuvo un poco más organizado y pudo ayudarme a alquilar un departamentito en la zona norte de la ciudad.

Estaba tan apurado por meterme allí que me mudé antes de poder llevar algunos muebles y sin siquiera conectar la luz. No había nada para comer, así que me compré un paquete de dulce de membrillo y una botella de caña de durazno. También unas velas. Cuando oscureció, encendí una, tiré el colchón en el dormitorio, vacío por completo, y acostado en el suelo, leí a Fucik, comí pan con dulce y tomé caña de durazno hasta que me quedé dormido.

Esa noche no soñé, ni escuché las sirenas que aullaban por la avenida General Paz.

Me levanté a la madrugada, esperé una hora conveniente y me fui a desayunar en un bar cercano. Compré el diario, y lo leí minuciosamente. Al pedo, porque en aquellos años donde menos uno podía informarse era en los diarios.

Pasadas unas semanas, decidí volver al laburo y retomar de a poco la vida normal.

O lo que de ella quedaba.

A la casa de mi vieja no me animé a ir, pero sí a lo de Gra­ciela.

Ella había encontrado una perrita en las vías del tren, cerca de su casa, y me la regaló para que no estuviera tan solo en el departamento.

A la perrita le pusimos Mechi, total la verdadera estaba en Cuba.

7. El Ciego

La columna de las Juventudes Políticas Universitarias avanzaba por el centro de Rosario. Marchaban los muchachos de la Juventud Peronista, los de la Juventud Radical, los la Fede y algunas otras fuerzas menores.

Era un jueves de mayo de 1975, y todavía estaba caliente el ambiente político debido al operativo montado contra los trabaja­dores y el pueblo de Villa Constitución. Se sabía que en Villa la iz­quierda había acumulado mucha fuerza. Con el triunfo en Acindar y la UOM se había logrado la dirección de la CGT regional y de un vasto movimiento popular que resistía dignamente la ofensiva derechista de fuera y de dentro del gobierno de Isabel Perón.

El 20 de marzo habían caído sobre Villa desde cielo, agua y tierra.

Y esto no es una figura literaria. Desde el río, avanzaron los tipos de Prefectura Naval; habían desembarcado de unas lanchas artilladas que usaban en el norte para reprimir el contrabando. De los helicópteros, cayeron los de Gendarmería. Y desde una impresionante caravana de autos policiales y Falcon sin patente (nada menos que 105 autos con dotación completa de fierros y agentes de los servicios), los Federales.

Tomaron prisionera Villa Constitución.

Sólo ese día metieron 300 compañeros presos.

Pero Villa no murió de un solo golpe.

Hubo un paro, y aún más, a pesar de ser una ciudad ocupada militarmente, el 22 de abril de 1975 miles de mujeres, hombres y niños marcharon por las calles, en repudio a la represión y a la siderúrgica Acindar, la empresa de José Martínez de Hoz, que auspiciaba la escalada golpista.

Rosario no había escapado a las consecuencias del operativo, y no sólo por la proximidad geográfica, sino sencillamente porque muchos de los trabajadores de Acindar vivían en Rosario, e iban y venían de allí a diario.

La Fede se había destacado en la solidaridad la lucha con los trabajadores de Villa Constitución, y ya había tenido su cuota de presos: Laurita Ojeda, Silvia Díaz y Ángel Romero habían sido detenidos mientras pintaban murales. Cuando estaban en los calabozos de la Jefatura de Villa Constitución, frente a la plaza principal, los milicos armaron una gran balacera, hicieron correr la voz de una fuga, y los tentaron con la oferta de que pudieran irse caminando.

Los milicos le tenían preparada la ley de fuga: un tiro en la nuca al que corriera. Pero los cumpas olieron la trampa y se quedaron adentro. Se salvaron

En la marcha de las Juventudes Políticas Universitarias estaba la Fede, y en la columna de la Fede, por supuesto que iba la Mechi. Pero esta vez no iba del brazo del Ciego porque como el clima estaba muy pesado, el Ciego estaba cuidando la marcha.

No es que no supiera de política, pero lo que más le gustaba era eso. No se perdía ni uno de los campamentos del frente de auto defensa, y de tanto practicar con la pistola había adquirido una velocidad y una puntería casi increíble en alguien que usaba lentes con unos cristales gruesos como vidrio de botella.

En el local de la Fede de la calle Pueyrredón el Ciego era famoso porque, cuando hacía guardia, dormía con el arma en la mano y se ataba un hilito desde la puerta a un dedo.

Así, si alguien tanteaba la puerta, él saltaba de su silla apun­tando con la 45. Los compañeros le tenían pánico porque más de una vez había apuntado a quienes entraban al local fuera de las horas previstas, y más de uno se había tirado de cabeza al suelo al verlo dormido y con el arma en alto.

Así que ese día, como casi siempre, el Ciego estaba en su puesto. Tranquilo, miraba la marcha y observaba a los que la espiaban desde la vereda.

El Pollo también estaba en su puesto.

Había sido guardaespaldas de Rucci, del equipo de seguridad más íntimo de la dirección nacional de la Unión Obrera Metalúr­gica, y su llegada a Rosario era un acuerdo del Loro Miguel con la gente de López Rega.

Le habían conseguido un puesto de oficial de inteligencia de la policía provincial y estaba trabajando en armar la Triple A en la provincia. Él fue el primero que habló del asunto con Rebechi y fue también él quien adiestró al grupo de colaboradores santafesinos más selectos: el Curro Ramos, González y Cabrera.

Al Ciego lo tenía junado.

Por pedido de la patronal del frigorífico Swift, hacía rato que venía vigilando la entrada de los trabajadores a la planta industrial de Villa Gobernador Gálvez, como parte de un operativo de segu­ridad más amplio que incluía la infiltración de las agrupaciones clasistas. Por eso ya sabía que todos los jueves a las cinco de la mañana, una hora antes del turno de las seis, caía a la empresa una camioneta IKA revieja, con un grupo de bolches encima.

Sacaban el diarito y se ponían a repartirlo. Casi siempre estaba el Ciego en el grupo, y se notaba que era el jefe, aunque disimulara.

Pero al Pollo no lo iban a engañar esos rusos de mierda.

Ya lo había enganchado en el aeropuerto de Fisherton cuando todo un colectivo de pendejos de la Fede habían ido a recibir a unos presos liberados del Penal de Rawson, al que habían sido llevados después de la masacre. Él, personalmente, los había metido presos.

También la conocía a la Mechi, esa pendeja que se las daba de médica y recién había empezado la carrera. Si lo sabría él, que había revisado minuciosamente su carpeta universitaria para ver si le pescaba el domicilio, pero la muy guacha daba direcciones falsas en todos lados.

La columna avanzaba por Corrientes, y cuando empezó a do­blar por Santa Fe para ir hasta la Facultad de Humanidades, el Pollo la vio a la Mechi y se decidió a darle un escarmiento a la Fede.

Miró a su alrededor, no vio a nadie, sacó el arma y apuntó.

El Ciego se había distraído mirando a la columna, protestando en voz baja –ese cartel que no esta bien atado, se cae por la derecha porque no saben poner bien los tiros–, cuando la vio a la Mechi. Sin saber por qué desvió la mirada, justo hasta donde estaba el Pollo, pudo ver que éste sacaba el arma, y él también manoteó la 45.

Era la primera vez que tiraba a sangre fría.

La mano se movía automáticamente, sacar, apuntar, gatillar. Pero la cabeza le funcionaba a mil. La imagen del padre Roberto que le repetía “No Matarás”, la cara de Ingalinella[5] amordazado en la Jefatura, la de Keohe[6] que caía fulminado en las escalinatas de Tribunales, la de la Mechi riendo…

El Pollo no entendía nada, sólo hubo un fogonazo pero era él quien estaba cayendo. Murió sin siquiera saber que era el Ciego el que lo había bajado.

Los dos compinches del Pollo miraron horrorizados a su jefe y, sin siquiera intentar socorrerlo, salieron en busca del que lo había bajado. Pero ya era tarde.

El Ciego había dado la vuelta, los fachos trataron de seguirlo, pero cuando llegaron a Corrientes el gentío de la hora los envolvió. Y lo perdieron.

El Ciego dio mil vueltas y se fue a la casa de la Mechi. Entró sin hacer ruido, revisó cuarto por cuarto, se convenció de que nadie había entrado, se aseguró de que todo estaba en orden, y volvió a salir.

La Mechi había llegado antes. Había agarrado los papeles más importantes, los metió en una bolsa de basura, subió con ella a la terraza, y ahí se quedó, agachada debajo de la parrilla.

Si oía ruidos, iba a cruzar por la terraza a la casa vecina, saltaría a una pared bajita que ya había estudiado, y de ahí podría bajar por el otro lado de la cuadra. Era el Ciego el que le había enseñado a buscar siempre una salida por atrás de las casas donde estuviera.

Se quedó arriba como tres horas, entre asustada y feliz por lo que había hecho el Ciego. Ella no había visto nada; nadie había visto nada, salvo que el facho cayó muerto con la pistola en la mano y un balazo en la cabeza.

No dijo nada a nadie pero estaba segura que había sido el Ciego. Quería abrazarlo y estar con él, pero tendría que esperar seis meses para volver a verlo, y no sería en Rosario.

Tampoco en Santa Fe, donde el Ciego estuvo escondido, sino más lejos.

Mucho más lejos.

8. La captura

Me metieron en un Ford Falcon, en el baúl trasero, con las manos esposadas a la espalda y la cabeza entre las piernas.

Era la madrugada del 13 de octubre de 1976.

Habían tardado doscientos dos días, y sus noches, en encon­trarme.

Había permanecido doscientos dos días, y sus noches, clan­destino; o semiclandestino.

Había estado doscientos dos días, y sus noches, esperando que los tipos llegaran.

De noche se escuchaban los tiroteos y las explosiones; y yo me quedaba despierto, calculando si se acercaban o se alejaban. Si venían a buscarme o buscaban a otro.

Esa noche me habían sorprendido. Yo esperaba que me de­tuvieran derecho viejo. Que me pararan en la calle o asaltaran la casa donde habitaba. Y punto. Que tocaran el timbre y me metieran preso.

Pero no, todo era más perverso.

Tocaron la puerta, abrí la ventanilla y por ahí apareció el caño de una Itaka. Pero para mi sorpresa no me detuvieron. Unos desconocidos de civil pidieron permiso para pasar al fondo de la casa y allanar a la gente que vivía al fondo de la mía. Retrocedí y los dejé pasar. Parecía que no me daban mucha bola y empecé a aumentar la ilusión de que podría salvarme de nuevo.

Como en aquella madrugada del 24 de marzo.

A lo mejor no se daban cuenta de quién era yo, y entonces podría volver a zafar.

La escena que ofrecíamos era más que familiar y correcta: la mesa estaba tendida con mantel y todo, una joven pareja recién casada recibía a un amigo de Rosario que se había quedado a cenar, la comida estaba en el horno y todo olía a festejo. Más que alusio­nes a lo rico que se sentía la comida, no había otros comentarios. Un grupito se había quedado en la casa mientras el grueso de la patota, todos de civil, todos jóvenes y con armas largas, habían saltado la pared del fondo y entrado en la casa vecina.

Al rato volvieron, y parecía que todo el operativo estaba ter­minando cuando, como al pasar, uno de los milicos me preguntó el apellido y me pidió los documentos, cuando los agarró pegó el grito y ahí volvió la jauría con gestos de locura.

Ya no era el trato civilizado sino los golpes, los empujones, las manos contra la pared, tirarnos al suelo, hasta que alguien entró a la casita y les dijo que me levantaran. Me di vuelta desde el suelo y volví a ver al oficial Rebechi, de riguroso saco y corbata, prolijito como un empleado bancario de los años 50.

La banda empezó a revisar toda la casa. A embolsar cada papelito, cada libro, cada objeto de valor. Después se sentaron a comer.

A Graciela y a Hernán los llevaron enseguida. A mí me dejaron en la casa, y empezaron el interrogatorio.

Me estaban pegando puñetazos en la barriga cuando uno de los de la patota gritó enloquecido de dolor que la verja estaba electrizada.

Se volvieron más histéricos que antes: gritaban, amenazaban con las armas, me llevaron hasta la vereda –para que desarmara la trampa y tardó un rato largo para que se convencieran que, sim­plemente, la casa vieja, húmeda, tenía perdidas de electricidad y que algunas paredes –y especialmente la verja de entrada–, daban pequeñas sacudidas si se las tocaba con la piel desnuda. Ellos, que eran especialistas en pasar 220 voltios por el cuerpo de los prisio­neros, estaban aterrorizados por una suave caricia eléctrica.

Después se la agarraron con el fondo. Resulta que había una costumbre en la zona que era enterrar la basura en la tierra y cuando puntearon un poco, buscando armas encontraron el pozo de basura.

Y otra vez la locura.

Me tuvieron cavando por todo el fondo, desenterrando basura que revisaban como con una lupa. Creo que habremos estado como tres horas.

Una extraña tranquilidad me había agarrado después del pri­mer susto.

Esos primeros minutos del interrogatorio feroz de Rebechi que me tiraba todos los datos que tenía sobre la Fede tratando de convencerme que él sabía todo, y que era al divino pedo que cobrara por no decir lo que él ya sabía.

Yo primero vacilé, dije alguna mentira verdadera o alguna verdad mentirosa, pero después me ordené el bocho y empecé a funcionar como tantas veces había imaginado que debía actuar en una situación así.

Había estudiado de memoria el Reportaje al pie del patíbulo de Fucik y sabía que no se podía decir nada, porque una vez que se empieza no hay forma de parar. Que hay que callar o repetir siempre lo mismo y saber que una vez que se estaba en sus manos no había forma de salvarse. O mejor dicho, que no había forma de no “cobrar”.

Pero que había un solo modo de salvarse: era aferrarse a lo que uno era, y saber que lo único que quedaba en mis manos era esa decisión personal.

Que pasara lo que pasara, quien decidía seguir siendo uno mismo, o dejar de serlo, era uno mismo. Y que eso no te lo podía arrebatar nadie.

José Ernesto Schulman, casado, estudiante de Matemáticas, hincha de Colón y militante de la Fede desde 1967, cuando tenía poco menos de 15 años, podía seguir siéndolo si él quería. Sólo él podía resolver si seguía siendo el mismo de siempre, o aceptaba dejar de serlo.

Una piña más fuerte que las demás me aturdió, recién reaccioné en el Falcon y me acordé de Fucik. Yo también atravesaba la ciudad de noche, solitaria, hermosa. Igual que él pensaba que podía ser la última vez en que la atravesaba velozmente en un coche.

Pero a Fucik, que lo llevan del centro de torturas al Palacio Real de Praga ocupado por la Gestapo, con el objetivo de sobornarlo; le permiten que vaya mirando por la ventanilla. Para que sufra por lo que va a perder si no acepta el trato. Viene de meses de torturas y sabe rigurosamente que no tiene salvación.

Que ya lo han delatado; y que un miembro del Comité Cen­tral de un Partido como el Partido Comunista Checoslovaco que practica la resistencia armada al ejército invasor alemán, no tiene salvación.

Por eso su mirada es de una serena tristeza, de una alegría triste, de una tristeza alegre.

Sabe exactamente lo que va a pasar, y está totalmente seguro de lo que él va a hacer.

Mi viaje es el comienzo del calvario, con la cabeza entre las piernas intento adivinar adonde voy pero no puedo; y eso me asusta más todavía…

Antes de salir de la casa me han puesto como capucha un suéter en la cabeza.

Así que no veo nada. Dan vueltas y vueltas, hasta que de re­pente el Falcon se detiene; abren un portón y entramos en alguna parte. Me bajan a empujones, me quitan la capucha y me llevan a una celda.

El Mono me recibe y me anima un poco.

Le pregunte dónde estamos y me dice que no sabe.

9. La Cuarta

Mi papá se fue a vivir a Santa Fe en 1944.

Después de aquel primer trabajo en los frigoríficos de Berisso, tuvo que andar un tiempo en la Patagonia para escapar de la policía que lo buscaba por un “carnero”, al que “alguien” le había roto la cabeza, con una llave inglesa, durante la huelga de 1934.

Cuando volvió a Buenos Aires, mi padre trabajó para un tío que tenía una fábrica de válvulas de radio cuyo nombre, B y E, aludía a sus presuntas propiedades. El secreto del nombre era muy simple: buenas y económicas.

Como obrero de esa empresa participó en la fundación de la primera organización sindical de los metalúrgicos, pero luego de una huelga derrotada, su tío le ofreció trabajo en una nueva empresa en Rosario: un negocio de venta de productos de elec­tricidad y radio.

Estuvo un tiempo en Rosario, allí conoció a mi mamá, y cuando le propusieron encabezar una sucursal de la empresa en Santa Fe, se casaron y allí fueron.

Compraron una casa frente al Mercado de Abasto, en Primera Junta y Boulevard Zavalla, en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, casa que consiguió muy barata por dos razones. La primera, obviamente, era su ubicación: el Mercado de Abasto en aquella época era el lugar donde llegaban los quinteros de la zona. Y llegaban con carros a tracción a sangre y eso quería decir bosta, meada de caballos, ruido y mugre todo el día.

Y toda la noche, porque el mercado abría a las cuatro de la madrugada y los caballos, digo los carros, llegaban a media noche o un poco más tarde. Dependía de qué zona de quintas vinieran.

La otra razón era la más comentada por mi papá: el dueño anterior la había perdido jugando a las cartas, y para mi viejo, moral proletaria y bolchevique, el hecho de que alguien se jugara la casa a las cartas era sencillamente incomprensible.

Pero la casa tenía algunas ventajas muy apreciadas por noso­tros; era muy grande, tenía muchas habitaciones y un fondo muy amplio con árboles frutales y todo. Había hasta un olivo, que soportaba nuestras subidas a la siesta y también una vid que daba una uvita chiquita y no muy dulce pero que en verano comíamos con ganas. Cuando vino mi abuelo de Lituania, puso un gallinero en el fondo y el lugar se convirtió casi en una quinta.

El fondo daba a otra casa, y de la otra casa se pasaba a los fon­dos de una comisaría: la seccional Sexta que, en los setenta, pasó a llamarse la Cuarta. Frente a la Cuarta estaba la escuela Vicente López y Planes, la número Cinco como le decíamos nosotros, la escuela a la que fuimos los tres hermanos.

Todos en turno mañana porque a la tarde teníamos que ir al Shule, la otra escuela para la familia. El Shule era una escuela de la colectividad judeo progresista, donde supuestamente estudiábamos el ídish, pero que en realidad funcionaba como un club de juegos y descubrimientos de un montón de cosas que en la escuela oficial no teníamos: la ciencia, los nazis, la historia europea, la revolución rusa, los adelantos científicos, el teatro, el cine, club, los amigos.

La Escuela Popular Israelita I. L. Peretz era en realidad nuestra segunda casa, una especie de familia grandota que nos cobijaba y en el seno de la cual teníamos una intensa vida social. Y una forma­ción política nada despreciable. Seguro que no fue por casualidad que más de sesenta compañeros del movimiento judeo progresista argentino pasaron por las cárceles y campos de la dictadura. Y un puñado de ellos quedó desaparecido.

A la vuelta de la casa vivía un músico profesional, un bando­neonista bastante bueno, que practicaba casi todas las tardes una música que nosotros escuchábamos en silencio desde el fondo de nuestra casa, en un alto de nuestros juegos de cowboys o de Tarzán.

He tenido que dar este largo rodeo para que se entienda por qué en la mañana del 13 de octubre de 1976, después de dormir mi primera noche de preso en el suelo, ya que en la celda no había absolutamente nada más que nosotros mismos, los sonidos fueron como un mapa que me fueron llevando de la mano hasta saber exactamente dónde estaba.

A la mañana, temprano, la campanada de entrada a clases y después, al medio día, la de salida del turno mañana de la escuela López y Planes. Después de comer, la entrada del turno tarde y a la hora de la merienda, la de la salida. Y aquella campanada era inconfundible para nosotros, sonaba distinta a todas.

A media mañana, el sonido del bandoneón y luego los ruidos de los preparativos para almorzar en las casas de los vecinos.

Todo me era particularmente familiar y cuando vi a aquel agente retacón, ya viejo y gordito, que era el mismo que nos corría cuando jugábamos a la pelota en la calle, y que más de una vez me había llevado de las orejas a mi casa, ya no dudé más.

Estaba en la Cuarta, a los fondos de la casa donde había vivido toda mi vida hasta el 24 de marzo de 1976.

Claro que era otra Cuarta, bastante distinta a la que yo había conocido en mi infancia.

10. La Perversión

En los años del Terrorismo de Estado, la seccional Cuarta de la policía provincial, ubicada en la ochava de Boulevard Zavalla y Tucumán, fue uno de los lugares donde los grupos de tareas depositaban su caza diaria.

Allí llegaban los que como yo habían sido detenidos en alla­namientos, o los levantados de una esquina, o los arrancados de sus lugares de trabajo o estudio. O los atrapados en un enfrenta­miento.

En la Cuarta estuve unos sesenta días, que me parecieron una eternidad.

Llegué allí el 13 de octubre de 1976, así que el primer 17 de octubre bajo la dictadura, lo pasé tras las rejas. Ahora, la fecha puede parecer inofensiva o intrascendente; pero por aquellos años cada aniversario era una jornada de lucha para los sectores más combativos y de izquierda del peronismo.

Ese día conocí al comisario de la Cuarta, luego intendente pe­ronista de un pueblito cercano a Santa Fe, San José del Rincón.

Yo estaba sentado con la espalda contra la reja que daba al patio cuando cayó el hombre, con uniforme resplandeciente y enormes botas recién lustradas. Se había preparado para celebrar el día como corresponde.

Verdugueó primero a las chicas que estaban en las “tumbas” de los calabozos laterales, y luego se vino a charlar a nuestra celda, que era más grande y daba al patio central de la comisaría.

Se hizo el interesado en el estado de salud, y nos preguntó si nos faltaba algo que él pudiera resolver, que para eso estaba allí.

Pero venía por otra cosa.

Con la mayor ingenuidad, un flaco de Reconquista, le preguntó si había ocurrido algún hecho relacionado con el 17 de octubre, y el comisario aprovechó para tirarnos un discurso triunfalista: que todo había terminado para nosotros, que nos fuéramos preparando para adaptarnos al nuevo país, o sino, desaparecer.

Y pisando fuerte cerca de las rejas con sus botas relucientes, dijo algo que no olvidé a pesar de los años:

Le hemos puesto la bota en la nuca, y no se la vamos a aflojar hasta que no se rindan incondicionalmente, hasta que nos pidan por favor colaborar con nosotros.

Mario José Facino, luego intendente de Rincón, electo por dos veces en las listas del Partido Justicialista era, por aquellos oscuros días, el jefe de la seccional Cuarta, convertida en un campo de detención ilegal, de concentración y tortura a los presos políticos. Un caso paradigmático del verdadero sentido de la democracia representativa pactada entre los militares y los políticos de los grandes partidos que heredaron la dictadura y la continuaron –al menos en lo esencial del proyecto que la inspiró– hasta hoy.

Mario José Facino, responsable de un antro de perversión.

Allí se comía una sola vez al día: un plato de sopa, a veces con fideos; o un plato de guiso, a veces con carne. Ahora me causa gracia pero los hijos de puta nunca se equivocaban: cuando había sopa, daban tenedor, cuando había carne –y era bastante dura–, daban cuchara.

Sin embargo no tengo, como tienen otros compañeros que pasaron por la misma experiencia, recuerdos de hambre en la Cuarta. Tengo sí con las comidas de allí, dos o tres recuerdos bastante fuertes.

Uno es de un domingo, creo que el último domingo de octubre del 76, en que los canas empezaron a hacer desde temprano un asado de carpincho.

Una de las pocas cosas que hacían con gusto era cocinar, y comer, y tomar vino por supuesto. Me rectifico, lo que más les gustaba era mortificarnos, torturarnos psicológicamente, en paté­tico ejercicio de la pequeña cuota de poder que la patota les había entregado sobre nosotros. Los señores de la vida y de la muerte eran así. No sólo podían matarnos cuando se les cantaba, también podían entregarnos a otros por un ratito, o para siempre.

Los agentes eran los mismos que antes del golpe de Estado, y casi todos se prendían al juego de “gastarnos”, amenazarnos, hacernos pequeñas maldades como la de aquel domingo. Había otros que eran distintos; poquitos, pero que vale la pena rescatar, y lo haremos en su momento.

Primero comieron ellos hasta cansarse. El carpincho era bas­tante grande y habían preparado también una ensalada de porotos con picante. Cuando nos ofrecieron comida no lo podíamos creer. Hasta sal y pimienta tenía la ensalada, y buen condimento el car­pincho. Para cada uno un plato y un tenedor. Parecía una fiesta y nos creímos el cuento de que al menos un día podíamos comer bien, total los de la patota no se iban a enterar.

Como ya dije, en la celda no había nada, y para tomar agua o ir al baño había que pedir a los agentes que nos sacaran de la celda o nos trajeran agua. Por lo común, era una verdugueada chiquita: una hora de espera, o a veces menos, y te sacaban al baño.

Salvo que estuviera la patota; en ese caso tampoco nadie hacía el menor gesto que te pudiera poner de relieve.

No dudes, lector, que vos también hubieras preferido mearte encima a exponerte a que te vieran los de la patota.

Así que apenas terminamos de comer empezamos a pedir agua y que nos llevaran al baño. No nos sacaban desde que nos habíamos despertado, y eso que nos despertábamos bien temprano, con la luz, a eso de las seis o seis y media de la mañana.

La sed nos empezó a torturar y nos dimos cuenta de la razón de tanta generosidad. Los hijos de puta nos habían dado comida salada para luego no dejarnos tomar agua por horas, y que nos cagáramos de sed. Con las horas la boca nos quemaba y los labios se iban secando.

La sensación de sed es más desesperante que la de hambre, que al fin de cuentas al cabo de algunas horas empieza a aflojar hasta desaparecer. La sed iba en aumento, cada vez era más ho­rrible. Nos tuvieron así hasta el cambio de guardia a las ocho de la noche, cuando los tipos de la guardia nocturna, sin saber nada, simplemente nos sacaron al baño antes de dormir.

Los hijos de puta se fueron tranquilamente, como quien ha cometido una pequeña hazaña. Seguro que se sentían de lo más vivos. Y lo más escalofriante es que no creo que nadie les haya dado la idea, se les había ocurrido a ellos solitos.

Por entonces, todavía no había leído a Foucault y su teoría del micro poder, pero la primera vez que lo hice, instantáneamente, me acordé de aquellos pequeños y crueles miserables que abusaban de nosotros con patética crueldad.

Ahora los puedo imaginar: salen en grupo de la Cuarta, rién­dose de su hazaña para volver a sus pobres hogares y a sus vidas vacías después de actuar como poderosos señores con los presos políticos allí encerrados.

Creen que es su minuto de fortaleza, ni siquiera se dan cuenta que aunque espontáneo y secreto, el procedimiento ha sido previsto –y estimulado por todos los medios posibles– por los verdaderos dueños del poder.

Y que no eran más que insignificantes piezas de un mecanismo de dominación del que, ellos, sí que no podrían salir nunca.

El otro recuerdo es aún más sórdido.

A los pocos días de llegar a la Cuarta, trajeron a una compa­ñera.

En realidad no la vimos hasta unas horas después, porque cuando la patota traía a algún secuestrado nuevo, nos obligaban a voltearnos contra la pared, con la amenaza de que el que mira es boleta.

A la muchacha la pusieron en una “tumba” de las del costado, a la derecha de nuestra celda grande, que daba al patio. En aque­llos días no supe cómo se llamaba y por años traté de averiguar quién era aquella mujer. Sólo hace muy poco conocí su nombre por una investigación de un periodista santafesino, publicada en Rosario/12. Se llamaba Alicia López de Rodríguez, era del norte de la provincia, compañera de un dirigente de las Ligas Agrarias. Aún continúa desaparecida.

Lo que sí recordaba era que ella sufría de diabetes, como mi papá. Y que por eso necesitaba comer cada tres horas, y que como recibía la misma comida que nosotros (es decir una ración cada veinticuatro horas), caía desmayada en su celda, y las com­pañeras vecinas comenzaban a gritar pidiendo a la guardia que la reanimasen. Cuando eso ocurría, toda la población de presos y presas actuaba al unísono reclamando que le dieran de comer, y pedían a los guardias que le acercaran uno de los bocados que los prisioneros habían guardado para ella. Sufrió Alicia varios días esa tortura extrema de agonizar y revivir constantemente, hasta que la vinieron a buscar. Y no regresó más.

El momento en que la patota venía a buscar a algún compañero era muy fuerte. Muy denso.

La patota desplegaba toda su parafernalia. Los mismos guar­dias se asustaban, y cuando ellos llegaban no hacía falta verlos, se notaba enseguida por el modo en que los locales se movían y hasta cambiaban el trato con nosotros, eliminando hasta la menor partícula de humanismo que se les hubiera colado contra su volun­tad. Los tipos realizaban un verdadero ritual de muerte: nos ponían contra la pared y al que tocaban el hombro se tenía que dar vuelta e ir con ellos. Y si lo llevaban sin capucha se sabía que era a la muerte, porque el que los veía cara a cara no podía sobrevivir.

El momento era horrible por muchas razones, una de las ma­yores era que cada uno aguardaba en silencio que la muerte no le tocara el hombro, y no se podía disimular el alivio que se llevaran a otro. Pero el alivio duraba un segundo.

Cuando la patota se iba, el silencio se iba haciendo cada vez más pesado, hasta que se notaba en los huevos. Ese silencio era tan intenso que lentamente nos íbamos dando vuelta para descubrir quién era el que ya no estaba. La pena por el compañero perdido era formidable. Empezábamos a hablarnos, buscando convencer­nos de que a lo mejor esa vez sería distinto y el compañero o la compañera iba a volver, o que a lo mejor la encontraríamos en la guardia o en la cárcel. Pero todos sabíamos que eran fantasías. Que si te llevaba la patota sin capucha, no volvías. Que era el fin.

El tercer recuerdo que relaciona la comida con aquel encierro es un poco más grato. Un día cayó preso un muchacho que resultó ser odontólogo. La patota había caído en la casa equivocada. Él había alquilado un departamentito hacía muy poco y los Servicios tenían fichado que en ese lugar vivía algún militante o colaborador de un partido de izquierda.

Cayeron, se dieron cuenta de que el que buscaban se les había escapado, y de rabia nomás trajeron a este hombre, que no sabía muy bien de qué se trataba todo aquello. Era una buena persona, enseguida comprendió en su verdadera magnitud y significado lo que sucedía. Y trató de comportarse en la Cuarta con la mayor dignidad.

Salió rápido. En 1979 acudí a él para que atendiera gratis a un compañero de la Fede; se puso a disposición nuestra, a pesar de que ya era muy consciente en que líos se metía.

Como estaba “legal”, le permitieron recibir comida y lo pri­mero que le llegó fue una lata de dulce de leche, que compartió con todos nosotros. Era una de esas latas de exportación Marimyl con un producto extraordinariamente bueno, o será que la alegría de volver a comer algo normal le dio esa dimensión.

¿O habrá sido porque aquella lata de dulce de leche fue una de las primeras cosas que pudimos compartir entre los presos, aparte del aliento que nos dábamos para no aflojar?

11. Milico dePueblo

En la Cuarta estábamos todos ilegales, pero eso no quería decir que no supiéramos dónde estábamos, ni que estuviéramos totalmente aislados.

Un policía, que había militado en la Fede, me conectó con el “afuera”.

En 1971 me designaron para colaborar con una de las luchas más interesantes de aquellos años: la de los productores de frutilla de Coronda que resistían la entrada de la producción brasileña porque los arruinaba. Se organizaron y realizaron algunas movi­lizaciones, incluso una marcha con tractores sobre la ruta. Hay que recordar que todavía estaba la dictadura de Levingston, y que ninguna lucha era fácil.

Uno de los jefes de la lucha se afilió al Partido, y todavía anda el Pepe entre nosotros.

Para mí fue muy importante porque era la primera vez en mi vida que me acercaba tanto a la vida campesina, si bien Coronda era más parecida al valle del Río Negro que al norte santafesino o los latifundios del sur que era a lo que hacían referencias los materiales partidarios.

Y ni hablar de encontrar algo parecido a los mujiks que des­cribía Lenin en El desarrollo capitalista de Rusia.

Predominaba la pequeña producción, dado que con muy poca tierra, creo que con apenas cuatro hectáreas, ya se podía montar una unidad productiva.

Claro que tal producción intensiva exigía el trabajo de muchos obreros rurales, y eso convertía a los pequeños productores en verdaderos patrones. Con más afinidades con la burguesía que con la clase obrera.

Pero por entonces, nos bastaba conque fuera gente que vivía en el campo y que quería pelear contra la dictadura, o contra alguna de sus políticas.

La Fede se vinculó a un grupo de jóvenes obreros rurales de los pueblos cercanos a Coronda, y comenzamos con ellos una importante labor de educación política y organización. Yo iba dos o tres veces por semana y llegué a hacerme bastante compinche de algunos.

Uno de ellos, llamémoslo Raúl, se me apareció un día en la Cuarta vestido de policía. La primera vez que me vio, sólo me miró. Abrió grandes sus ojos negros, pero no movió ni un músculo de la cara, no hizo ninguna seña. Agarró una escoba que estaba en el baño del patio, y se puso a barrer.

Los días siguientes dio vueltas por el patio donde estaba mi celda, pero sin decir nada. Hasta que un día me encontró solo –se habían llevado a los compañeros la noche anterior– y sin muchas palabras, me preguntó si podía ayudarme en algo. Le pedí que avisara que yo estaba en la Cuarta.

No dijo nada, sólo me preguntó dónde quería que avisara antes de marcharse rápidamente.

Y cumplió.

Arriesgando que lo pusieran en la misma celda conmigo, o aún peor, porque a los que se pasaban de lado los castigaban con una saña increíble, fue hasta la casa de mis tíos, vestido de civil, y pasó el dato de que estaba en la Cuarta.

En el primer momento me dolió muchísimo verlo con uniforme de policía, aunque luego me demostró que debajo del uniforme seguía siendo un trabajador con un grado de conciencia política nada despreciable.

Sin embargo, pensando un poco, no era tan inexplicable lo que había pasado.

La lucha de los productores de frutilla tuvo éxito en el plano estrictamente reivindicativo – económico: la importación se paró o se dificultó, e incluso una parte de ellos se organizó en una cooperativa de producción que todavía funciona. Pero la consigna de fondo, que cada joven campesino acceda a la tierra, no se cumplió y Raúl siguió sin futuro alguno.

Entre changuear eternamente por monedas y cobrar un sueldo seguro, en algún momento se decidió por el empleo policial, vaya a saber por qué poderosa razón puntual.

Pero cuando me vio, en el estado que estábamos allí, sabiendo como seguramente sabría lo que nos esperaba, debe haber recor­dado las reuniones, las mateadas, las caminatas al río, mis intentos de explicarle las causas de su pobreza y las razones del por qué de la ineluctabilidad del socialismo y sus largas explicaciones sobre cómo se cultivaba y cómo se cosechaba la frutilla, las noches en que nos íbamos a los bailes del pueblo y a la madrugada me acom­pañaba a tomar el colectivo de regreso a Santa Fe; los esfuerzos que hice para conquistar a su prima…

Y resolvió arriesgarlo todo. Sabiendo hoy, como ahora sa­bemos todos, a qué se exponía, lo valoro aún más que entonces.

A partir de ese momento una prima mía, la Kuki, acompa­ñada por Julio, un compañero de trabajo y militante de la Fede, reclamaban todos los días verme, traían fruta aunque no se las aceptaban, les rompían la paciencia casi hasta el límite de la inconsciencia.

Y los canas sufrían el impacto.

Ya venían todos a contarme que habían venido a reclamarme y que ya había salido en el diario El Litoral una denuncia de mis familiares de que estaba en la Cuarta.

La sensación de haber roto el aislamiento total era muy fuerte, y la confianza en que seguíamos siendo una fuerza que no abando­naba a sus militantes, también. Incluso me causaba ciertos roces con los otros compañeros, cuyas organizaciones no estaban en condiciones de brindarles el respaldo que yo recibía. Por supuesto que yo mantuve en el más estricto secreto la ayuda de Raúl, así que nadie se explicaba cómo se había conocido el Partido del lugar de mi detención.

Y esa situación contribuyó a aumentar el mito del aparato del Pecé, que por supuesto existía, pero todo era mucho más artesanal y precario de lo que casi todos imaginaban.

En la Cuarta, con aquel policía que rompió el aislamiento al que me sometía la patota, me convencí de que a pesar de todos los errores, los comunistas éramos representantes de una tradición política, con un grado de reconocimiento popular, que nos daba legitimidad a pesar de cualquier ley o decreto. O de nuestros pro­pios errores, o limitaciones históricas.

Porque para casi todos éramos la identidad de los que lucha­ban contra la explotación, y con esa causa se colaboraba. Con inteligencia popular.

Más adelante, en la Guardia de Infantería Reforzada, me vol­vió a pasar que algún guardia colaborara con el Pecé; e incluso en Coronda, aunque yo entonces no supiera de quién se trataba, uno de los guardias traía y sacaba información, arriesgando su vida cada vez.

Roberto apareció en la Cuarta a los veinte días de su secues­tro.

Y desde ese momento, a la sensación de ahogo, de angustia, en esa extraña convicción de que simplemente me matarían, también empecé a sentir que –pasara lo que pasare –estaría acompañado, protegido, cuidado por los míos.

12. El Alberto

Uno se acostumbra a todo.

En esos años nos acostumbramos a casi todo.

A ver la muerte dando vueltas alrededor de nosotros. A ver los camiones del ejército circulando soberbios y omnipotentes, o a las patotas actuar a plena luz del día. Al ruido de los tiros y a la explosión de las bombas.

Pero nunca me pude acostumbrar a recibir ese mensaje cor­to, sencillo, brutal, de que a un compañero lo habían detenido o chupado. O matado.

Todavía estaba fugado de la casa de mi vieja, es decir que todavía no vivía en la calle Güemes, de donde me chuparon en octubre del 76, cuando recibí dos noticias que me golpearon mucho.

La primera fue enterarme, por un compañero del secundario al que encontré en un bar, que el jefe de la Compañía de Monte del ERP, al que acababan de matar en Tucumán, era aquel muchacho rubio, grandote, con pinta de jugador de rugby, que yo conocía del barrio y con el que habíamos compartido la formación de la Unión de Estudiantes Secundarios en 1969.

Su padre tenía un tostadero de maní en la calle Mendoza, muy cerca de mi casa, aunque vivían por la zona del Puente Colgante. En el viejo Baviera del Puente Colgante nos reuníamos los do­mingos a la tarde con él y su hermano menor, hacíamos planes para poner en marcha a los secundarios, mientras soñábamos con la Revolución. Él ya militaba en el PRT, pero creo que ni él ni yo teníamos, por entonces, muy claro las diferencias políticas que había entre nuestras organizaciones.

Recuerdo que una vez le conté que el Pecé tenía como cien mil afiliados y él me dijo que si nos decidíamos, con esa gente, tomar la Casa de Gobierno no podría resultar difícil.

No sabíamos que el Partido Comunista de entonces no tenía la menor intención de poner su gente en la lucha directa por el poder, ni que de nada serviría tomar la Casa de Gobierno si no había un movimiento popular dispuesto a defender ese poder.

Todavía no había pasado lo de la Unidad Popular en Chile.

Él se llamaba Leonel Mac Donald y a ninguno de nosotros, en esos años, ese apellido nos olía a papa frita y hamburguesa como ahora.

La otra noticia me golpeó en lo más íntimo.

Un colimba de la Fede, de servicio en la Guarnición Córdoba, informó al Partido, sin lugar a equívoco, que unos días antes del golpe, el general Menéndez en persona había fusilado a Alberto Cafaratti. Y la dirección local del Partido me lo comunicó en los primeros días de abril del 76. Para la mayoría del Partido, Al­berto era una de las esperanzas más fuertes. Era un obrero de la Epec de Córdoba, un dirigente del gremio de Luz y Fuerza muy cercano a Agustín Tosco, también era el miembro más joven del Comité Central del Partido Comunista Argentino, un Partido que se caracterizaba por la longevidad exasperante de sus dirigentes máximos, los cuales sólo dejaban su puesto al morir. Y casi todos morían de viejos, o de muy viejos. Pero para mí Alberto Cafaratti era mucho más que un prometedor miembro del Comité Central partidario.

Habíamos estudiado juntos en la escuela del Komsomol, once meses entre julio de 1970 y junio de 1971. Lo había conocido en una piecita de un hotel en la zona de Once cuando Mario José, un dirigente nacional de la Fede, nos reunió antes de marchar juntos a Europa para ensayar la leyenda que usaríamos en el viaje; y habíamos vivido junto a otros tres compañeros en una inmensa habitación de la Escuela del Komsomol, en los suburbios mos­covitas.

Una habitación codiciada, allí había vivido Liber Arce, el gran héroe de la Juventud Comunista Uruguaya y mártir de aquella democracia a la que los liberales comparaban con Suiza.

Él venía del Cordobazo y era el jefe del grupo de la Fede que fue a estudiar a Moscú lo que por entonces, en el movimiento comunista mundial que respondía al Kremlin, se entendía como teoría revolucionaria.

Luego hablaré de esa escuela, la B.K.S.H., mucho menos dog­mática y cerrada de lo que hoy se puede uno imaginar. Y donde además, las conferencias, casi todas con traducción simultánea, eran sólo una parte de la experiencia. La otra, era convivir con cerca de mil jóvenes comunistas de todos los países del mundo, o por lo menos muchos más de los que cualquiera de nosotros conocía por entonces. Desde hindúes a ingleses, desde franceses a cubanos, desde uzbecos a nicaragüenses.

Y compartir esa experiencia con Alberto como responsable del colectivo argentino, con su deslumbrante inteligencia política, su experiencia de vida y lo que había “mamado” de Tosco y los que lo rodeaban.

Alberto se había fugado de su casa a los quince años, había sido parte de un grupo nacionalista que intentó eliminar nada menos que a De Gaulle en un viaje que hizo a Córdoba, allá por el 64. Muy joven había entrado a trabajar en la Epec (Empresa Provin­cial de Energía de Córdoba), y era parte del grupo de consulta del gringo Agustín Tosco, del cual nos hablaba incansablemente con una admiración no disimulada.

Alberto era capaz de discutir con cualquiera, y en Moscú se le había plantado a un dirigente de la Fede, que de paso para Europa Occidental había pretendido obediencia sin discusión, y recibió la respuesta merecida de su parte.

Era para mí algo así como el ideal del joven comunista. Un obrero, revolucionario, culto, rápido para descubrir la esencia de las discusiones, flexible y con principios firmes. Acostumbrado a moverse en el movimiento real de la lucha de clases.

A lo mejor porque era tan distinto a todo lo que yo conocía.

Su muerte no sólo me dejó sin un referente, fue como si me quitaran la posibilidad de demostrarle que yo también podía llegar a ese lugar donde él se movía con tanta frescura y naturalidad.

El día que me informaron del fusilamiento –lo recuerdo bien, fue en la casa del Bebe, donde funcionaba la dirección clandestina del Partido – empecé a sentirme un sobreviviente.

Aunque bastante extraño: un sobreviviente que esperaba con cierta resignación su propia muerte.

¿Qué derecho tenía yo para seguir viviendo y hacer política si Leonel Mac Donald y Alberto Cafaratti ya no estaban?

¿Quién carajo hacía la lista de los sobrevivientes? Si yo no le había pedido a nadie que me pusiera en ella. Más todavía: yo ya no quería que me pusiesen.

13. La Fede

Cuando niño, los comunistas eran para mí personajes de libros que hablaban de países exóticos y lejanos: Rusia, China, Yugoes­lavia, Vietnam.

El primer recuerdo de que intentar emularlos no sería bien visto en estos parajes se remonta a la propia escuela primaria, cuando ingenuamente repetí en el aula el que no trabaja no come, tal como yo había leído en un libro ruso de los 50, y recibí la repri­menda de una maestra espantada de que se repitieran consignas comunistas en clase.

Escribo esto y me doy cuenta que a comienzos del siglo XXI., en mi empobrecida Santa Fe, una frase como ésa puede sonar a un decreto menemista, a una ley de la Alianza, o a una burla sangrienta para los miles de desocupados y excluidos sociales que no comen porque no trabajan, o comen basura aunque trabajen.

Pero en la Unión Soviética de la posguerra, esa consigna expresaba el fin de la propiedad privada como relación social de dominación: del hecho brutal, aunque nos parezca tan natural, que haya hombres y mujeres que vivan sin trabajar a expensas del trabajo ajeno.

De la explotación de los obreros y los campesinos.

Para mí, aunque niño, el principio de que el que no trabaja no come, me parecía justo. Que nadie viva del trabajo ajeno, que todos trabajen y que nadie explote a nadie.

Ya he dicho que mi papá era autodidacta; lo que no he dicho aún es que en los inicios de los 70, en un breve periodo en el que yo estudiaba en la Facultad Santa Fe de la Universidad Tecno­lógica Nacional, me sorprendió un día pidiendo explicaciones para entender la fórmula del combustible sólido que usaban los cohetes espaciales, tal como había sido publicada en una revista soviética.

Crecí en un hogar donde la idea de que el trabajo dignifica al hombre era muy vigorosa, y crecí respetando, admirando sería más preciso, a los obreros, a los técnicos y los científicos.

El segundo recuerdo que conservo es de un cartel muy ingenio­so con un burgués muy panzón, y un obrero muy enérgico, con el puño en alto, dibujados ambos sobre una consigna que me sonaba muy clara y justa: “Que la crisis la paguen los ricos”.

Y la firma era del Partido Comunista.

Corría el año 1962 y en la provincia de Santa Fe se había ge­nerado una situación muy particular. El peronismo estaba ilegal y el Partido había formado, junto a la gente que había abandonado la UCRI después de la traición del entonces presidente Arturo Frondizi a sus promesas electorales, una fuerza política bajo el nombre de Partido del Trabajo y el Progreso que se identificaba muy fuerte con la recién triunfante revolución cubana. Habían sacado unos carteles donde aparecían juntos el Gringo Viale[7] y Fidel Castro, y algo así como: “Hagamos como en Cuba”.

Por supuesto que les fue muy bien, y “por supuesto” que la experiencia de unidad de las izquierdas fue frustrada por la direc­ción nacional del Pecé de aquel tiempo.

Pero por entonces, durante aquella campaña electoral, mi papá se entusiasmó mucho y consideró volver al Partido, que había abandonado al llegar a Rosario, porque sostenía que quien no era obrero no tenía derecho a ser comunista. Cosas de la época de su formación.

Pero se decidió y fue a un acto comunista. Y yo lo acompañé. Era en la Plaza España, lo miramos desde un costado y después me llevó a tomar una gaseosa al bar de los Japoneses. Un bar famoso por el billar, y por los dueños, japoneses, lógicamente.

Para mí tomar una gaseosa era algo bastante raro.

En Santa Fe no había entrado la Coca Cola y recién lograrían imponerla durante la dictadura de Onganía. El director de Broma­tología era el doctor Mullor, y mucho más tarde lo conocí, cuando siendo rector de la Universidad Nacional del Litoral, nos dio una mano en la lucha para impedir que un joven comunista, de nacio­nalidad boliviana, Prudencio Velásquez, fuera desterrado a su país por la dictadura de Lanusse, con peligro cierto para su vida.

Prudencio terminó en el Chile de Salvador Allende, combatió los primeros días de septiembre contra el golpe de Pinochet, estuvo preso y regresó al país años más tarde.

El doctor Mullor era un típico socialista liberal, más de centro derecha que otra cosa, pero como viejo liberal exigía el cumplimiento de las leyes y rechazaba la intromisión yanqui en nuestras vidas.

Así que nada de Coca Cola en mi infancia.

Pero sería en el secundario, en la Escuela Superior de Comercio Domingo G. Silva, donde me vinculé con la política real, y conocí a los comunistas de verdad. En realidad había querido estudiar de maestro, pero los prejuicios fueron más fuertes que mi vocación y me dio vergüenza ir a una Escuela, la Normal, donde casi todos los alumnos eran muchachas.

Así que, al igual que mis otros dos hermanos, empecé el Co­mercial en el año 1965, y tuve enseguida allí otra experiencia muy discriminatoria en el plano ideológico.

Había por aquellos años una materia que se llamaba algo así como Educación Democrática, un verdadero compendio de doctrina derechista de la más cavernícola, de un anticomunismo cerril. Al comunismo, ¡en 1965!, se lo estudiaba en el mismo capitulo que los “totalitarismos” del tipo nazismo, fascismo y falangismo.

Fui buen alumno hasta tercer año –en que ingresé en la Fede–; nunca había rendido ninguna materia, pero sencillamente no podía repetir las estupideces que decía el libro, y la vez que había intentado discutir el profesor me había apabullado con una mirada temible.

Se llamaba Fernando Mántaras, en ese tiempo presidía una siniestra Federación Argentina de Entidades Anticomunistas Argentinas, F.A.E.D.A., un movimiento de la derecha clerical y fascista, amparado por la Iglesia y con estrechas vinculaciones con los servicios de inteligencia.

Yo no sabía por aquellos años cuánto se metería ese tipo con mi vida. Lo que sí sabía es que yo no podía aceptar el discurso oficial –el del libro y del profesor –, ni me animaba a enfrentarlo con éxito.

Así que el día que tocó la lección acerca del “comunismo”, sencillamente falté a clase, y me quedé en casa. Creo que fue la primera vez que hacía una cosa así.

En junio del 66 lo tumbaron al presidente Humberto Illia, y entonces yo empecé a interesarme más en las protestas obreras y las movilizaciones estudiantiles.

En mi casa no llegaba Nuestra Palabra, el semanario comunista clandestino, pero se leía un semanario legal de izquierda, dirigido por Leonidas Barletta, uno de los precursores del teatro indepen­diente y fundador del mítico Teatro del Pueblo. Propósitos venía impreso en colores y traía muchísima información de la guerra del pueblo vietnamita con los yanquis, que a mí me apasionaba, y era la razón principal por la que reclamaba el semanario para leerlo de un tirón.

Pero Propósitos no sólo tenía información internacional, tam­bién era uno de los pocos periódicos legales de oposición verdadera a la dictadura instaurada en el 66.

Como se sabe, hubo primero una tregua entre Perón y Onganía, al que sólo enfrentaban la izquierda y los estudiantes. El ambiente se iba calentando, y se notaba en la escuela.

La primera muerte que sentí cercana –como una ofensa a mí mismo– y que me movilizó totalmente, fue la de Santiago Pampillón, el estudiante cordobés asesinado en septiembre de 1966.

No sabía qué hacer para expresar mi bronca, hasta que un celador del colegio, con el que hablábamos seguido de política, me invitó a una reunión en una casa universitaria.

Las casas universitarias eran toda una institución en aquella Santa Fe de finales de los 60. Había miles de estudiantes del interior de la provincia, y aun de países vecinos como Perú o Bolivia, que venían a estudiar en la Facultad de Ingeniería Química, famosa por su nivel académico en toda América Latina, o en la de Derecho; que tenía el programa de estudios más corto, y los profesores más tolerantes del país.

La Universidad Reformista, la que transcurrió entre 1955 y 1966, aunque con matices y periodos muy distintos, avanzó en armar un sistema de apoyo al estudio que era muy importante. De hecho, las primeras luchas estudiantiles de Corrientes y de Rosario tenían que ver con la defensa del Comedor Universitario y otras conquistas.

Las casas adquirían la identidad de sus ocupantes. Así, estaban las casas de los peruanos, de los santiagueños y también las casas de cada agrupación estudiantil y de cada juventud política. Las casas de la Jotapé, de la Fede o de la Juventud Radical.

La Fede estaba pasando por un proceso de fractura, del cual surgiría el Faudi y luego el actual Partido Comunista Revolu­cionario, esa casa era de ellos. Mis dos hermanos estaban en la Fede, el mayor estaba haciendo la colimba y el del medio se había posicionado con los que se iban y fue él en realidad el que le había dicho al celador de mi escuela que me invitara a la reunión.

A mí la reunión me gustó.

Éramos unos pocos estudiantes secundarios los que nos senta­mos esa tarde en la cocina a tomar mates con dos universitarios, una muchacha y un jóven. Nos trataron muy bien, nos explicaron lo que estaba pasando en Córdoba, nos advirtieron que en Santa Fe pronto pasaría lo mismo y nos alentaron a que nos organizásemos.

Yo me comprometí a hacerlo.

Escribí un volantito que ellos me ayudaron a imprimir. En el volante hablábamos de Pampillón, de la brutalidad de la policía y de nuestro derecho a estudiar; y terminaba llamando a elegir delegados por curso. El volante lo metimos en el cole con el ce­lador, lo pusimos en los baños y aprovechamos los recreos para ir dejándolo en las aulas.

Ahí conocí a Leonel Mac Donald, de quien hablé más arri­ba, y también a compañeros del Faudi y de la Juventud Radical que por entonces había aprobado la llamada Declaración de la Setúbal, por la quinta donde se reunieron, muy cerca de la des­embocadura de la laguna que terminaba en el Puente Colgante de Santa Fe.

Aunque hoy parezca increíble, en aquel documento que firma­ron personajes como el Changui Cáceres, Marcelo Stubrin, Leo­poldo Moreau, el Coti Nosiglia y Federico Storani, se reivindicaba el llamado “Programa de Avellaneda”, el legado de Lebenshon que propiciaba un radicalismo popular y antimperialista, y hasta se hablaba de socialismo.

Al hermano de Marcelo Stubrin, Adolfo, lo tuve que ir a buscar a la casa para que se incorporase al Centro porque era tan “traga” que no quería participar en nada. Los Stubrin vivían cerca de mi casa y eran una familia muy tradicional de la burguesía judeo argentina: muy sionistas, muy conservadores, muy cultos y todo eso. La primera crisis que tuvo la Juventud Radical la provoca­ron ellos, al exigir el apoyo a la agresión israelí contra el pueblo palestino en 1967.

En realidad yo participaba en todo, pero no me había afiliado a ninguna fuerza. En esas reuniones conocí a los de la Fede “ofi­cial” y empecé a leer sus materiales. El que me gustó más era un informe de Victorio Codovilla sobre el golpe del 66, muy duro con los milicos y el imperialismo.

Se lo conocía como el Informe de la Séptima Conferencia Nacional, estaba editado con una tapita roja muy linda y creo que ese trabajo fue el que me convenció para afiliarme.

Pero la decisión la tomé en una reunión bastante amplia, donde los que se habían ido de la Fede –el Faudi de entonces, el PCR de ahora–, confrontaron muy recio con los de la Fede oficial, en­cabezados por Alberto Méndez, un santafesino que años después llegó al secretariado nacional de la Fede.

En el debate, Alberto sacó el carnet de la Fede y les dijo que había que hablar con más respeto de ese carnet: que por ese carnet habían muerto Jorge Calvo y Juan Ingalinella, y algunos cientos más.

Me convenció; ése era el carnet que yo estaba buscando.

El que me identificaba con los comunistas, con los que estaban haciendo la revolución en todo el mundo.

Para los que leen estas líneas con mirada crítica, sólo puedo apelar a la comprensión de la época. La misma que llevó a Roque Dalton escribir por entonces algo así como que avanzamos en todos lados hacia la victoria final.

Cuenta el historiador inglés Eric Hobwsban en su Historia del Siglo XX, que a finales de los 60 los informes secretos de los yanquis daban como muy probable la derrota del capitalismo en la contienda con el socialismo. Esa era exactamente mi convicción, y también la de miles y miles de jóvenes.

Más allá de la opinión que se tuviera sobre Victorio Codovilla o sobre el Roby Santucho, podíamos dudar cuál de las orgas sería la vanguardia, pero que nosotros íbamos a triunfar, no estaba en duda. Sentíamos que éramos la generación destinada a culminar una larga lucha por la Revolución, y que para eso habíamos nacido.

Para triunfar.

14. El Cordobazo

El 29 de mayo de 1969 me sorprendió en la escuela.

En el recreo nos pusimos de acuerdo, y a los gritos convocamos a una asamblea con la ayuda de algunos celadores y la mirada cómplice de muchos profesores.

Bajamos al patio de la planta baja, un patio enorme donde cabían centenares de estudiantes y allí, después de deliberar bre­vemente en asamblea general, decidimos abandonar la escuela y marchar por las calles.

Adonde pudiéramos gritar nuestra bronca, y nuestra alegría por ese clima de ofensiva popular que se sentía en el aire.

Arrancamos para el lado del Industrial Superior, a unas cinco cuadras, y cuando llegamos, precedidos por el rumor de nuestra pequeña sublevación, los estudiantes ya nos estaban esperando en la puerta. Deliberamos muy brevemente y decidimos seguir el recorrido, así que juntos nos fuimos al Nacional, seguros que allí también tendríamos éxito en convocar a su alumnos a la calle.

Ya éramos una multitud de guardapolvos blancos y grises.

Después recorrimos escuela por escuela, arrancando a los estudiantes de las aulas, que en un día como ése –que sentíamos histórico a flor de piel – no se podía uno pasarlo escuchando las tonterías acostumbradas de aburridos profesores.

La cana no sabía qué hacer ante semejante multitud, y optó por dejarnos caminar de un lado para otro del Centro.

Nos fuimos para el Paraninfo de la Universidad, a cuyos fondos estaba la Facultad de Derecho, y en la esquina de San Martín y el Boulevard Pellegrini hicimos un acto gigantesco.

Eran miles y miles las chicas y chicos que cubrían todo el espacio libre.

Todo era un quilombo, así que el que se animaba, se subía y hablaba.

Me hicieron upa dos grandotes de la Escuela, y me animé a hablar a la multitud.

–Compañeros, el gobierno que tenemos es una dictadura que sólo sabe matar y golpear. No se puede ser un espectador del drama que vive la juventud argentina. Y no alcanza con putear hoy y movilizarse un día: hay que organizarse en Centros de Es­tudiantes para garantizar la educación pública para todos. Y la liberación de la Patria.

Era la primera vez que hablaba en público, y yo mismo estaba sorprendido.

Tenso, emocionado, casi llorando porque pensaba en los caídos y en la gloria de estar en la calle, me salían las palabras como si nada. También habló Jorge, un chico del Faudi, amigo mío desde la escuela primaria, y el hermano de Leonel, por la gente del PRT.

Así fue. Los tres proyectos que irían a disputar el lugar de la “vanguardia revolucionaria” habían salido de los estrechos espa­cios donde se habían preparado el año último, y se presentaban en sociedad.

Sin engaños, cada cual con lo que pensaba.

De ahí nos fuimos a la Plaza Constituyentes, y el pequeño Cen­tro de Estudiantes de la Escuela Superior de Comercio Domingo G. Silva se refundó, ahora con centenares de estudiantes, y en asamblea pública. Y volvimos a ganar la dirección del Centro.

Que no habían sido inútiles todos los esfuerzos y todos los ensayos que habíamos hecho: nosotros éramos el Centro, y ahora lo reconocían casi todos.

De una pequeña secta clandestina, de una especie de club de discusiones, nos habíamos convertido en una fuerza importante que todos querían dirigir.

Mucho más tarde leí a Lenin explicando en el Qué Hacer que lo que no se tiene organizado antes de la pelea, no se puede im­provisar en medio del quilombo.

Pero yo lo aprendí por las mías en ese mayo del 69 por­que con lo poquito que teníamos, pudimos actuar y crecer a saltos.

Y es que teníamos una línea de cuadros bastante buena en casi todos los colegios: en el Comercial, tanto en el turno mañana de los muchachos como en el de la tarde, de las chicas, en el Industrial Superior y también en la Escuela Normal Almirante Brown, que funcionaba con doble turno y un programa más moderno que los otros colegios. También en algunas nocturnas con chicos que nos pasaba el Partido de su trabajo en las barriadas populares.

Y crecimos rápidamente.

En pocos días afiliamos a unos veinticinco compañeros del Comercial, y hasta nos organizamos por círculo año por año: los de primero, los de tercero, y otros.

También comenzamos a crecer en el Industrial Superior, en la Normal Almirante Brown y algo menos en los otros colegios, incluyendo algunos religiosos.

La cuestión de la acumulación previa fue tan así, que cada fuerza política se quedó con el Centro de donde habían sido los iniciadores. Nosotros, con el Comercial; el Faudi, con la Normal, y el PRT, con el Industrial.

La Federación que habíamos fundado en aquellos cafés de los domingos, la Unión de Estudiantes Secundarios Santafesinos, también se transformó en una fuerza respetable que llegó a con­vocar sucesivos paros generales del estudiantado, y a la que se la consideraba casi un par de la Federación Universitaria del Litoral y la CGT de los Argentinos.

A mí me incorporaron a la dirección de la Fede santafesina y cuando terminé la secundaria me plantearon que tenía que ir a estudiar a la escuela del Komsomol. Al principio mi vieja no quería saber nada, pero el Partido lo mandó al gordo Jaime a hablar con ella y la convenció. No sé que argumentos le habrá dado, porque yo esperaba el resultado de la conversación en el café de la esquina, alambrando que dijera que sí.

Que me permitieran hacer ese recorrido, exactamente inverso del viaje que había hecho mi padre cuarenta años antes.

Y no sería una metáfora, estando en la Unión Soviética pude visitar Lituania y estar exactamente en el sitio donde él jugaba de niño: en la Torre de Vilnus, que antaño había protegido la ciudad de los ataques rusos.

En ese viaje iba a conocer a Alberto Cafaratti.

15. Debate Político

Al fin me vinieron a buscar.

El procedimiento era el conocido: todos contra la pared y el toque en la espalda.

Pero me pusieron la capucha.

Mis esperanzas de que no me hicieran mierda, crecieron. Módicamente.

Me agarraron dos tipos, uno de cada brazo, y me llevaron caminando por dentro de la seccional, para el lado que daba al Boulevard Zavalla; allí bajamos una escalerita y entramos a una habitación. Me sentaron en una silla, con las manos esposadas a la espalda, y la capucha puesta. Yo sentí que se fueron y me quedaba solo.

O eso me parecía.

De repente, sin que nadie hubiese entrado, sin que se oyera algún ruido, me di cuenta que alguien estaba sentado delante de mí.

– ¿Por qué tenías papeles del Partido si vos sabes que la acti­vidad política está suspendida?

Pausa. Mínima.

– ¿Por qué tenías la verja de la casa electrificada, si ustedes dicen que no están en la lucha armada?

Pausa.

– ¿O es que vos estás en el aparato militar del Partido?

Pausa.

– ¿Dónde viven Marcos y Luisito, y por qué no lo encontramos a Lito; por qué se esconden si son legales?

Otra vez el viejo truco, y otra vez morder el anzuelo. Aunque esta vez, un poco más justificado.

El tipo no pegaba, ni siquiera preguntaba mucho sobre los datos, sólo le interesaba discutir de política; y manejaba perfec­tamente la línea del Partido, incluso con datos más actualizados que los míos, puesto que hacía veinte días que yo había perdido contacto con la organización. Y con la vida.

– ¿Vos sabes con quien estás hablando? Soy el oficial Domín­guez del Área 212 del II Cuerpo, y yo soy el que va a decidir que será de vos: si te fusilamos o te mandamos a Coronda, así que baja el gallito y respóndeme lo que te pregunto.

De lo que me preguntaba no le contesté nada, pero hablar de política sí que hablé. Y por supuesto defendí la línea del Partido de entonces: la necesidad de un diálogo entre las fuerzas democráticas de la sociedad y los sectores militares que se negaban al pinoche­tazo, la idea de un gobierno de unidad nacional que sacara al país de la crisis, los cambios antimperialistas y antilatifundistas que la estructura necesitaba. Todo el recetario que yo sabía de pe a pa.

Más tarde, ya en la cárcel, un cumpa del ERP. me avivó acerca de que esa operación de inteligencia les permitía medir la forma­ción media de la organización.

Ellos sabían fehacientemente que yo era la figura pública de la Fede en Santa Fe; por ende no era el secretario, pero estaba en la dirección de la Fede y del Partido; y sabiendo lo que yo sabía iban armando el diagrama.

No era muy complicado de imaginar, sin embargo me la tragué y con ingenuo orgullo defendí mi identidad comunista ante aquel… ¿oficial del ejército?, o quien puta fuera –ahora me da rabia –, que obtuvo de mí exactamente lo que buscaba.

Ese mismo día trajeron a Hernán a declarar ante el mismo tipo. Lo pusieron cerca de mi celda y hablamos un poco. Nos pusimos de acuerdo en la versión de lo que él estaba haciendo en mi casa y todo eso.

Pero también discutimos.

Él estaba seguro de que salíamos antes de Navidad. Yo temía lo peor y sabía que la secuencia de la patota, la Casita, la desaparición y la muerte eran tan posibles como el de la libertad. Pero nos equivo­camos los dos; a los pocos días nos legalizaron por decreto del Poder Ejecutivo que nos puso a su disposición desde el 10 de diciembre de 1976, pero como yo había caído en cana el 12 de octubre, era como si hubiera estado cincuenta y dos días en ninguna parte.

Un día vinieron, gritaron el ansiado con todo!, que en la Cuarta era con nada porque nada teníamos, y nos llevaron a la Guardia de Infantería Reforzada, el GIR, un establecimiento de la Policía Montada que estaba justo detrás de la cancha de Colón.

Estar preso allí era casi una afrenta para mí, que había ido al estadio de Colón domingo por medio desde los ocho años, reli­giosamente.

Yo, que estuve en el Cementerio de Elefantes la noche que el Ploto Gómez le hizo el gol al Santos de Pelé, dando inicio a la leyenda; yo que gocé como todos aquella “mano de Dios” conque Pastoriza convirtió el gol con que le ganamos a Flandria aquel partido de Primera C; yo que lloré de alegría el día que subimos a la primera división en aquel 1965 inolvidable; justamente yo tuve que comerme el garrón de estar en cana a metros de la cancha de Colón y escuchar los domingos a la hinchada con su letanía del dale negro, dale negro, tratando de adivinar por los gritos el resul­tado porque los de la Guardia escuchaban la transmisión radial del partido bien bajito para que nos quedáramos con las ganas.

Una pequeña verdugueada, pero como para no perder la cos­tumbre.

Cierto que en la Guardia estábamos mucho mejor que en la Cuarta; era como un lugar de blanqueo de los presos; de tránsito hacia y desde Coronda, aunque eran muchos más los que iban que los que volvían.

Pero hacia fin de año llegó de Coronda, camino a la libertad, un pequeño grupo de presos, y para nosotros fueron como en­viados providenciales, ya que nos explicaron claramente adonde nos dirigíamos si allí llegábamos, como era la ilusión de todos, porque todavía alguno de la Guardia podía volver a ser chupado por la patota. En general eso ocurría cuando alguien, quebrado por la tortura, revelaba algún secreto, y ahí venían los muchachos de vuelta, aunque aquí todo era como más prolijo.

Éramos tantos que nos metieron en una cuadra como a cuarenta o cincuenta presos. Pero allí había baño, cuchetas y bastante lim­pieza, nosotros mismos nos ocupábamos en mantenerla.

En la Guardia me encontré con un montón de conocidos. En primer lugar, los compañeros de la Fede y el Partido: el Negro Oscar de los talleres ferroviarios de Laguna Paiva, el Viejo Be­rraz que tenía una quintita por Arroyo Aguiar; un cumpa, López, que era hachero en la zona del quebracho donde había estado La Forestal, un maestro rural, otro campesino de la zona de Quintas, Colombres, y algunos más cuyo nombre no me acuerdo.

Cada uno había hecho un recorrido distinto.

Unos días antes de mi encanada nos habíamos visto con el Negro Oscar.

Pasamos revista a todas las medidas tomadas: en un encuentro anterior habíamos acordado la cita personalmente, nos vimos en una estación de tren que estaba por Guadalupe; él bajó del tren, nos encontramos “casualmente” en el andén, caminamos un rato, tomamos una cerveza y sin un solo papelito yo le transmití un informe del central del Partido. Después él se volvió en tren y yo me fui caminando.

Di una vuelta, y me senté en un bar. Me tomé otra cerveza y festejé por la pequeña victoria de mantener la Fede funcionando a pesar de todo.

No vi que nadie se fijara en mí, así que me levanté y salí cami­nando en zigzag, una cuadra para un lado, otras dos para la derecha, otra para el otro lado, después volver, otra para adelante y dos para atrás para después tomarme un colectivo y volver a casa.

¿Lo seguían al Negro Oscar y ahí me engancharon?

¿O lo seguían a Hernán y esperaron que llegara a casa para chuparnos a los dos?

¿O me tenían vigilado desde el primer día?

¿O me había delatado aquel tipo que me conocía del puerto y resultó que vivía cerca de la casa de la calle Güemes?

16. El Puerto

El laburo en el puerto me lo había conseguido un tío materno que fue por muchos años gerente de comercialización de La Con­tinental en Rosario. Era la época de la Junta Nacional de Granos y el trabajo era muy sencillo: controlar que la Junta embarcara lo que la Continental facturaba.

El cereal se almacenaba en los elevadores, y de allí se despa­chaba por medio de unos conductos como mangas, previa pesada de la carga. La balanza era automática: se llenaba de cereal un depósito parecido a un ascensor, o mejor dicho un montacargas, se pesaban los granos y la balanza tiraba un cartoncito con los datos de cada operación.

Mi trabajo era anotar cada pesada en una planilla para con­trolar que se embarcara lo que se decía. También se controlaba la humedad, la proporción de veneno que se ponía y la cantidad de granos quebrados. Pero eso lo hacía un “práctico” que cada tanto metía un tubo para sacar cereal y hacer las pruebas.

Lo bueno de aquel laburo era que se pagaba por turno, y se con­taba un turno completo aunque no se trabajaran todas las horas. Por ejemplo: si el turno era de 6 a 12, y la carga empezaba recién a las 11, ya se contaba un turno; si después se tenía que seguir un rato pasadas las 18, ya se sumaba otro turno, y se pagaba bastante bien.

A mí me gustaba mucho porque desde los elevadores se veía el río y las islas; y porque además era un ambiente de trabajo bastante distinto a lo que yo conocía, que era más bien el pobrerío de las villas de la zona oeste de la ciudad.

Apenas afiliado a la Fede, me habían mandado a ayudar a renovar carnets a los compañeros del Partido de la zona Oeste.

Aunque el secretario del barrio vivía muy cerca de mi casa, para mí era como otro mundo. Mi mundo era de Avenida Freyre para el centro, el de Bachi era de la Avenida Freyre para el lado del río Salado.

Bachi me esperó en su casa, en Mendoza y Circunvalación, me convidó unos mates y salimos a caminar por Santa Rosa de Lima, por barrio El Triángulo y por el terraplén del ferrocarril, repitiendo exactamente el mismo recorrido que Fernando Birri había filmado en su clásico Tire Die, un documental de estilo neo realista que describía el mundo de aquellas villas miseria, y de los hombres y las mujeres que las habitaban.

Tire Die fue una película muy premiada en su tiempo, una de las primeras producidas por el Instituto de Cine de la Universidad del Litoral, que Isabelita y el lopezreguismo destruyeron antes del golpe; luego los milicos cometieron la perversión de robarse las cámaras para usarlas en los operativos de represión.

Las mismas cámaras que Birri y sus discípulos habían usado para retratar ese Santa Fe inundado, sumergido en la pobreza, el mismo que los escritores y poetas oficiales ignoraban rigurosamen­te, y que los de la Fede vimos en una de las funciones de estreno que Birri dio en el Club Peretz, fueron robadas nada menos que para filmar sesiones de tortura, la destrucción de seres humanos científicamente planificada.

Nosotros veíamos mucho cine, y discutíamos bastante. Los domingos a la mañana se daban funciones de Cine Club Juvenil en las que nos encontrábamos casi todos los que nos iniciábamos en el compromiso social.

Fernando Birri se tuvo que ir del país y años después fue uno de los fundadores de la maravillosa Escuela de Cine que los cubanos, con apoyo internacional, armaron en San Antonio de los Baños, cerca de La Habana, y que yo conocí personalmente en 1990.

Pero en aquel 1969, en esa primera excursión por las villas de Santa Fe, la impresión más fuerte, la que más me alejaba de los libros rusos sobre el comunismo y me empezaba a instalar en la realidad cercana, pero hasta ahí desconocida, fue la de entregar carnets del Partido a unas mujeres que trabajaban de putas en un quilombo.

Yo observaba el diálogo de Bachi con “las chicas”, y sencilla­mente me quedé mudo ante esa escena totalmente inesperada para mí, más propia de una película de Fellini que de una de esas novelas rusas con héroes positivos, política y moralmente intachables, y toda la onda que empujaba el realismo socialista.

Después, el Bachi, matándose de risa, me explicó de qué se trataba: habían afiliado a un montón de gente en un picnic sin saber bien quiénes eran, y ahora que venían a conocerlos personalmente se daban cuenta del asunto.

Por supuesto que les entregó el carné, pero sin hacerse muchas ilusiones sobre la incorporación efectiva de aquellas mujeres a la lucha social. Por lo menos, tal como se la promovía en aquellos años.

Otro personaje que conocí en aquellos días era el Chiquito González, un villero comunista que me dio mis primeras lecciones de organización partidaria.

–A un comunista –me dijo– nunca le pueden faltar una bi­rome, una gomera y una bicicleta. La bicicleta para andar por los barrios, la gomera para defenderse si te atacan, y la birome, porque nunca se puede saber cuándo se puede afiliar alguien al Partido.

Pero la gente del puerto, era difícil que se afiliara al Pecé.

Casi todos habían entrado por acomodo y eran bastante bucho­nes8. Yo me hacía el distraído, no me prendía en ninguna charla de política, ni mostraba ninguna señal de mi identidad. Pero un día apareció aquel tipo, que más tarde cruzaría por el barrio de la calle Güemes, y me saltó la ficha.

El tipo me miró fijo, y dijo:

– ¿Qué hace un bolche entre ustedes? – Yo me hice el boludo, pero el tipo sabía bien de qué se trataba – Yo te conozco bien: te he visto muchas veces en las asambleas universitarias, y con los de la Fede, ¡a mí no me engañás!

Por supuesto que yo negué todo enfáticamente, y el tipo se fue.

Parecía que todo se había terminado, pero –casualmente– nun­ca más me volvieron a llamar para laburar en el puerto.

Menos mal que con la guita que había juntado le pude comprar al Negro Sequeira un NSU recién arreglado que no sería nuevo, pero que andaba.

Y hasta parecía un auto.

17. LaGuardia de Infantería Reforzada (G.I.R.)

Al Negro Oscar lo habían agarrado en su casa de Laguna Paiva y lo habían traído a la Side, donde antes estaba la comisaría Pri­mera, en pleno centro de Santa Fe, San Martín y Obispo Gelabert. Le habían dado bastante, pero cuando llegó a la Guardia ya estaba recuperado.

Enseguida nos organizamos en una célula del Partido, y como para las fiestas admitieron unas visitas, recuperamos contacto con la dirección regional.

Un día pasaron preguntando quién quería trabajar en la cocina, dado que la gente ya era tanta, que el equipo de cocineros que tenían estaba superado por el número. Yo salté de la cucheta y tuve suerte de que me anotaran entre los primeros.

Nos bajaban con las esposas puestas. Al principio los tipos nos verdugueaban de lo lindo, pero poco a poco fueron aflojando, pre­guntaban quién era, por qué estaba allí y empezaron a enseñarme a cocinar. Eso, después de advertirme de que no abriera la boca sobre lo que veía ahí dentro, porque me iban a hacer cagar.

Los tipos se robaban todo y lo reemplazaban burdamente. Se robaban la pulpa que venía para milanesas, y la suplantaban con aguja; se robaban la carne de puchero, y para que la sopa pareciera que tenía carne, sumergían unas tiras de grasa de pella con unos alambres en la olla hirviendo; se robaban el aceite y cocinaban con grasa de pella.

Y eso que la comida era también para el personal que cus­todiaba a los presos, y esos sí que se quejaban de la mierda que daban de comer.

En la Guardia había libros; algunos insólitos como aquel de La orquesta roja, un relato sobre la red de espionaje comunista en la Francia ocupada por los nazis, que yo me tragué en un solo día. Aunque en aquel entonces creía que era una infamia aquello de que a los militantes antifascistas que se salvaron de los nazis los iba a encerrar Stalin “porque por algo se salvaron”.

Todavía no sabía que, si había sufrido el “por algo habrá sido” con que los vecinos nos “premiaron” cuando nos pusieron la bomba en diciembre de 1975, más tarde debería sufrir la sospecha infamante de los que insinuaban que, si habíamos sobrevivido era porque “por algo habrá sido”, sin entender que una de las carac­terísticas principales del sistema del terrorismo de Estado era su imprevisibilidad, su aparente irracionalidad, su carácter aleatorio en los temas de vida y de muerte.

Pero más luego, volveré sobre el tema.

También había algunas novelitas rosas y hasta un clásico de la novelística comprometida: La Madre de Máximo Gorki. Tomando mate y leyendo el libro en ronda, siempre había algún memorioso que recordaba bloopers represivos, tales como aquel allanamiento en una casa de estudiantes de la Facultad de Ingeniería Química que se había llevado el libro de La cuba electrolítica por su carácter subversivo, y había dejado La Sagrada Familia de Carlos Marx –Federico Engels por suponerlo un libro piadoso.

Había mucha gente del norte, la mayoría sin militancia alguna; se preguntaban todo el día por qué carajo los habían metido allí siendo inocentes. Me hablaban de pueblos sobrevivientes a La Forestal que yo ni conocía: Tostado, Pozo Borrado, La Margarita, y otros; de uno de esos pueblos habían traído como cuarenta en un colectivo. El único que tenía una “teoría” para explicar su de­tención era un maquinista de ferrocarril que sabía escuchar Radio Moscú de noche; él creía que los milicos se habían enterado, y que por eso lo habían detenido. Los demás ni siquiera ese “delito” habían cometido.

Yo trataba de explicar que la represión generalizada no era un error sino un estilo premeditado que buscaba atemorizar al conjunto de la sociedad. Como cuando mataban compañeros, les cortaban los testículos y se los ponían en la boca; o como cuando dinamitaban siete u ocho compañeros vivos. Pero algunos compa­ñeros no querían aceptar razones y trataban de hacer buena letra para salir rápido.

Las contradicciones estallaron para Nochebuena.

Los guardias aceptaron un soborno, dejaron pasar la comida que nos traían –impuesto de aduana mediante – y se armó una fiesta dentro del pabellón para la noche del veinticuatro de diciem­bre de 1976. Todo iba bien, se había compartido la comida que cada uno había recibido, se hizo una especie de clericó dejando madurar la fruta y metiéndole una botella de alcohol comprada a precio de oro a los guardias, y todos estaban contentos hasta que empezaron los brindis.

Empezaron con la historia de la paz entre los hombres, con deseos de que los inocentes salieran pronto, y yo también pedí hacer un brindis, como de compromiso.

Pero cuando levanté mi vaso, miré en el vino: allí vi a Alberto Cafaratti que me miraba, y entonces empecé a hablar de la historia de las luchas en la Argentina, de Espartaco que fue vencido pero su ejemplo es inmortal, de Cancha Rayada y el Ejército de los Andes; y yo brindé por la lucha de nuestro pueblo, por todas las organizaciones populares a las que cada uno pertenecía, y por la Revolución Socialista.

Se terminó la fiesta. Hubo de todo: gritos, enojos, recrimina­ciones varias.

Algunos se pusieron a llorar, creyendo que los iban a matar enseguida, y cuando al rato no pasó nada, se fueron a la cama. Cuando se apagó la luz, se me acercó el Mono, se agachó al lado mío y muy cerquita de mi oreja me dijo que estaba de acuerdo. Que no éramos avestruces para esconder la cabeza bajo la tierra.

18. La Patota Sindical

En la Guardia no sólo me reencontré con mis compañeros, sino que empecé a comprender la magnitud de la tragedia que estábamos sufriendo.

Creo que, en aquellos días, sólo adentro del sistema represivo se podía tener una dimensión precisa del genocidio. Los continuos traslados de los detenidos de un lugar a otro nos permitían ir des­cubriendo un cuadro veraz del sistema que habían pergeñado los milicos; y del lugar que cada parte jugaba en ese esquema.

A pesar de que no había una única central de mando, pues per­sistían las directivas cruzadas de cada fuerza, de cada servicio, de cada dueño de la vida y de la muerte con algún mando de tropa; sí había un mecanismo único que integraba toda la represión.

En Santa Fe, mandaba el Segundo Cuerpo del Ejército me­diante la jefatura del Área 212 alojada en el ex Regimiento 12 de Infantería, tan cerca de la casa de mis viejos, y donde yo me había entrevistado con el coronel González días antes de que ellos mismos me pusieran una bomba.

El jefe del área militar era en realidad el Jefe de Todo.

El verdadero jefe del gobierno, que podía pasar por encima del interventor a cargo de la Gobernación cuando quisiera, y para los temas que le diera la gana. Y también, o en primer lugar según la visión predominante entre los militares al comienzo del golpe, el jefe de las fuerzas coordinadas del Ejército, la Marina, la Aero­náutica, las Policías Federal y Provincial, e incluso de las fuerzas irregulares tales como la Triple A u otros engendros similares que pululaban por aquí y por allá con cierto grado de autonomía, o al menos de iniciativa propia.

Pero todo terminaba bajo el control y dirección del jefe del área militar en cuya jurisdicción actuaban los grupos de tareas de las diferentes fuerzas. Al teniente coronel González le sucedió un coronel, santafesino el hombre, Juan Orlando Rolón.

El equipo de Rebechi se había formado bajo la dirección de la Triple A, y gracias a eso tenía buenos contactos con las patotas sindicales, en especial con la Juventud Sindical Peronista de la UOM y de la UOCRA que se habían fortalecido como grupo de choque en la pelea del vicegobernador, de origen sindical –metalúr­gico para más datos – Eduardo Félix Cuello, contra el gobernador Silvestre Begnis, desarrollista de los de Frondizi.

En el 73, el peronismo oficial había saldado sus disputas in­ternas armando fórmulas mixtas: un político de gobernador y un sindicalista de la C.G.T. de vicegobernador. De ese modo pudo armar un frente contra los intentos de la Jotapé de las regionales, y todo lo que se movía alrededor de los Montos en cuanto a ocupar espacios de gobierno.

Salvo en Córdoba, donde conquistaron el cargo para un compa­ñero como Atilio López, que había sido un protagonista de primer nivel en las luchas populares que tumbaron a Onganía y su cría, en Buenos Aires, en Santa Fe y en otras provincias, la repartija estaba hecha para que la burocracia sindical se quedara con una parte grande de la torta.

Y ahora, muerto Perón, querían quedarse con todo.

Ya lo habían hecho en Córdoba mediante un “mini golpe”, el Navarrazo, que el propio Perón había convalidado, y ya lo habían hecho en la provincia de Buenos Aires, desplazando a Bidegain por Calabró, un hombre de la UOM.

Y ahora querían hacerlo en Santa Fe, buscando provocar una intervención Federal que terminara con Silvestre y entronizara a Cuello.

El Partido analizaba esa disputa desde la óptica construida por años hacia el objetivo de formar una cultura política de “frente democrático nacional”, no desde la necesaria defensa de los espa­cios democráticos contra los avances fascistoides, sino desde una absolutización de la defensa de la forma institucional y la teoría del enemigo principal, y su correlativa política pragmática: la de optar por “el mal menor”.

Desde esos criterios, nos oponíamos firmemente a la juga­da intervencionista, y terminábamos jugando sin querer para el grupo de Silvestre, al que defendíamos acaso más que sus propios partidarios, provenientes del viejo desarrollismo de Frondizi y acostumbrados a obtener – y a perder – sus posi­ciones en intrincadas negociaciones con referentes, punteros y gente del poder económico. Sin movilizaciones populares ni debate público.

Así que, cuando la campaña por intervenir la provincia arrecia­ba, el Partido lanzó una campaña de agitación, y la Fede decidió ocupar el centro santafesino para volantear contra la maniobra.

Lo hicimos el día de mayor densidad en la peatonal, un sábado a la mañana.

Estábamos en eso, muy cerca de la residencia del gobernador y de la Catedral, cuando se nos vino encima la patota de Cuello. Eran unos quince tipos con cadenas que venían por San Martín con pinta de muy pesados.

Nosotros le hicimos frente con unos palos largos que llevá­bamos disimulados como parantes de los carteles de tela que habíamos colocados en las paredes laterales y que unos mucha­chos del barrio Barranquitas manejaban como si fueran expertos luchadores orientales.

Los fachos no se esperaban una respuesta de ese tipo de parte nuestra, y retrocedieron buscando volverse por donde habían ve­nido. Envalentonados, cuando los vimos corriendo les empezamos a tirar con todo lo que encontrábamos a mano.

El Turco les arrojó un aerosol de pintura como si fuera una granada, con tanta puntería que le pegó a uno de ellos en la cabeza, y el tipo cayó redondo al suelo. Uno de ellos agarró el aerosol y lo devolvió. Le pegó al Turco en medio de la frente, que comenzó a sangrar copiosamente aunque él decía que no le dolía nada, hasta que también cayó al suelo.

Los grupos se reorganizaron, cada uno levantó su herido y salió corriendo.

El único auto que teníamos era un “fitito” del Turco, lo subimos y enfilamos hacia el Hospital Italiano porque allí teníamos una célula partidaria bastante grande y confiábamos que nos iban a ayudar. Nos metimos por la Guardia y salimos a buscar a Rosa; ella ordenó que lo subieran y un médico lo revisó, le mando a hacer una radiografía y nos pidió que esperáramos el resultado. Como todo estaba tranquilo, nos quedamos Daniel y yo solos cuando, por el mismo pasillo por donde se habían ido Rosa y otros compañeros del Partido que habían llegado a colaborar, aparecieron nuestros contendientes del centro.

Eran dos, uno peló una 45 y se nos vino al humo.

Me agarró del brazo y sin decir nada me lo levantó, me puso la pistola en la sien y empezó a insultarme:

Bolche hijo de puta, ¡lo mataron al nuestro! ¡Te voy a hacer cagar ahora mismo!

El tipo estaba desencajado y yo, paralizado por la situación. Cerré los ojos y me puse a buscar quien me podía hacer un milagro, pero mi ateísmo era demasiado firme, y racionalmente decidí que no tenía escapatoria, cuando un grito me hizo volver a la realidad: – ¡Pará Rodríguez, no te volvás loco! – gritaba un compañero que había aparecido de repente.

De una manera muy inteligente, Mario hablaba de un modo tal para que el tipo se diera cuenta de que lo conocía, y que, por lo tanto, no sólo tendría que matarme a mí y al Turco sino a él también, lo que ya sería una complicación enorme, hasta para un matón de Cuello. –Déjate de joder, como si fuera la primera vez que a los muchachos se les va la mano.

Y siguió hablándole muy lento, muy calmo: que además el tipo de ellos estaba en terapia, que él lo había visto y se iba a salvar, que no estaba muerto, ni que hacía falta matar a nadie.

El tipo reaccionó, por suerte para mí, se tranquilizó y empezó a discutir con el Mario, que también era dirigente sindical, de los trabajadores no docentes de la universidad, con el que se conocía de la CGT.

Al Turco tuvimos que sacarlo por la morgue. Lo camuflamos de finado, lo pusimos en una camilla y bajamos por ahí. Como en las películas de Los Tres Chiflados, apenas quedamos solos en la morgue, el Turco se levantó de la camilla, se puso un pantaloncito y una camisa, y salió caminando del brazo nuestro. Paramos un taxi y dimos por concluida la aventura del día con la patota sindical.

Esos mismos tipos se integraron sin ninguna dificultad al me­canismo represivo, aportando una labor de inteligencia acumulada por años, y un especial encono contra los comunistas.

Si nosotros éramos la “izquierda tradicional”, ellos eran los “anticomunistas tradicionales”, y por más que los mandos privile­giaran el exterminio de las organizaciones político militares, ellos seguían pensando que la subversión ideológica era la principal, como le diría el Curro Ramos al juez que le preguntaba por qué me habían torturado.

Esta gente no dudaba que la subversión ideológica eran los comunistas.

19. Vida Cotidiana

Cuando me subieron de la cocina, el guardia que nos custodiaba me dijo que me quedara un minuto.

Los otros presos entraron al pabellón y él, sin decir nada, sin hacer un solo gesto de más, metió la mano en el bolsillo sacó un papelito bien doblado y me lo metió en la mano. Como vio que yo me quedaba paralizado de la sorpresa, simplemente me empujó para la puerta del baño.

Me encerré en un cubículo, me bajé los pantalones, me senté en el inodoro y me puse a leer el mensaje del Partido que me ase­guraba que estaban haciendo todo lo posible por nuestra libertad. Que Graciela estaba bien, que mi familia también, y que resistían a pie firme la emergencia. También me enviaban algunas informa­ciones políticas y el dato de que podía contestar el mensaje por el mismo conducto por el que lo había recibido. Y como en Misión imposible, una serie de televisión de aquellos años, que destruyera el papelito apenas lo hubiera leído.

Tiré la cadena, me lavé las manos y entré al pabellón.

Busqué a los compañeros y, sin explicarles cómo la había re­cibido, les transmití la información política. Enseguida me puse a buscar un pedazo de papel y una birome. El papel lo conseguí rápido pero por la birome tuve que hacer más gestiones. Había una sola y se la cuidaba como oro, pero al final me la prestaron por un ratito. Me senté a escribir un mensaje a la Fede.

Les hablé de que la lucha seguía afuera y adentro de las cárce­les, que eran horas de prueba y que había que defender la organi­zación costara lo que costase. Y que podían contar conmigo.

Después volví a las clases de guaraní que empezaron con un chámame al que terminé aprendiendo de tanto repetir: Amanota de quebranto, guyra mi jaula peguaischa, porque ndarecoy consuelo mi ingrata paloma blanca. Ayumiro dorotopai aperdetema la es­peranza porque ndarecoy consuelo mi linda paloma blanca.

Pasadas las fiestas, el 5 de enero de 1977, nos llevaron a Co­ronda.

Después de la recepción, nos pusieron en fila en el pasillo de la planta baja (cada pabellón tenía tres pisos iguales) y de a uno nos hacían pasar a un sillón donde nos cortaban el pelo a lo colimba.

Luego nos dieron la provista mensual, que había que pagar con fondos propios: un paquete de tabaco y otro de papel para cigarrillos, dos espirales para los mosquitos, una hojita de afeitar descartable, un jabón de lavar la ropa tipo Federal, un rollo de papel higiénico y una cajita de fósforos. Y nada más.

Para todo el mes.

La primera compra te la aceptaban si junto con el traslado ve­nía algo de plata tuya, pero cuando eso se acababa, hasta que los familiares no depositaran más dinero, no te daban nada, y tenías que vivir de la solidaridad de los otros presos.

Al segundo día me trajeron compañía: era un compañero de Rafaela, militante de la Juventud Peronista, dirigente del gremio de empleados de comercio al que decían que le habían encontrado un deposito de armas de Montoneros.

Lo torturaron en su propia cama, delante de su mujer, mientras se reían de que él tenía puestas las botas, las mismas con las que llegó hasta Coronda. Lo jodían con una canción de la Jotapé de entonces, que más o menos decía así: “No, no, no nos sacamos las botas, ni la pensamos sacar hasta que no se las ponga la mi­licia popular”. Le cantaban la canción día y noche mientras lo torturaban; y cantar juntos fue lo primero que compartimos. Yo le enseñé canciones de la Guerra Civil Española: “El gallo rojo”, “A la huelga”, la de “Julián Grimau” y otras; y él me enseñó el himno de los Montos y algunas de rock nacional.

Todavía canto aquellas canciones cuando me agarra la nos­talgia.

Con dos en la celda, ya la vida se pudo organizar mejor.

Podíamos organizar excursiones por toda la provincia.

Calculábamos cuántos kilómetros había hasta Rafaela, para conocer a su familiar, o hasta Rosario, para comer en lo de mi vieja; después lo traducíamos en pasos y en recorridos en diagonal de la celda. Uno caminaba de una punta a la otra, y el otro hacía lo mismo al revés.

También podíamos hablar por horas, o vigilar mientras el otro hacía alguna artesanía en hueso: nos quedábamos con algún hueso del puchero y lo frotábamos en el suelo hasta que lo alisábamos como si fuera marfil.

Después, con la punta del tenedor, hacíamos algún dibujo o escritura. Por supuesto que eso estaba prohibido.

En realidad estaba prohibido todo.

A los pocos días de llegar, nos sacaron al pasillo para escuchar al jefe del penal, un gendarme llamado Adolfo Kushidonshi y apodado el Coreano, que había sido interventor en la cárcel de Rawson después de la fuga y la masacre de Trelew en 1972. Un especialista en destruir seres humanos.

Un perfecto hijo de puta.

–Aquí está prohibido leer, hacer gimnasia, cantar, hablar por la ventana, hablar con el lenguaje de las señas, acostarse en la cama después de las seis de la mañana y antes de las diez de la noche –. Y por si no hubiese quedado claro, levantó la voz y terminó su alocución –: Y todo lo que no esté explícitamente permitido, está prohibido.

Cualquier violación al reglamento, especialmente “pecados tan terribles”, como pararse torcido en la fila para salir al recreo o hablar a destiempo en el baño, tenía su castigo: perder el recreo, y con él la posibilidad de la visita de los familiares; y si se persistía, las celdas de castigo: aislados en una celda donde te sacaban el colchón a las seis de la mañana y te lo devolvían a la noche.

Para asegurarse de que se cumpliera el Reglamento, se reali­zaban allanamientos sorpresa: te tocaban la puerta, te sacaban al pasillo y te desnudaban, te quedabas en bolas con la ropa en el suelo, esperando que los guardias revisaran toda la celda, en busca de algún papelito o alguna artesanía de hueso o de pan.

Después venía lo más humillante: tenías que levantarte la bolsa de los testículos para que el guardia se asegurase de que no escondías nada ahí, y después darte vuelta, agacharte y abrir los cachetes del culo para que vieran que no tenías algo entubado. Eso lo volvía loco al rafaelino, que tenía un sentido de pudor pueblerino y se derrumbaba después de cada inspección.

Yo en cambio, les agarraba más rabia, y más buscaba la vuelta para joderlos. Decidí no exponerme por los huesos, así que los tallaba, y cuando terminaba el trabajo, los tiraba al patio. Pero a pedido de los Montos, empecé a escribir un curso de filosofía marxista en una tira de papel que me pasaban ellos; me dieron también un grafito.

En realidad fue un trato de mutuo beneficio: a cambio de mi colaboración, los Montos se comprometieron a parar a un grupo de ellos que estaba jodiendo a los compañeros del Partido del tercer piso.

Yo escribía de noche; cuando se apagaba la luz, apovechaba un resplandor que venía de la muralla desde la cual los gendarmes nos vigilaban toda la noche con un reflector. La obseción por con­trolarnos resultó beneficiosa para mi labores artísticas.

De la ventana te espiaban los gendarmes, del otro lado, desde la puerta, te espiaban los guardias por una mirilla que se abría de afuera y apenas si hacía ruido, y casi no te dabas cuenta de nada. Lo que iba escribiendo lo pasaba en el recreo diario a un compañero que se ponía a mi lado y caminaba conmigo una parte del recreo.

Era de Rosario y estudiante de Medicina; buen tipo, aunque años después terminó trabajando para la gente de Reviglio[8] en el área de Salud.

En la noche, hasta el momento de salir al recreo, guardaba el papel dentro de una bolsita de nylon que colgaba en la mochila del inodoro. Al rafaelino no le gustaba mucho, pero se la aguantaba, y a mí directamente me encantaba hacer algo que mantuviese viva la rebeldía.

Había inventado un juego tipo ruleta rusa, que consistía en cantar mientras esperábamos la revista diaria: el juego era calcular dónde estaba el guardia, y cantar hasta un minuto antes de que se parara delante de nuestra puerta, abriera la ventanita y gritara:

– ¡Internos 1830 y 1794!

Nosotros contestábamos:

– ¡Presente señor!

Por fin salió el Chino al recreo.

Me quedo pegado a la puertita, y puedo verlo cuando se for­man para salir.

Por el conducto del baño hemos hablado bastante. Cosas de sectarios. “Si lo conocés a la Chancha Gonzále[9], y a éste, y a este otro”.

Después él me enseña como seducir a los gatos. Hay que tirarles comida al patio. Y después ir acortando la distancia. De a poco.

Tiempo es lo que sobra.

Una semana a un metro. Otra a cincuenta centímetros y así hasta que coma en la ventana. Ahí hay que ser paciente porque es la parte más difícil. Estos gatos son medio salvajes, y no entran así nomás a la celda, sobre todo porque tienen que atravesar las rejas. Pero al final terminan comiendo dentro de la celda, y domesticarlos ya es simple obra del tiempo.

Le cuento que Bertolt Brecht odiaba y a la vez respetaba a los gatos. Decía que no les caían bien, pero que respetaba a un animal que se tomaba el trabajo de maullar para que le abrieran la puerta, y entraba si lo hacían.

Los gatos son el más potente exterminador de ratas y un montón de insectos; su presencia en la celda no es sólo a efectos decorativos. Además, como está prohibido darles de comer, razón de más para transformar la seducción de los gatos en una labor apasionante.

Aunque todos teníamos el mismo estatus de preso, no todos habíamos hecho el mismo recorrido para llegar a Coronda.

Yo había hecho el circuito clásico: la patota, la Cuarta, la Guardia, la cárcel de Coronda. Pero en la cárcel había algunos que habían pasado por la Casita de Santa Fe o la Escuelita de Famaillá en Tucumán, así que sabíamos que el infierno de la Cuarta, multi­plicado, era lo cotidiano y permanente en el circuito de los ilegales; y que nuestros cancerberos eran los mismos que manejaban uno y otro circuito, bajo la coordinación final del Ejército, a quienes todos temían y obedecían.

Los que venían de lejos, sufrían los famosos traslados del Ejér­cito: encadenados a los asientos de los colectivos o a las paredes del avión donde viajaban tirados en el suelo, golpeados todo el tiempo, cagados y meados porque no los dejaban ir al baño durante todo el viaje, humillados y sometidos al calor, el hambre, el frío o a lo a que a los que mandaban se les ocurriera.

Por esos días llegó un traslado del norte, compañeros que necesitaron una larga semana para recuperarse y poder salir al recreo. En el turno nuestro ingresaron varios, eran de Montoneros. Cuando les dicen que yo soy del Pecé, piden conocerme.

Me hablan de un abogado comunista medio loco, que se pasea por los Tribunales de San Miguel de Tucumán con una 45 en la cintura, y que dos por tres se tirotea con la cana en pleno centro de la ciudad.

Y que se dedica a defender Montos y a militantes del Perreté. O a quien fuera.

Y que no se caga nunca.

– ¡Pero nunca! – me dice un morocho grandote con una cara de niño ingenuo que no se puede creer.

Al abogado tucumano lo admiran. Yo no sabía siquiera que el Chango Zamorano existía, lo conocí mucho más tarde en la Liga Argentina por los Derechos del Hombre de la capital, fue justamen­te él quien me proporcionó los argumentos jurídicos para sostener la acusación contra Brusa en el Consejo de la Magistratura.

Ya no usa pistola en la cintura, pero sigue presto a pelear con quien sea en defensa de un compañero. Y es un tucumano tan chovinista que ha elaborado una extraña teoría según la cual el general Bussi, que luego de encabezar el Operativo Independencia fue gobernador de Tucumán electo en democracia, es en realidad entrerriano. Y que Luder, el autor del decreto que firmó Isabel con­vocando al Ejército a exterminar la subversión, era santafesino.

Aquellos tucumanos también eran muy locuaces e ingeniosos, pero no podían salir del asombro de haber sobrevivido el calvario que los milicos montaron en la zona de los ingenios.

A finales de los años 90, dando un curso sindical en el gremio de los maestros riojanos, conocí a un sobreviviente de la famosa Escuelita de Famaillá, uno de los campos que personalmente recorría el chacal de Bussi; ese compañero me relató con pelos y señas cómo era la vida en aquel infierno tucumano.

El Pelado era seminarista cuando cayó preso junto a su papá, sindicalista y peronista del gremio de la Fotia, que agrupaba a los obreros rurales de la caña de azúcar. Sobrevivió, pero salió tan desengañado de los seres humanos que no tuvo valor para asumir el oficio de representante de Dios en la tierra. Decía que no tenía cara para explicar las razones divinas de tanto sufrimiento.

Tuve que esperar bastante, pero al cabo de un tiempo pude llegar a Tucumán y el Pelado me llevó a su casa en León Rouge, para que conociera el jardín.

Algunos dicen que está medio loco, pero para mí está más sano que todos. O por lo menos, es bastante más humano que la mayoría.

Cultiva con amor infinito un rosal por cada compañero asesi­nado en la Escuelita, y le había puesto a cada planta un cartelito con su nombre. Para no olvidar a ninguno de los nuestros, ni confundir a los desaparecidos, pues cada uno tenía un aroma distinto, decía.

Y para tampoco olvidar a ninguno de los desaparecedores.

Que, se sabe, a la memoria hay que cultivarla.

20. La maquina nocturna

Estamos durmiendo cuando nos despertamos por un ruido infernal que no podemos adivinar qué es. En voz baja le pregunto al rafaelino si él oye lo mismo que yo, y él confirma, así que el temor crece.

Se encienden las luces, se corre la barra general, y escuchamos que vienen abriendo las trabas de cada puerta y sacando la gente al pasillo interno.

Nos ponen en doble fila y nos llevan al pasillo que está detrás de la jaula de los guardias. El recuerdo de Trelew , donde estuvo el jefe del Penal, da vuelta la cabeza de todos.

Nos dan orden de quedarnos callados en el lugar donde queda­mos parados. Y nada más. El ruido se hace más cercano y terrible. De adelante llega el rumor que ya lo hicieron en el Pabellón Cinco, y que de ahí se llevaron a 60 presos que no volvieron.

Por supuesto que nadie pregunta cómo diablos pueden saber eso a las tres de la mañana, aislados como estábamos, pero los rumores corren en un susurro inaudible para los guardias que caminan por la fila.

Es la primera vez que veo a todo el Pabellón Seis, somos como trescientos, o más. Así que en Coronda habría unos mil presos políticos a la vez.

Por lo regular, sólo se puede ver a los de tu mismo piso, planta baja, primero o segundo en el recreo, e ir hablando con ellos de a uno o dos por vez, porque cualquier reunión en el patio de más de tres presos está castigada, aunque con los cumpas cuya celda tiene ventana al patio de recreo la comunicación es un poco más fluida.

Grafito, el fajinero de Villa que me recibió el primer día, habita la celda que da al patio, al lado de la puerta de salida al patio, y él actúa como enlace de mensajes: uno le deja dicho algo para un compañero del segundo piso, y él lo transmite.

Para entender cualquier mecanismo de relación humana al interior de Coronda, hay que salirse de la dimensión/tiempo ha­bitual de afuera.

¿Cuánto puede durar una charla sobre el surgimiento del pensamiento marxista en una Facultad? Una hora, una hora y media.

En Coronda, dura una semana o dos, por lo menos.

Un entrerriano llega trasladado desde Paraná; pregunta si sabemos algo de Raúl Vacs, porque lo vio mal en un campo de concentración en Villa Constitución. En la próxima visita que tiene uno del Pecé, mandamos la pregunta afuera, y en la siguiente visita de cualquiera de nosotros, vuelve la respuesta: está vivo en la cárcel de Devoto. La contestación le llega al entrerriano luego de mes y medio.

Los tiempos de los presos políticos son otros.

Pero volvamos a la escena nocturna.

Los guardias mueven una fila al otro lado del pasillo, y luego vuelven a mover otra fila: el resultado es que en lugar del rafaelino, tengo otro cumpa al lado mío. Como a las cuatro de la mañana, los tipos permiten que nos sentemos en el suelo para esperar. ¿Esperar qué? No se sabe.

–Yo soy de Santa Fe, ¿y vos?

–Yo soy de Rosario, de Empalme Graneros.

–Mi vieja es de Rosario, de la zona de Avellaneda y Men-doza.

– ¿Y por qué estás aquí?

–Yo soy del Pecé y no me agarraron nada más que unos pa­peles, creo que salgo pronto.

–Bueno, a mí también me agarraron unos papeles, y hace un año que estamos aquí con mi hermano. Y también somos del Pecé del equipo de dirección de la Vecinal de Empalme, la que dirige Virgilio Ottone[10].

La noticia me cae como una bomba, las pocas ilusiones de salir rápido se derrumban con el flaco Pittavino: la ilusión de encontrar algún orden racional entre el supuesto delito y la pena se desvanece día a día.

Aquél estaba hasta las bolas, lo agarraron con un depósito de armas de los Montos, y está vivo, bien tratado. Aquel otro ni sabe por qué está, y en la tortura le mataron a la mujer.

Sólo muchos años después pude entender la lógica de la repre­sión, que sólo se entiende como una lógica combinada de mensajes diversos, para distintos destinatarios.

A los militantes: Que nadie se atreva a desafiarlos porque serán exterminados. A los compañeros que participaban en diversos ám­bitos sociales junto con militantes de izquierda: Ninguna relación con ellos, o serán exterminados, y si alguno muere es porque éstos lo delataron, o se cometió un error explicable por la cercanía con los subversivos

Y para la sociedad toda, un mensaje de omnipotencia que na­die puede siquiera cuestionar: Hacemos lo que se nos da la gana, incluso matar a los que no tienen nada que ver. ¿Y qué? ¿Alguien tiene algo que decir?

Por ello ese aparente accionar incoherente que mataba a dies­tra y siniestra, sin preocupación alguna por ocultar o disimular responsables.

De repente se acaba el ruido, que nadie puedo desentrañar qué carajo era, y al rato nos hacen poner de pie y marchar de vuelta para el pabellón. Al llegar, condescendiente, uno de los guardias desliza que habían desinfectado el pabellón por los piojos que traen los terroristas.

Menos mal que era jueves y que no nos perdimos la función de cine. Porque en Coronda teníamos cine.

Nos parábamos frente a la ventana y el “proyector” de la pelícu­la comenzaba a contarla en voz baja pero audible para sus vecinos del costado y de arriba, los que la repetirían a su vez a sus vecinos, y así hasta que el relato llegaba a todo el “barrio” que alcanzaba una distancia igual al límite de la transmisión oral de las charlas; y este límite se calculaba no tanto por la voz sino por la hostilidad o permisividad de la guardia, que era muy cambiante.

El que descollaba era el Cacho de Rosario que tenía una ha­bilidad extraordinaria para relatar las películas eróticas. No por nada le habíamos puesto Cacho Mineta y a los sábados en que él contaba películas, “sábados de cine, alcohol y sexo”, se decía. Porque cuando Cacho contaba películas era como estar en un buen cine con una buena mina, que mientras escuchabas la película te podías tomar un vaso grande de agua y después, cuando el com­pañero de celda se dormía o hacía que se dormía, a masturbarse. Pero no todas las películas eran de sexo, había otros que conta­ban películas argentinas comprometidas como Quebracho o La Patagonia Rebelde.

Con la misma técnica: la de hablar por la ventana y retransmi­tir, organizamos una escuela donde todos eran profesores y todos eran alumnos. La idea era que todos sabían algo de interés para los compañeros: algunos sabían de historia, filosofía o política; otros de mecánica, de electricidad, de deportes. Cada uno tenía su cátedra y disponía del mismo tiempo para hablar.

Ahí adquirí una costumbre que tardaría años en sacarme de encima: hablar con un cigarrillo en la mano, y fumarlo. Pero como no podía aprender la técnica de la banderita para armar buenos cigarrillos con el papel y el tabaco que teníamos, me los hacía un cumpa campesino, Pedro, que los había armado toda la vida. A mí me armaba una especie de cigarros, gruesos como un dedo que yo me fumaba hablando, hasta quedar medio mareado.

El problema en verano era el calor y los mosquitos, pero para ambas cuestiones había remedio.

Para el calor estaba el baño con jarrito.

Con el mismo jarrito que se tomaba el mate con leche, lavado lo mejor que se podía, utilizando la canilla de la piletita que esta­ba en la misma celda, te podías tirar agua hasta que te calmara el agobio. Luego te podías acostar desnudo y mojado a esperar que el aire te seque. Y podías repetir la maniobra todas las veces que necesitaras, siempre que los guardias no te descubrieran.

Pero el problema eran los colchones; eran de lana con una co­bertura de tela muy gastada, llena de chinches y unos lamparones muy sospechosos. A las chinches se las combatía con una tira de papel higiénico retorcida hasta que se transformara en un hisopo que prendida la punta podía ir recorriendo pulgada por pulgada hasta acabar con la plaga, pero para las manchas en el colchón no había remedio, solo ignorarlas, igual que a los mosquitos.

El otro tema era, justamente, los mosquitos.

Teníamos sólo dos espirales por mes, así que ni soñar con prender uno toda la noche. Una opción era cerrar la ventana y, pedacito de espiral encendido en mano, emprenderla a los toallazos contra el enjambre de picudos. Pero para eso había que conseguir el acuerdo del otro habitante de la celda que podía protestar, con razón, que ya era suficiente con estar presos como para estar con la ventana cerrada y con ese calor y entonces, olvídate de la ventana cerrada.

El otro recurso era hacer humo con la tira de papel higiénico retorcida como hisopo, pero esta solución era de una obvia inefica­cia. Recuérdese que la cárcel estaba casi a orillas del río, rodeada de frondosa vegetación.

Así que lo que quedaba era el recurso ideológico.

Declarar a los mosquitos enemigos de clase y resolver ignorar sus picaduras por ser equivalentes a una provocación represiva. Aunque les parezca un poco loco, personalmente sigo practicando la técnica de ignorar a los mosquitos, con resultados sorprendentes para quienes me miran, embardunados con cremas repelentes o envueltos en peligrosas nubes de insecticidas, que no pueden que creer que yo, sin otra ayuda que mi voluntad política, sobreviva sin dificultad alguna aun en los días de mayor agresividad de los insectos.

21. Juramento Hipocrático

Un gran debate científico ha comenzado en el patio, que seguirá luego en el sistema radial de la escuela ventanera: ¿pueden nacer ladillas por autogeneración, o es imprescindible el contacto sexual para transmitirlas?

El tema es que a Pedro, el quintero de Monte Vera, le han aparecido ladillas, y el hecho de que hace meses que esté preso ha desatado la controversia. El médico le ha dado un liquido de olor asqueroso que se comparte con los nuevos infectados hasta que se consigan nuevas consultas.

En Coronda había un médico, pero no era fácil llegar a él.

Había que pedir al jefe de la Guardia un turno, que el tipo anotaba cuando a él le venía en ganas. Después había que esperar porque el galeno atendía una vez por semana y a no más de diez presos por vez.

Yo tenía un catarro persistente e hice todo el trámite. Por supuesto que cuando me llegó el turno, ya se me había curado solo, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de salir del pabellón y ver algo distinto a la celda, el pasillo interior y el patio de los recreos.

A la mañana, me avisaron que me iban a llevar al médico, que me lavase bien y que estuviera listo. Cómo si tuviera otra cosa que esperar.

Nos vinieron a buscar, del pabellón nuestro somos tres.

Nos sacan a la jaula de la Guardia y nos esposan con las manos atrás.

Comenzamos a caminar y me doy cuenta que es el mismo re­corrido que hicimos el primer día con la cara contra el piso, pero de atrás para adelante.

Pasamos una reja, y otra, y otra más. De vez en cuando se ven presos comunes con sus trajes azules y haciendo algo. Pasamos también delante de la cocina y cómo hay una pizarra en la puerta me entero del menú del día: fideos con salsa y naranjas.

Llegamos a la oficina donde atiende el médico.

Cuando entro, me sorprendo que no haya camilla, ni ningún instrumento de los típicos de consultorio: ni balanza, ni medidor de presión, nada. El tipo (¿será medico?) está sentado detrás de un escritorio y sin sacarme las esposas me paran delante de él. Me pregunta qué tengo, qué tomaba yo cuando estaba en libertad para esa enfermedad y sin ningún tramite me receta Corizidin gotas.

Me da la receta y grita pasen al que sigue.

En el patio me enteré que igual “revisación médica” se hace si tenés un infarto, un esguince o un cáncer de piel. Al tipo le da igual cualquier cosa, pero receta lo que se le pida.

En realidad la atención médica la recibimos en el recreo.

Hay dos estudiantes de medicina de Rosario que son los que diagnostican y recetan. Cuando el caso es más complicado se arma un sistema de consulta con un médico verdadero que está en el tercer piso, y si la cosa es demasiado compleja, se saca la consulta afuera con las visitas. Como siempre se le puede encontrar la vuelta a todo, aprendimos a utilizar las ventajas de semejante sistema de atención médica: aunque no estuviéramos enfermos, nos anotábamos y comprábamos una serie de remedios con los cuales armamos una especie de botiquín colectivo de emergencia; también comprábamos Redoxon para hacer naranjada y no tomar siempre agua sola; el Corizidin o el Nastizol eran nuestros sedantes para dormir cuando no se aguantaba el encierro: un gotero o dos, y a dormir toda la noche.

También se inventaron un montón de recetas de cocina con lo poco que había y ningún implemento.

Como domingo por medio daban un pedazo de queso y dulce, guardábamos el queso y luego se hacían sándwiches tostados. Para eso había primero que fabricar una mecha con papel higiénico enrollado, y luego convertirlo en un espiral de papel que se engra­saba pacientemente cada vez que servían puchero, con una carne usualmente súper grasosa. Antes de que se enfriara, se buscaba la parte más grasosa y se le pasaba el espiral de papel repetidas veces, hasta que quedara bien empapado en grasa. Una vez que se tenía la mecha de papel engrasado, el queso y el pan, se hacía el sándwich de queso y se ponía entre dos platos de metal, se encen­día la mecha de papel y se calentaba el hornito de los platos hasta que se terminara la mecha, generalmente antes de que el queso se derritiera del todo, pero obteniendo igualmente un producto totalmente nuevo, que tenía el gusto de hacer algo que los tipos no querían que hiciéramos.

Por supuesto que cada uno de los pasos enumerados sería castigado si te sorprendían haciéndolo, o si los allanamientos sorpresivos te encontraban algo.

Justamente ésa era la gracia: desafiarlos. Y ganarles.

La otra receta era un postre: un budín de pan y chocolate. Cada tanto, los domingos a la mañana con el desayuno daban una taza de chocolate o algo así.

Se desmigaba el bizcocho y se lo ponía en la taza con el chocolate y luego, con la misma mecha engrasada del tostado, se hacía hervir el chocolate con la miga hasta que agarrara un poco de consistencia y listo.

La receta del postre dio lugar a otro debate de largo aliento: si la pasta dulce que daban de vez en cuando como postre era un preparado industrial de flan, o si simplemente era polenta. Se elaboraron las más sofisticadas teorías, y el caso dio lugar a un prolongado periodo de nostalgia alimenticia.

Toda clase de recetas de cocina circulaban por el patio o la ventana radial, hasta que alguno propuso parar un poco con la nostalgia alimenticia, porque hablar de asado con cuero o lasañas rellenas con jamón y ricota para después recibir la co­mida carcelaria era como una auto flagelacion, una verdadera tortura psíquica.

Aunque parezca increíble, en una de tantas, me tocó de com­pañero de celda a un vegetariano que se empecinaba en rechazar cualquier comida con carne, así que hicimos un trato ampliamente favorable para mí: yo le daba toda la sopa, verduras y el pan que podía a cambio de toda la carne que él no consumía.

Lamentablemente, a los quince días lo trasladaron y me quedé de nuevo con la ración mínima.

De las comidas de Coronda, la única que nunca pude comer fue el mondongo que venía sin limpiar, con unos corpúsculos redonditos tipo moléculas de grasa, pero que parecían (¿o eran?) de mierda de vaca. Me tomó algunos años volver a probar el mondongo, y aún hoy lo revisó minuciosamente.

Para todo lo demás aplicaba el principio básico de cualquier preso: comer todo lo que se pudiera, porque nunca se sabe cuando será la próxima comida.

Como Coronda estaba diseñada como “cárcel modelo” donde los presos debían producir lo que consumieran (¿se acuerdan de aquel “el que no trabaja, no come” de los soviéticos de los 30?), allí se producía el pan, se criaban animales de granja, su cultiva­ban verduras y se fabricaban muebles para, con su venta, tener el dinero necesario para lo demás.

Las celdas eran tan chiquitas porque se suponía que los pre­sos sólo estarían allí para dormir o descansar; y el resto del día trabajando en los talleres o la huerta; pero como ya dije, nosotros estábamos todo el día encerrados y salíamos un día una hora y al otro media hora al patio y toda la actividad estaba regulada por las comidas. A la mañana, después de levantarse y dar el presente, pasaban con el mate cocido y unos bizcochos de pan, que calientes eran buenos. El tema es que como no tenían mejorador, al pasar las horas el pan se iba poniendo duro.

El almuerzo y la cena estaban perfectamente planificados.

Es decir que todos los lunes al mediodía o todos los jueves a la cena daban exactamente lo mismo. Sábado por medio daban un pedacito de asado, y sábado por medio, una milanesa. Los domingos, siempre fideos, y los lunes, puchero.

Los otros días no me acuerdo bien, pero la hora de la comida era muy importante porque se abrían las ventanitas de las puertas, se animaba el corredor con los fajineros y si el ambiente no estaba muy pesado se podía “hablar” con el lenguaje de señas con los compañeros de enfrente.

Se sabe que con el lenguaje de los sordomudos los presos han podido comunicarse desde hace muchos años, pero eso dependía del humor de los guardias que a veces hacían cerrar las ventanitas todo el día, y a veces las dejaban abiertas.

Tuve visita

Estaba caminando en la celda cuando abrieron de repente y me dieron orden de salir al pasillo. Nos juntan a los cuatro o cinco que teníamos visita, nos ponen las esposas y marchamos por el recorrido de siempre. Cada tanto, hay una reja que se abre del otro lado. Los guardias están tan presos como nosotros.

Llegamos al salón de las visitas pero, para mi sorpresa, las vi­sitas están del otro lado de una pared que tiene ventanas enrejadas y un teléfono de cada lado.

Igual la emoción es mucha.

La vieja me cuenta que no podía vender la casa de Santa Fe porque cada vez que aparecía un posible comprador, los servicios lo amenazaban para que no comprara.

Finalmente, la vendió por monedas a un empresario que estaba vinculado a ellos. Se llamaba Miguel Fridman, era un transportista que mezclaba sus negocios con la droga y otros “emprendimientos” que lo vinculaban con los servicios.

Vaya uno a saber por qué le habían entregado la casa al precio vil que él pagó, pero si sé que la tuvo muchos años en su poder con un cartel grande en el frente: Miguel Fridman, Transportes Generales, 1º Junta 3588, teléfono 21230.

Con lo que el miserable le dio por nuestra amplia casa de tres dormitorios, cocina comedor, comedor diario, garaje, y el inmenso fondo con huerta, apenas alcanzó para un mediocre departamento de pasillo de dos pequeños dormitorios en el barrio Echesortu de Rosario. Después de quejarse del despojo, mi vieja me pasa algunas ideas políticas que los compañeros del Partido le pidieron que nos hicieran llegar.

A la vuelta, empezamos a organizar la transmisión del informe. Para ello está el Grafo de fajinero, quien lo va a ir contando de a pedacitos, y cada tanto volverá para decirme que no se acuerda cómo sigue, pero a la larga lo termina haciendo circular

Pero hay que resolver el tema de los otros pisos.

Para ello hay que esperar el momento del baño semanal, acomodarse para quedar cerca de algún compañero de otro piso, arreglárselas para bañarnos uno enfrente de otro en la larga serie de caños que tiran agua helada, por supuesto lo mismo en verano que en invierno. El Chino ha quedado del otro lado, baja la ca­beza y escucha lo que le digo. Después él se lo pasara a los otros compañeros del piso.

Nos informan que va a llegar un rosarino que ha denunciado torturas. Es el secretario del Sindicato de Obreros Mosaístas de Rosario, le dicen el Ñato y ha estado en la jefatura de la policía en Rosario, frente a la Plaza San Martín, en un lugar donde amontonan los detenidos ilegales, como era la Cuarta en Santa Fe. En esos centros mandaba un comandante de gendarmería, Agustín Feced, que estaba a cargo de la policía en Rosario; y que torturaba y ma­taba en persona, sin delegar el placer en un subordinado.

El Ñato fue uno de los primeros en hacer un relato sobre lo que pasaba en pleno centro de Rosario.

Escribió una notita, la pudieron sacar para fuera y el Partido hizo un volante de denuncia. La patota consiguió descubrir quién había sido el autor de la denuncia, y volvió a torturarlo brutalmente. Pero no escarmentó, en Coronda su entereza fue la que le salvó la vida al Mormón.

O por lo menos, eso decían todos.

22. El Mormón

El camioncito del diario La Capital avanza lentamente por la avenida Alberdi. Las calles están llenas de autos y de gente por­que Rosario Central juega en su cancha contra San Lorenzo. Hay mucha policía por ahí, no se sabe bien si es porque temen algo o, simplemente, para atemorizar a la gente.

Estamos en el invierno de 1975, todavía hay lucha en las calles de Villa Constitución, en el Gran Buenos Aires y algunos otros lados. Ya acallaron Córdoba y el norte del país, porque desde el monte tucumano, el Operativo Independencia se está extendiendo a las ciudades.

El camioncito dobla en la esquina de la cancha, se para al lado de los policías, una puerta lateral se abre y dos jóvenes bajan a los tiros. Tienen el rostro cubierto por un pañuelo y una ametralladora en la mano.

Los tres policías caen acribillados, los jóvenes –uno de ellos parece una chica por el modo de moverse – gritan: “¡Perón o Muerte, Montoneros resiste!”, tiran unos volantes y se vuelven a la furgoneta, que inicia una retirada a toda marcha. Retoman Alberdi y suben al viaducto Avellaneda, cuando se escucha una explosión muy fuerte: apenas la policía puso en marcha un patrullero, ha explotado una bomba que mata seis canas más.

Ahora las sirenas de los patrulleros parecen multiplicarse.

Al bajar en la calle Córdoba, dejan la furgoneta bajo el viaduc­to, se suben a un Falcon verde sin chapa y arrancan para el lado de Funes. Frente al Jockey Club hay un retén militar, pero ellos ponen la sirena, aceleran y pasan raudamente, como si nada. El cartel robado a un jefe de las patotas que pusieron en el vidrio les ha dado paso libre, y así, casi con tranquilidad, llegan a la zona del aeropuerto, doblan por la parada siete del colectivo que va a Funes y Roldán, y se meten en una quinta alquilada por el fin de semana.

El Mormón está pensando en todo eso, mientras le llega el turno de sufrir la picana en la Redonda.

Es el único del grupo que ha caído, y todavía tiene esperan­zas que sólo sea a causa de alguna botoneada de la UES por los volantes que sacó con los compañeros la semana pasada. Cuando antes de la tortura le preguntan boludeces sobre el mimeógrafo, a pesar del dolor se sonríe por dentro y confía en que no lo maten. O peor, que lo hagan mierda como a ese compañero, oficial de Montoneros, a quien Feced en persona le quemó los testículos con un soldador a gas que parecía un lanzallamas de los que usaba El Eternauta.

Ahí lo conoció al Ñato; se sabe que fue el bolche que sacó la información para afuera. Qué aparato que tienen estos hijos de puta, piensa.

Se sabe también que cuando aparecieron los volantes, el tipo volvió a cobrar, pero al oficial no lo mataron, lo mandaron a en­fermería y después a Coronda. Ahora le toca a él, cierra los ojos, putea y se desmaya del dolor.

Pero no, está soñando en que se desmayó, pero no se desmayó una mierda.

La electricidad le corre por los huevos y lo vuelve loco. Decí que no puede ni hablar, sino gritaría que sí, que él los mató, que en una guerra popular se mata o se muere. Que ellos vienen matando desde aquel bombardeo en la Plaza de Mayo, cuando todavía Perón era presidente. Digo cuando Perón todavía era Perón, en el 55, y no el viejo choto y reblandecido que llegó a Ezeiza y que nos cagó desde antes de bajar. Ma sí, les digo que sí, que soy militante de la UES, que el mimeógrafo estaba en mi casa y nada más.

Pero le siguen pegando igual, no te hagas el boludo, quién no va a saber que vos sos de la UES, pedazo de pelotudo, lo que queremos es el enlace con los Montos, queremos saber quién dirige la Regional ahora que el Turco Obeid se cagó y se fue.

El Mormón se resigna, ha “perdido”, pero conserva una espe­ranza: que no le salte lo de la cancha de Central.

Tuvo suerte en la desgracia: cobró muchísimo, mucho más que casi todos, pero no saltó lo de Central, y al final llegó a Coronda. Le hincha un poco las bolas que lo hayan puesto con un bolche en la celda, pero reconoce que no se llevan mal.

Esa noche les dieron sopa y un guiso de fideos. Ahora él ya come con ganas.

Después de cenar se pusieron a contar cuentos con la gente de la celda de arriba. Estaban en eso, cuando se oyó el ruido de la traba que corre, y enseguida, la barra general. Van a abrir la puerta, ¡cagamos!, pensó, nos engancharon hablando, ahora nos dan tres días sin recreo. Pero el guarda no dijo nada del recreo, lo agarró fuerte del brazo con una expresión extraña y lo sacó afuera.

En un susurro le dijo: Perdiste pibe, perdiste.

Pero ya estaban llegando a la Jaula, le abrieron, entró y un milico le saltó encima. Era Feced, gendarme, jefe de la policía de Rosario y jefe de todas las patotas de la zona sur. Un pesado, pesado.

Feced se le abalanzó, lo agarró del cuello y lo empezó a azo­tar contra la pared, gritándole: ¡Te voy a matar, te voy a matar, hijo‘eputa, vos fuiste el de la cancha de Central!, mientras sacaba la pistola, pero el gendarme que lo acompañaba le agarró el brazo.

–Por mí, mátelo cuando quiera, pero no puede matarlo acá. Acá mando yo, y no se puede matar gente en un pabellón de la Cár­cel, delante de trescientos terroristas. Contrólese, Comandante.

El Comandante entró en razones, la perspectiva de llevárselo y matarlo de a poquito le empezó a gustar más que esa muerte fácil. Casi un regalo, comparada con lo que el pendejo había hecho. Y además, a pesar de que el chofer de la furgoneta ya había cantado, todavía quedaban detalles del caso, sin resolver. Esta bien, dijo. Lo venimos a buscar mañana. Prepárate pibe, que mañana te llevo. No te vas a olvidar de nada porque a lo mejor no volvés.

Antes de que lo trajeran de vuelta a la celda, al Ñato ya le habían pasado el dato, y le encomendaban que lo cuidara.

El Mormón entró destruido, se tiró al suelo y se puso a llorar. Él había visto cómo había quedado el compañero quemado, él había escuchado las historias más horripilantes: la de los dos hermanos a los que obligaban a cogerse uno al otro, la de las ametralladoras en la garganta disparando doscientos tiros.

A él no lo iban a joder así.

Decidió que no lo iban a llevar, que esa noche se fugaba. Es decir, que se suicidaba y los jodía. El Ñato se dio cuenta, se des­esperó y pidió ayuda. Del piso tres llegó la orden de la dirección montonera en la cárcel: Que el compañero no se suicide, que no es fácil sacar un preso de Coronda, que ya sabemos que los viejos se están moviendo para que no los saquen. Ñato, aunque sea, atalo, pero no podés permitir que se suicide.

Y el Ñato cumplió, estuvo toda la noche despierto, hablando sin parar. Escuchando, soportando las provocaciones de la Guar­dia, que cada tanto abría la ventanita para ver al condenado con el cuento de que a lo mejor era la última vez que lo veían vivo. El Ñato insistía:

–Al otro día hay visitas, sacamos la denuncia por cuatro vías: alguna debe llegar afuera.

El Mormón pasó la noche y lo vinieron a buscar a media ma­ñana, hubo un intento de resistir, golpeando las jarritas contra las puertas, pero fue inútil.

Cerraron las puertitas y el ruido quedó también encerrado.

El Ñato parece una sombra en el patio, pero los Montos nos tratan mejor.

Como en aquellos días de gloria de las Juventudes Políticas, cuando en Buenos Aires llenamos la Plaza de los Dos Congresos con cien mil jóvenes que marchaban contra el Pinochetazo en Chile, o como cuando en Santa Fe metimos siete mil en la cancha de Unión.

23. El Turco

El Turco me llamó a casa, cosa rara. Generalmente era al revés, los que los buscaban éramos nosotros.

–Te espero en el local de la Jotapé, el que está en la calle 9 de Julio casi Rioja.

Agarré la moto y me fui. En el camino pensé que a lo mejor tendría que haber buscado compañía, pero era un sábado a hora de la siesta y no quería joder a nadie. Por ahí era una boludez.

El Turco estaba sentado solo en una pieza al final. Tenía una 45 sobre la mesa, y estaba tomando mate.

–Lo agarraron a Quieto en Baradero, hay que hacer una mar­cha de Juventudes Políticas para liberarlo, el Changui se cagó y no quiere, si ustedes nos bancan, la hacemos como Coordinadora; si no, la hacemos solos.

–Nosotros vamos pa´ delante – contesté.

Me acordé de que Jorge me había dicho, hacía pocos días, que nos pegáramos a la Jotapé, que había una buena reflexión, que estaban interesados en conocer más sobre el socialismo, y no sólo sobre Cuba, que también querían conocer cómo era lo de la Unión Soviética.

La marcha era para el martes a la tarde, pero al mediodía lo largaron, así que el Negro vino a celebrar su libertad con nosotros. Me lo presentaron un minuto, pero enseguida se metió a una re­unión con ellos. Primero juntamos la gente en la cancha de Unión, ahí habló el Negro Quieto y me dejaron decir unas palabras. La Fede había llevado bastante, como unos 300, o más, pero los de la Regional eran como dos mil. Yo tenía conciencia de la relación de fuerzas, así que dije dos o tres consignas y me bajé. Estaba claro que el acto era de ellos.

Al terminar arrancamos por Boulevard Pellegrini, y enfilamos para la Costanera. De los altos del edificio del ministerio de Agri­cultura y Ganadería nos tiraron con una carabina 22 y una pistola 45, pero la columna no se dispersó.

En mi vida había visto, y creo que nunca más volví a ver, tantas armas y tanto poder de fuego en manos de la seguridad de una movilización popular.

Corrían por las veredas, se subían a los techos, metieron cuatro autos por delante de la columna, pero no hubo más incidentes. Cuando todo terminó, el Turco tuvo un gesto inusual: nos saludó, nos agradeció y hasta nos dio un abrazo.

El Turco Obeid.

Se sabe quién: el mismo que se fue a la Jotapé Lealtad cuan­do Perón echó a los Montos de la Plaza, el que se refugió en un kiosquito en una localidad del norte santafesino cuando empezó la represión que, increíblemente, jamás lo molestó.

El mismo Turco Obeid que en los 90 fue el gobernador mene­mista de la provincia de Santa Fe, y que acompañó a Rodríguez Saa en las horas de su presidencia populista, al final del 2001.

Era estudiante de Ingeniería Química, la Facultad más com­bativa de la UNL, donde se hacían muchas de las Asambleas universitarias y actos de la izquierda, donde íbamos todos en los años de ofensiva popular que el golpe militar tronchó.

Para los milicos, la Facultad era como territorio enemigo finalmente ocupado por ellos. Después del 24 de marzo de 1976, ya fue imposible entrar si uno no tenía el carné universitario que te acreditaba como estudiante de Química.

Y cuando se fueron los milicos, yo ya vivía en Rosario, así que a la Facultad de Química volví recién en 1999.

Hebe de Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo de Santa Fe, convocaban a una jornada de denuncia de todo un día en Santa Fe, y me invitaron a participar para denunciar el caso Brusa. Primero, hicimos una conferencia de Prensa con ella y otros sobrevivientes: Patricia, Stella y Anatilde. Después, marchamos por el centro de Santa Fe y nos fuimos hasta la casa de Brusa y al Juzgado Federal. Hebe tocó el portero eléctrico de Brusa y atendió la mujer del tipo, haciéndose la inocente; entonces la Hebe le preguntó qué se siente al dormir con un torturador.

Por la tarde, fuimos a la Facultad de Química.

Ya ni me acordaba de que el patio donde se hacían las Asam­bleas era un patio octogonal, al que daban unos tres pisos de bal­cones. Pero apenas entré al recinto, me pareció escuchar las voces de los compañeros, y volví a ver las mismas caras de entonces.

Tampoco me acordaba del Turco Obeid, por lo menos al co­mienzo. Sí recordaba a otro compañero montonero, pero aquél era un sobreviviente de Trelew; se llamaba Haidar y lo fuimos a recibir en la Facultad de Química cuando se salvó de la masacre.

En esos recuerdos estaba, cuando se produjo un pequeño inciden­te: había llegado una adhesión del Turco Obeid, y entonces varios nos negamos a que se leyera. Algunas compañeras sobrevivientes de la Cuarta, me dijeron que yo seguía siendo gorila. Pero es que yo nunca fui gorila, más bien miraba con un poco de afecto y bastante de envidia la fuerza popular del peronismo, y que en todo caso los gorilas eran los peronistas que apoyaban a Menem que venía a ser todo lo opuesto de lo que soñaba la Jotape de los 70.

Llega mi turno de hablar.

Conté que aquella noche en que tuvimos que conseguir los testigos que ampliaran la acusación presentada contra Brusa en el Consejo de la Magistratura, yo había hablado por teléfono con el Mono Maulin. Que el Mono me había dicho que sí. Que iba a testimoniar contra Brusa en Buenos Aires.

Pero me dijo también algo que me aclaró muchas dudas. El Mono dijo: voy a declarar ante el Consejo, pero esto no es un problema entre nosotros y Brusa, éste no es un problema entre nosotros y el Consejo de la Magistratura; éste es un problema entre nosotros y la juventud de hoy. Si hacemos esto, lo hacemos para que esta juventud sepa por qué luchábamos entonces.

Y ahí nomás algo me hizo un clic en el cerebro y entendí al fin por qué había hecho la denuncia en el 77, por qué me había presentado ante la Comisión de Derechos Humanos de la OEA en el 79, por qué había firmado la querella de la Liga en el 84, por qué lo había denunciado a Brusa antes de que asumiera en el 92, y por qué la larga batalla para destituirlo.

Que el tema era la memoria histórica, pero que el debate era qué cosa es la memoria histórica. Que la memoria histórica no podía limitarse a contar qué pasó, sino que requiere explicar por qué pasó lo que pasó. Y que entonces se trataba de hablar de los sueños que movían a aquella generación: la libertad, la dignidad, la justicia social, el socialismo.

Sí: el socialismo, porque aunque cada uno pensara en algo distinto todos lo buscábamos.

¿O no se acuerdan de aquel “Vea, vea, vea; que cosa más bonita, la juventud se une por la Patria Socialista”?

¿O es que alguno cree todavía que nos mataron porque que­ríamos créditos blandos para la vivienda unifamiliar, o una rebaja en el pago del impuesto a las ganancias?

No, porque luchábamos por el socialismo.

Nuestra generación peleaba por el socialismo, aunque no lo pudiera definir certeramente. Y no se podía compatibilizar ese modo de entender la memoria histórica con los servicios a Menem y su banda.

Y era por eso que nosotros no íbamos a compartir el homenaje a los compañeros con un tipo como el Turco Obeid.

Porque sobrevivientes había muchos, pero continuadores de la lucha, no tantos.

Y la lucha contra Brusa la hacíamos los que seguíamos con­siderándonos militantes de la misma causa que defendieron los desaparecidos. Setentistas, sí, y con orgullo.

Ella no me dijo nada, pero a la Hebe le gustó.

Cuando terminamos de comer con la gente de los Derechos Humanos de Santa Fe, se me acercó y me puso un brazo en el hombro.

Yo entendí el mensaje.

24. Tito Messiez y la “Conveniencia”

Ha llegado la gente de la Cruz Roja, y están en la celda del Ñato.

El quilombo por lo del Mormón fue bastante grande. Lo habían llevado a Santa Fe, donde lo torturaron por días y días, hasta casi matarlo.

Parece que los padres del chico eran gente con contactos, y se pudo llegar a los organismos internacionales.

El Ñato es quien hace la denuncia, y describe con pelos y seña­les aquella noche infernal, cuando todo el penal sufrió con ellos.

Que se lo habían llevado a la mañana siguiente, y nadie sabía nada de él.

Que lo debían traer vivo, y sano.

Después de hablar con el Ñato, la Cruz Roja pregunta si alguien más quiere hablar con ellos. Se anotan varios.

Comparado con lo que he escuchado en la cárcel, lo mío es un poroto, así que decido quedarme tranquilo.

Cuando los tipos de la Cruz Roja se van, comienza el verdu­gueo.

Primero, ponen la música a todo lo que da. Un longplay de Horacio Guaraní, pero con el volumen a full. Y no termina, que ya vuelve a empezar.

Insoportable.

No se puede hablar, no se puede descansar, no se puede pensar.

Pasan los guardias para avisar que se terminaron todas las prebendas (¿?). Que cuidadito con hablar por la ventana. Que cuidadito con cantar en la celda. Que ya van a ver lo que es bueno.

Al Moncho, un dirigente de la JUP de Medicina de Rosario, se lo llevan y vuelve recién a la noche.

Debe de estar cerca de mi celda en el segundo piso, porque cuando empieza a delirar, lo oigo con toda nitidez. Es el primer enloquecido por la tortura que escucho.

Se ve que estaba bien jodido, y la nueva biaba le reventó el cerebro.

El Moncho habla incoherencias, pero de pronto se pone a llorar, y eso es sencillamente insoportable.

Que vuelva Guaraní, pienso.

Pero los tipos son implacables.

A la mañana temprano, antes del desayuno, allanamiento y requisa generalizada. Otra vez en bolas en el pasillo, otra vez que te rompan todas las boludeces que uno puede juntar, otra vez a tragarse los “caramelos” de papel con los informes preparados para sacar afuera.

Los tipos están pesados, vienen con una varita de madera y tocan, golpean, provocan.

La actitud del Ñato nos ha prestigiado en la cárcel.

A decir verdad, nunca tuvimos grandes problemas con el cuento de la convergencia y la política del Partido ante la dictadura.

Y es que adentro, todos los informes políticos sonaban un poco locos.

Un día los Montos informan que han tomado un pueblo “im­portantísimo”: Quitilipi, en el Chaco.

Al otro, el ERP informa que la Compañía de Monte ha derro­tado a… cuando todos saben que eso no existe más.

En ese contexto, las ilusiones del Pecé en sectores democráti­cos en las Fuerzas Armadas no parecían tan delirantes como hoy se leen.

Nos llegan dos informaciones.

Una, es una caracterización de Genaro Díaz Bessone como nuevo ministro de Planeamiento, lo que, según el informe, es algo positivo, porque permitiría el debate sobre los cambios necesarios y, además, el hecho de que se hable de planificación, no importa para qué es; de por sí, sería un paso adelante, porque se sabe que sólo el socialismo permite la verdadera planificación social, etcétera.

Una locura total, pero para recibirla y transmitirla, tuvimos que arriesgar a un montón de compañeros.

La otra información es más dolorosa: es sobre el secuestro de un compañero al que yo había conocido cuando estudié en la escuela del Komsomol, más exactamente, en un homenaje a Victorio Codovilla , enterrado en un cementerio moscovita, algo que siempre me pareció muy coherente y simbólico.

Y una especie de recordatorio del drama de los comunistas argentinos.

Pero en Coronda, cuando me dijeron lo de Tito, sólo me recordé aquel cementerio y aquel flaco con gorra que llevaba un ramo de rosas rojas en la mano, y una sonrisa canchera en los labios.

A Tito lo secuestraron en el centro de Rosario, mientras cumplía misiones relacionadas con sus responsabilidades en el aparato clandestino de propaganda del Partido, que no sufrió por su detención el menor deterioro en su seguridad.

Dado que él concebía la militancia como un privilegio que honraba la vida, había callado en la mesa de torturas porque le “convenía”. En un viaje desde Buenos Aires a Rosario, para recordar un aniversario de su secuestro, su amigo Ariel Bignami me contó detalles de las discusiones partidarias de comienzos de los 60.

Se había hecho común el lamento de algunos militantes que todo el tiempo se quejaban del tiempo perdido, de los sacrificios que la militancia exigía, en un modo mercantil de pensar la política revolucionaria: casi como un adelanto a cuenta de los beneficios a recibir en el socialismo, igual que los malos católicos pasan por la vida sufriendo para llegar al cielo.

A esta clase de “revolucionarios”, Tito los provocaba diciendo que a él no le interesaba el futuro socialista.

Que él militaba porque le convenía, porque luchando, la vida tenía más sentido y era más hermosa de vivir.

Y porque le “convenía”, no aceptó canjear su vida por la delación.

Porque le “convenía”, murió como había vivido, sin traicio­narse un minuto, comprometido con la lucha hasta su última gota de sangre, con una sonrisa en los labios.

25. Libertad Condicional

Reviso lo que estoy contando, y vuelvo a leer: 23 horas ence­rrado en una celda, solo o acompañado con otro preso, con el que hay que compartir el espacio mínimo y el baño.

Eso significa exactamente que no tenés un minuto de intimi­dad.

Ni para cagar.

Y es literal.

Se caga dentro de la celda y eso quiere decir que vos estás comiendo, y al otro, supongamos, necesita cagar. Entonces te tenés que levantar, ir a la ventana para tratar de aspirar aire puro, y esperar que el compañero termine su cometido.

Parece insoportable, pero pasado un tiempo, es tan natural que seguís charlando mientras el otro está sentado en el inodoro.

Los tipos hicieron todo lo posible para destruir a los compa­ñeros.

No pudieron matar a toda una generación de una sola vez, pero se esmeraron por corregir el terror de dejarnos vivos tratan­do de demolernos como seres humanos, como militantes, como personas.

En los chupaderos, y también en la cárcel.

Al principio todos estábamos con PEN, es decir a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, sin causa ni proceso.

Después abrieron algunas causas, más o menos desde mediados de 1977, y ahí va a aparecer Brusa.

En el pabellón había una pizarra con varios casilleros: tantos con PEN, tantos con causa, tantos NN.

Así nomás: tantos NN.

Y a nadie le parecía raro, porque estar con PEN es como estar preso por la eternidad. Uno no sabe cuando puede salir, si mañana o dentro de diez años.

Y eso limita uno de los mecanismos principales de superviven­cia de un preso, que es poder contar. Al final de cada día, decir: un día menos. Quedan l528, o 482 o 105, o cinco días para salir en libertad.

Y el objetivo te da fuerzas para sostenerte.

Pero el PEN, si bien te legalizaba y te daba cierta garantía de que no te iban a matar, por lo menos ahora, era como una condena sin tiempo. Que no podías contar los días que faltaban para salir, solo los que ya habías sufrido.

Yo asumí que el modo de sobrevivir consistía en estar prepa­rado para salir mañana, y eso te daba optimismo, confianza en que sobreviviría; y que también podía ocurrir que me pasara años adentro, por lo que convenía pensar proyectos de largo aliento.

Tener cosas para hacer, objetivos que cumplir así, así fueran cosas tan sencillas como aprender una canción, acordarte de tal lección de historia, mejorar el paso en la caminata.

Así fue que, cuando me vinieron a buscar para salir, estaba cantando, a pesar de las quejas de mi nuevo compañero, que temía el castigo, y que cuando oyó la puerta dijo: Jodete por boludo. Y que cuando escuchó “Schulman con todo”, casi se muere del asombro.

Yo ni me acordaba de que me habían sacado el documento, pero al salir de Coronda me lo devolvieron. También unas monedas, un vuelto de lo que me habían ido trayendo para pagar la cantina.

Volvimos a recorrer los pasillos, esposados pero con la cabeza alta y tranquilos.

Recién ahí pude entender por dónde habíamos transitado esos días, y ver nítidamente las tres líneas de seguridad: adentro, los guardia cárceles; en la muralla, los gendarmes; y afuera, una línea de trincheras con bolsas de arena, nidos de ametralladora y camiones del ejército.

Nos meten otra vez en el camioncito celular, y nos llevan de vuelta a la Guardia, pero ahora somos poquitos.

Y no llevamos séquito.

Vamos en dos camioncitos, y con una guardia discreta.

La llegada a la Guardia también es tranquila, nadie pega ni grita.

Ahora todos parecen seres humanos.

Los únicos que reconozco en la Guardia son dos menores, dos chicos de la UES, a los que no llevaron a Coronda, como tampoco los largaron, y que se pasarían varios años presos en el mismo lugar.

Nos saludamos como viejos amigos.

No hay nada mejor para levantar el ánimo de un preso que la libertad de otro preso que sea su par.

Es sencillo de entender, la cabeza trabaja a mil: si a este lo largaron, por qué no a mí también. Y ya hay más fuerzas para aguantar.

Estamos una noche en la Guardia, y al otro día nos llevan a la Jefatura del Área 212. ¿Se acuerdan, allí donde me entrevisté con el coronel González en diciembre de 1975 a sólo diez cuadras de la casa de mis viejos?

Ahora está otro coronel, Juan Orlando Rolón, y se hace el magnánimo.

Nos llama uno a uno, con una ficha en la mano.

Se hace el que la lee por primera vez, y pone cara de asombro porque nos largan.

A mí me dedica un párrafo especial:

–Vos sabes bien que si estuvieras en Chile, ya serías boleta. Cuídate, porque la próxima no te salva ni Cristo.

Se hace el que se interesa por lo que vamos a hacer, pero en realidad lo que hace es amenazarnos con que, si denunciamos lo que vivimos y vimos, o seguimos militando: ¡chau, picho!

Estoy solo: Ni mi hermano Pablo, ni Hernán, ni Graciela, que también salieron ese día, 12 de abril de 1977, están allí.

Decido que no me conviene irme caminando solo y pido per­miso para llamar a mi familia para que me venga a buscar.

Los milicos se cagan de risa, pero me dejan usar el teléfono público.

Le hablo a Don Pepe Sorbellini, el papá de Lito, un viejo dirigente del Partido que tenía cierta predilección por mí desde que me afilié.

El viejo no vacila, y a los veinte minutos veo entrar en el cuartel a su vieja renoleta, toda chocada.

Se detiene frente al Casino de Oficiales donde nos dejaron esperando, y baja.

Nos abrazamos, subimos a la renoleta, cruzamos los dedos al salir del cuartel, y la renoleta trata de ir lo más rápido que puede, que no es mucho.

A las ocho cuadras nos bajamos en el bar El Parque, allí está toda la dirección del Partido esperándome: Marcos, Lito, Luis y Simón.

Nos tomamos unos lisos[11] y nos contamos las novedades a borbotones.

Supongo que eso contraría las reglas de seguridad, pero me da una alegría bárbara. Estoy de vuelta en casa.

26. Discusión sobre héroes

En el libro de Julius Fucik del que les hablé, Reportaje al pie del patíbulo, una especie de Biblia del preso político, se incluye un articulo interesantísimo sobre los héroes.

No lo voy a transcribir ahora, pero comparando actitudes de héroes de la burguesía y de los revolucionarios, Fucik llega a la conclusión de que el heroísmo popular es hacer lo necesario, en el momento decisivo, a favor de la humanidad.

Que simplemente es hacer lo que hay que hacer, sea el mo­mento que fuere, a favor de la lucha por el fin de la prehistoria humana, es decir por la abolición del capitalismo entendido como una civilización.

Que no hay ningún heroísmo en las acciones de la derecha, por más audaces o impactantes que puedan mostrarse en la literatura o los diarios (pienso yo, también en el cine o la televisión); y que pocas veces el heroísmo tiene esa impronta cinematográfica que tratan de inducir como el único modo de existencia del heroísmo. Y que, a veces, hasta nosotros aceptamos como veraces.

Lo que intento es separar el heroísmo de algunas idealizacio­nes que se han realizado sobre el propio Che. Porque si recuerdo bien, es el mismísimo Che quien grita: “No me maten, soy el Che y les valgo más vivo que muerto” en una conducta que los gueva­ristas dogmáticos tildarían de “impropia” en un revolucionario guevarista.

Pero es que el Che no quería ser un héroe, sino simplemente ser útil a la revolución, pasara lo que pasare. Pero era un hombre y tenía miedo de morir.

Como todos, pero como muchos revolucionarios, seguro que más que ningún otro, sabía sobreponerse al miedo y, por eso, trans­currido el primer momento de sorpresa que todos tienen al caer en manos del enemigo, va a enfrentar su muerte con una entereza tal que aterroriza a quienes tienen la orden de asesinarlo.

Algunos entendimos que hacer lo necesario a favor de la hu­manidad era sobrevivir con dignidad, manteniéndonos útiles para la lucha revolucionaria.

Física, pero sobre todo psíquicamente.

Política, culturalmente.

Y tomamos cada minuto de cautiverio como un gesto de mili­tancia, pero de una militancia entendida como autodefensa frente a las agresiones del enemigo que quería el arrepentimiento, el abandono de la lucha, la traición a la identidad política, que era nuestra propia identidad humana.

Y lo logramos. Pero hubo otros, en el mismo Partido, que en­tendieron que su deber era salir del cautiverio, y volver sin pausa a la lucha abierta.

Yo creo que esos sí fueron héroes revolucionarios, comunistas dignos de Fucik o del Che.

27. La Fuga

La mujer miró asombrada: de repente, sin parar ni disminuir la velocidad, la puerta trasera de la casa rodante se abrió y dos hombres maduros, ensangrentados de arriba abajo y desnudos, saltaron a la banquina y se pusieron a correr para el lado del río.

Al pasar frente a ella, gritaron cosas incoherentes:

–Sálvenlas, son dos mujeres y las bestias las van a matar.

–Sálvenlas, una de ellas está embarazada y no resiste más.

Y siguieron corriendo.

La mujer volvió a mirar hacia la casilla, pero siguió su marcha, y al dar vuelta el camino, se perdió de vista.

Los guardias repararon en la fuga sólo al llegar a la Casita.

Ahí se volvieron locos y la emprendieron a patadas con Carli­tos, el hijo del Chocho; por estar encadenado a la pared de la casa rodante, el muchacho no se había podido escapar con su padre y el viejo Duarte.

El Chocho era quien estaba en la camilla donde se torturaba. Había sido el último en recibir la picana, y creyéndolo medio muerto, no se preocuparon mucho de que sólo estuviera atado con correas a la camilla. En cuanto al pibe, estaba encadenado, y el viejo, tan hecho mierda que yacía tirado en el suelo.

La patota se fue a chupar y mandaron a dos perejiles como chofer y acompañante custodio, hablaron por teléfono a la Central y avisaron que mandaban a los muchachos solos porque les había salido una misión operativa.

En el boliche no sólo podían chupar, también había un par de putas nuevas que los tenían bien calentitos.

Cuando la casa rodante arrancó, el Chocho levantó la cabeza, le preguntó al hijo como estaba, le pidió que se fijara si Duarte seguía vivo y volvió a apoyar la cabeza en la camilla.

Pero instantáneamente, su mente percibió que estaban solos.

Era la oportunidad que había esperado desde que lo levantaron de su casa. O, mejor dicho, del taller de carpintería que tenía al frente y donde trabajaban él, su hijo y el pelado Simón.

La carpintería había sido del gordo Jaime, pero éste se las regaló cuando se casó y se fue a vivir a Rincón, tratando de zafar del segundo infarto.

Al Chocho nunca le gustó que fueran todos comunistas, y que todos tuvieran tareas de responsabilidad.

Sabía que eso violaba los principios de seguridad, que si caía uno iban a caer todos; cada tanto se decía a sí mismo que el mes que viene se buscaba otro laburo para él, y les dejaba el taller a los muchachos, pero siempre estaba demasiado ocupado. Además, ya no era tan joven.

Tan joven como en aquel 1962, cuando dirigió a los ferroviarios de Laguna Paiva, y detuvieron los trenes, y les prendieron fuego para taparle la boca a Frondizi, que decía que la huelga ferroviaria ya había terminado y ellos, junto con los de Villa Constitución, decidieron seguirla hasta lograr la reincorporación de todos los compañeros, empezando por los directivos de la Fraternidad y la Unión Ferroviaria.

Tan joven como en aquel invierno argentino en que viajó a Cuba y estuvo seis meses preparándose bajo la dirección del pro­pio Che Guevara, subiendo la Sierra Maestra con una tremenda mochila en la espalda.

Y a no quejarse, que el Che se les cagaba de risa, haciendo malos chistes sobre lo flojitos que eran los comunistas argen­tinos.

Tan joven como cuando se fue de Alto Verde porque los canas lo tenían podrido de tanto meterlo preso aunque no hiciera nada, sólo porque tenían junado como comunista. No era joven, pero todavía les podía ganar a esos hijoeputa.

Él se había preparado toda la vida para ese momento.

El que lo veía por primera vez podía pensar que era un don nadie, uno más de esos cabecitas negras que habían bajado a las ciudades en los 40 y se amontonaban en las villas como su Alto Verde, pero tenía la preparación combativa rigurosa de los que acompañaron al Che a Bolivia, o de los que se fueron con Masetti a Salta.

–Si el Partido me hubiera autorizado…

Pero le dijeron que ésa no era la nuestra, que había que prepa­rarse bien, sin aventuras, que ya nos llegaría el tiempo de pelear.

Y él les creía. Era demasiado disciplinado para discutir en un tema como ése.

Pero en la casilla él era el jefe y sabía que si no lo sacaba rápido al viejo Duarte de ahí no duraba mucho.

–Dos o tres días había dicho el medico que lo revisó cuando casi se les queda en la tortura.

Él estaba encapuchado y tirado en el suelo, pero los escuchó perfectamente.

La camilla tenía un borde muy filoso. Ahí podía romper una de las cintas que lo ataban, después la otra y después vería.

Ni siquiera pensó que si lo agarraban con las tiras cortadas, lo iban a volver a torturar. Y esta vez sería hasta matarlo.

Una vez que tomó la decisión, ya no dudó más.

Sólo actuó.

Aunque no lo pareciera, repito, era en realidad un milico.

De los nuestros.

Cortó una cuerda, luego la otra, luego liberó al viejo Duarte y empezó a buscar con qué cortar la cadena de Carlos, pero rápida­mente se convenció de que no tenía ni tiempo ni herramientas.

Que lo tenía que salvar a Duarte y fugarse él.

Le empezó a pegar a la traba de la puerta con un zapato que estaba tirado.

Los minutos pasaban, ya habían dejado atrás el río Salado y se iban para el lado de Santo Tomé, a la Casita donde los tenían chupados.

No tenía más que cuatro o cinco minutos así que se tiró con todo, forzó la puerta, la abrió, lo agarró al viejo y se tiró a la banquina.

Vio a las dos mujeres, recién ahí se acordó que estaba en bolas y trató de orientarse para el lado del río. Cuando llegó a la orilla empezó a escuchar las sirenas de los que lo buscaban con furia.

Decidió esconderlo a Duarte detrás de un matorral bastante largo, fugarse él, y luego venir a rescatarlo. El viejo no podría nadar como él.

Lo dejó, se tiró al agua justo cuando veía venir a lo lejos un helicóptero que siguió para el lado de la Casita pero que a los pocos minutos pegó la vuelta, encendió un reflector y empezó a peinar la orilla del río.

Estaba tan hecho mierda que apenas podía mover los brazos, pero los años en el río lo ayudaron, de a poquito buscó una corriente favorable y, un poco nadando y otro poco flotando cabeza abajo, como si estuviera muerto, se fue acercando a la otra orilla, para el lado de donde vio unas luces.

Calculó que estaría detrás del barrio Centenario, no lejos de la cancha de Colón. Con mucho esfuerzo salió del río, tocó un timbre y con toda la fuerza de su convicción explicó tranquilo que se había escapado de los militares, que lo único que necesitaba era hacer un llamado telefónico y que le prestaran un poco de ropa vieja.

Que el Partido se la iba a pagar apenas él llegara con ellos.

La gente lo miró asombrada pero le abrieron la puerta, la mujer lo curó un poco y le trajo un par de pantalones y una camisa de su marido.

Le dejaron hablar solo y esperaron con él hasta que lo vinieron a buscar en un auto.

Era una renoleta vieja y la manejaba el viejo Sorbellini, el mismo que tiempo después me iría a recibir en la jefatura del Área 212.

Es que Don Pepe, igual que el Chocho, simplemente hacía lo que había que hacer, siempre.

La primera vez que lo vi al Chocho nos peleamos a muerte.

La Fede había hecho una reunión clandestina bastante grande en una quinta de la zona de Guadalupe y nos olvidamos allí una olla que nos había prestado el Chocho. Me la reclamó y me dijo que tenía plazo hasta el otro día a las 7 de la mañana.

En ese tiempo sólo se llegaba allí en tren. Así que a los dos días de la reunión, me levanté como a las cuatro de la madrugada, me fui a la estación que estaba cerca del Puente Colgante, tomé el tren que iba a Paiva, me bajé en medio del campo, recogí la olla que le debíamos a Chocho, volví a tomar el tren y a las siete y veinte toqué timbre en su casa.

El Chocho abrió la puerta, me dijo que habíamos quedado en que se la devolvía a las siete.

Que era tarde y que volviera al otro día a la hora que corres­pondía: a las siete en punto. Ni un minuto antes, ni un minuto después.

Yo lo miré asombrado, me dije este tipo esta loco, lo reputié y le tiré la olla al medio de la calle.

Por un año ni nos hablamos.

Él no le dijo a nadie lo que yo había hecho, simplemente no me hablaba.

Un día el gordo Jaime me invitó a tomar cerveza y me sacó el tema.

Me preguntó qué había pasado y me explicó que si en vez de una olla, lo que yo tenía que devolver hubieran sido balas, el Chocho estaría muerto.

No dije nada, pero aprendí la lección.

De ahí en más, en mi vida militante, hice todos los esfuerzos que pude para no llegar tarde a ninguna cita, fuese en tiempos ilegales o legales.

Y aprendí a respetar al Chocho.

El viejo Duarte fue recapturado por los milicos y se murió a poco de salir, con el hígado reventado por la tortura.

El Chocho sufrió un infarto al poco tiempo, estando ya en Rosario mientras trabajaba para el equipo ilegal del Partido, pero sobrevivió.

Lo veía seguido, porque la visitaba a mi mamá y le hacía hacer tareas de los cuales ninguno de los dos jamás me dijo nada, aunque mucho tiempo después me enteré en aquellos años habían guardado parte de una imprenta, bajo la cama de mi vieja.

Se murió sin que nadie supiera lo que había hecho; practicaba la discreción y el silencio de una manera desesperante para mí: pero, ya lo dije antes, él no era como nosotros.

Aunque vestía como todos y parecía un pacífico colaborador de la dirección del Partido, de ésos que llevaban un sobre o hacían el asado en las reuniones, era un soldado.

Y de los nuestros.

Nunca me lo dijo, pero yo sé que lo único que se lamentaba era no haber ido con el Che, o con Masetti, o al menos morir pe­leando en aquella Casilla donde escribió una de las páginas más heroicas, y más ocultas, de la historia de la resistencia comunista a la dictadura.

28. El Secuestro

Cuando salí en libertad, la Fede decidió que yo debía quedar en Santa Fe, en la misma tarea que tenía antes. Pero me asignaron un colaborador, Carlos, un compañero que había estudiado en el Colegio Comercial, y que ya me había ayudado en los primeros días del golpe del 76.

Después de que me rajaran de mi “casa de seguridad”, y antes de poder alquilar la casa de la calle Güemes, estuve unos días en lo de mi tía, en la calle Urquiza, y luego en su casa detrás del Liceo Militar.

El barrio estaba bueno. El único peligro estribaba en que, para llegar allí, había que pasar por delante del Liceo, pero como ese barrio estaba alejado y a medio urbanizar, uno tenía la percepción de estar en el campo, y eso tranquilizaba.

La casa era muy humilde, y creo que fue la primera vez en mi vida que lo único que tuve para comer fueron achuras; el padre de Carlos las traía del frigorífico donde trabajaba, a pesar de que el hijo las tenía prohibidas por la presión alta.

En realidad, la casa era más que modesta; por entonces Carlos estaba recién casado y vivía con los padres; pero todos ellos eran gente solidaria y me cuidaban mucho. En cuanto a Carlos, él hacía de enlace mío con otra gente, lo que me ayudaba a no andar tan expuesto por la calle.

Pero, claro, eso llevaba a tener que vernos con frecuencia, lo que implicaba un doble peligro: que me siguieran y nos chuparan a los dos.

Aquel día, 22 de noviembre de 1977, yo tenía que verlo en el Club Gimnasia y Esgrima de Ciudadela, un viejo club que, por no meterse en los torneos de la AFA, como si lo habían hecho Colón y Unión, se fue quedando; pero que en los años 50 había tenido un desarrollo importante.

Antes del golpe militar, habíamos hecho allí varias reuniones, gracias a lo cual nos hicimos conocidos de alguna gente, así que de vez en cuando nos citábamos en el bar del club, nos tomábamos unos lisos y arreglábamos temas pendientes.

Pero aquella vez, apenas entré en el bar lo vi al Curro Ramos, con muy mala suerte porque ya no pude volverme, dado que él también me había visto y permanecía entre la puerta que daba a la calle y yo.

De modo que seguí caminando para que Carlos me viera y, sin siquiera mirarlo y mucho menos saludarlo, como si fuera al baño salí por la galería que desembocaba en la cancha que estaba bajo la tribuna. Una vez allí, doblé y salí a la calle por la puerta del estadio que miraba al cementerio.

Iba haciendo zigzag, esperando que apareciera un taxi u algo que sirviera para rajar de ahí. Pero no llegaba nada.

Me tranquilicé un poco porque, al mirar hacia atrás, vi que me no me seguía nadie. Pensé que a lo mejor se habían quedado chupando y eso me salvaba.

Me paré en la esquina del Cementerio porque vi venir a un co­lectivo; era la vieja F que después le pusieron número: el nueve.

Levanté la mano para que se detuviera, pero antes me metieron la pistola en la nuca y una piña en la espalda.

Me di vuelta y vi que otra vez me habían enganchado.

¿Quiénes? Un viejo conocido: el señor de traje y corbata y su gente.

Me subieron a un Fitito blanco, me metieron la cabeza entre las piernas y salimos.

No sé por qué tuve el ominoso presentimiento de que volvía­mos a la Cuarta.

29. Actas Judiciales

Acta Judicial número uno

“La ciudad de Santa Fe a los dos días del mes de diciembre del año mil novecientos setenta y siete encontrándose presente en Mesa de Entradas de este Juzgado una persona que expresó haber sido víctima de apremios ilegales y que es su deseo formular denuncia, S.E. dispone se le haga ingresar a despacho a quien manifestó llamarse JOSÉ ERNESTO SCHULMAN, ser argentino de 25 años de edad, casado, nacido en la ciudad de Rosario el 12 de mayo de 1952, de profesión empleado de comercio, domiciliado en la calle Urquiza

2563 de la ciudad de Santa Fe, quien justifica su identidad mediante exhibición del documento de identidad 10.316.230 que en este acto le es devuelta, seguidamente S.E. le recibe juramento de decir verdad y le pone en conocimiento de las penalidades de la ley para quienes se expresen con falsedad e incurren en su consecuencia en Falsa denuncia, haciéndolo el compareciente por sus creencias religiosas y por la formula Sí Juro.–

Concedida que le fuera la palabra por S.E. dijo: “El día 22 de noviembre pasado siendo las 19.40 horas en ocasión de que me dirigía a tomar el micro de la línea 9 hacia el centro frente al cementerio, se detuvo un automóvil Fíat 600 color blanco con chapa de Santa Fe, del auto bajaron tres individuos jóvenes quie­nes sacaron armas y me hicieron ingresar dentro del automóvil, a mí me taparon la cabeza con el pullover que llevaba yo puesto y empezaron a pegarme en la nuca con las manos mientras me decían que yo tenía conexiones con la subversión, de ahí me llevaron a un garaje y me hicieron descender me colocaron una capucha de lona y me metieron en una pieza, adentro de esta pieza me ataron las manos a la espalda, me desnudaron totalmente y otra vez me empezaron a interrogarme, pero previamente a ello me sacaron la alianza matrimonial y el reloj marca Rennix, tres mil quinientos pesos ley, una cartera de cuerina y una birome Parker de su interior.

Preguntado: si quería agregar algo

Contesta: el interrogatorio fue acompañado por golpes en la espalda, en el hígado y en la nuca durante el interrogatorio me obligaron a hacer flexiones de pie colocándome un palo de escoba en la parte de atrás de las rodillas, este que tenía clavos y cuando me caía me dolía y a la vez me pateaban en la cabeza y en la nuca, además hicieron dos veces un simulacro de fusilamiento me hicie­ron colocar contra la pared y me dijeron te vamos a matar y sentí una explosión en el oído derecho que pudo haber sido un disparo o un petardo fuerte y luego me pasaron la picana eléctrica por el pecho y los genitales y después imprevistamente terminó esto y me llevaron a una celda de allí, al rato me llevaron a una oficina por lo que me di cuenta que estaba en una Comisaría y el señor me dijo que era la seccional Cuarta de Policía, me extendió un recibo por el cinturón, los lentes y algún otro efecto que ahora recuerdo era un pullover y seguidamente me metieron en una celda y luego volvieron a sacarme y procedieron a identificarme, a la mañana siguiente me llevaron otra vez a una oficina y allí se presentó un señor que dijo ser el secretario del Juez Federal y pretendió ha­cerme firmar una declaración que él traía preparada donde decía que yo había puesto una bomba en la Plaza España el día ocho de enero de 1977 junto con Rodolfo Castillo, cosa que es imposible ya que ese día estaba en la Cárcel de Coronda a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, ante mi negativa el secretario del Juez me amenazó con que me iban a volver a interrogar los muchachos de anoche y luego se retiró dejándome otra vez con el Comisario de la Cuarta, Comisario Ricardo Ferreyra a quien hice constar las amenazas de Víctor Brusa y que yo sabía que una de las personas que me había detenido era un tal González, alto flaco, morocho con el pelo hacia atrás medio corto con bigotes y los otros eran un rubio con lentes flaco y pantalón jean y camisa sport, el otro o sea el tercero era un morocho que no lo recuerdo bien.

Preguntado. Para que diga si desea agregar algo más.

Contesta. Que el comisario no hizo caso de la denuncia pre­sentada.

No siendo para más se dio por finalizado el presente acto por lo que previa lectura y ratificación de la presente es firmada por el compareciente por ante mi que doy fe”.

Acta Judicial número dos

“Santa Fe, diciembre 2 de 1977

Señor Médico Forense

Sr. Don Armando Orellano

San Jerónimo 3420 – Ciudad”

S / D

“Dirijo a Ud. el presente oficio a fin de que someta a examen médico al portador de la misma quien expresó haber sido víctima de malos tratos y de padecer de lesiones en el abdomen como así mismo en la nuca.

Posterior a ello deberá informar a este Juzgado las siguientes pautas a más de las que el sano criterio de Vd. indique:

1. Puntualizar lesiones si así las hubiere

2. Lugar de las localizaciones de las mismas

3. Tiempo en que fueron causadas

4. Objetos con que pudieran ser ocasionadas

5. Tipo de las mismas y tiempo de evolución de la curación

6. Si podrían acarrear incapacidad de alguna especie

Sin otro particular, saludo al señor médico forense con mi mayor consideración y respeto”.

Dr. Jorge Iribas

Juez en lo correccional,

Cuarta Nominación

Acta Judicial número tres

Santa Fe, diciembre 2 de 1977

Al Sr. Juez de Instrucción 4º nominación

S / D

“En la fecha he examinado a José Ernesto Schulman consta­tando que debido a la acción de un objeto romo y duro, tiene un hematoma que ocupa el epigastrio y ambos costados internos de los hipocondrios llevando unos diez días de evolución.

La lesión es de carácter leve y estimo que ha de curar a los 30 días de haber sido inferida y sin dejar secuelas que afecten las capacidades laborativas.

Saludo a Ud. muy atentamente”

Dr. Armando Orellana

Médico Forense.

30. Banderas rojas sobre el Kremlin

Cómo pega el hijo de puta.

Me han puesto la capucha y no veo venir los golpes; como me agarran desprevenido, parece que dolieran más.

Vuelo de un lado a otro de la habitación, como si fuera una almohada en manos de niños. Pero éste no debe de ser un niño; será seguramente un boxeador fracasado, o un forzudo.

Me derriba, y yo aprovecho para rodar como desmayado, tengo que quedarme en el suelo todo lo que pueda.

Para no meter la pata, para no hablar, para no hacer nada de lo que ellos quieren de mí. Pero, ¿qué carajos quieren?, ¿qué pueden no saber de mí después de todo lo que pasó?

¿O será que les da por las bolas que yo siga militando en el Partido?

Trato de pensar en Fucik. Trato de pensar qué mierda hacía Fucik cuando se la daban, pero una piña en el estómago me dobla en dos.

Y ya me levantan de nuevo.

No es fácil acordarse de la literatura, pero hago un esfuer­zo.

Ah sí, ya me acuerdo: para aguantar la tortura, Fucik piensa en lo que más quiere. Y lo que más quiere es su mujer y su Partido.

Hagamos la prueba.

No funciona, igual duele.

Ahora me ponen contra la pared y anuncian que me van a fusilar. Aunque no me vean, sonrío: qué boludos, si lo que uno quiere es que no lo torturen más. Si te tienen que matar, ¡que te maten de una vez!

Me pongo derechito, esta película sí que la vi. Ahora me acuerdo del cura Ladislao, novio de Camila O’Gorman; y por eso, porque él es cura, los persiguen a los dos; a él lo fusilan antes que a ella, y muere con admirable serenidad.

Yo también trataré de terminar dignamente.

¿Alguien se acordará de mí si me matan ahora? Somos tan­tos…

¿Y qué pensarán de mí los de la Fede?

¿Alguien me llorará como yo lloré al Alberto?

Pienso en la gran bandera roja que veíamos flamear en la Plaza Roja de Moscú.

Salíamos del Metro con el Alberto y con Bolita; íbamos ca­minando despacio, porque la avenida corría cuesta arriba; del Metro a la Plaza Roja hay unos trescientos metros en subida, y de a poco se ve la bandera roja que ondea en la cúspide de las torres del Kremlin.

Anochece, y la bandera roja sobre el Kremlin es para nosotros el símbolo de la Revolución.

¿Cuantos murieron en la Segunda Guerra Mundial?

Veinte millones, entre ellos todos los Schulman, menos mi abuelo.

Pero sí murieron todas las hermanas de mi papá, y sus tías y sus tíos, que hubieran sido mis tíos abuelos, o qué se yo qué carajo hubieran sido. Pero eran míos.

El Curro Ramos sigue verdugueando. Pero yo ya me escapé.

Él no sabe que ya no estoy ahí, que voy volando por la historia del Partido.

Del viejo Sorbellini defendiendo el Sindicato de la Cons­trucción con el fusil en la mano, de Florindo Moretti[12]entrando en una comisaría de Villa Ocampo y liberándolo a Ricardo San Esteban a lo guapo.

A lo Florindo nomás.

El mismo Florindo que se pasó tres días pidiéndole a Vittorio Codovilla que lo autorizara a convocar la insurrección armada para acompañar la resistencia peronista que intentaba enfrentar el golpe desde el paro general que se mantuvo en Rosario, cuan­do todos ya lo habían levantado. Por supuesto que inútilmente: Codovilla, eterno dirigente princiopal del Partido Comunista, no iba a usar las armas. Nunca. Pero, entonces, ¿para qué mierda las tenía?

Ahora me acuerdo de Ingalinella[13], del día que estuvo en la casa de mis viejos y trajo tierra de Stalingrado. Qué extraño, ¿no? Un montón de gente grande mirando un frasquito con tierra.

¡¡Buum!!

El balazo pegó cerca de la oreja.

Me pongo a calcular si era una bala o un petardo.

El Curro se hace el enojado con los que dispararon, dice que es una vergüenza que tengan tan mala puntería, que va a tener que tirar él en persona.

Me ponen otra vez contra la pared. Pero otra vez me escapo.

Ahora estoy en la Plaza de los Congresos, es el 13 o el 14 de septiembre de 1973, y Jorge Garrido me lleva a la marcha de las juventudes políticas contra el golpe en Chile.

Nos subimos a la estatua que está frente al Congreso, donde está la fuente, y desde allí miramos todo: el mar de banderas rojas y argentinas.

Anda a la puta que te parió Curro, ¡mátame o hace lo que quieras, que igual nosotros te vamos a ganar!

Como te ganamos en Rusia, en Cuba, en China, en Portugal.

El mundo es nuestro, y estos días de derrota serán una especie de exotismo de la historia.

Algo de eso había leído: cuando este mundo capitalista desaparezca, a las generaciones futuras les parecerá muy extraño el modo en que está organizada la vida en estos tiempos nuestros.

Si les va a resultar extraña la plusvalía, ¿qué van a pensar de la picana eléctrica en las bolas, y de que te metan la cabeza en un balde con orina y mierda, o que le metan la ametralladora en la vagina de las compañeras, o que obliguen a los presos a cogerse entre sí con una pistola en la cabeza.

¿Quién carajo va a poder imaginar lo que era esto?

Y ahora… ¿qué pasó, por qué no me pegan más?

Se fueron todos, me dejaron tirado como un trapo de piso estrujado.

Me vienen a buscar y me tiran en una celda.

Pero no en la del medio, donde estaba en octubre del 76; ahora estoy en una de las tumbas de la derecha, donde estaba la chica que se murió de diabética, creo.

– ¿Quién es? – pregunta el compañero de la celda contigua.

–El gordo Schulman – le digo –. Yo salí de Coronda hace poco; y vos ¿quién sos?

–El Mono, dice, soy el Mono, José…. Pero, qué mala suerte, el único que salió y ya estás de vuelta adentro. A mí me trajeron a declarar, nos están trayendo por causa, nos torturan y después te hacen firmar cualquier mentira.

– ¿Y por qué no los denunciás al juez? – le pregunto.

–Boludo, si el que te tortura es el Juez.


31. La Justicia

A lo largo de cincuenta años, el poder penduló en la Argentina en un inestable balanceo entre gobiernos civiles electos bajo la apariencia constitucional, y dictaduras militares que subían cagán­dose en la legalidad y amparándose en Actas Institucionales cuyo único valor jurídico era el sostén armado que tenían.

Cada golpe imponía a su antojo jueces que daban valor a sus actos dictatoriales.

Lo que nunca pudieron explicar los liberales argentinos es por qué los gobiernos civiles convalidaban tales actos, que no sólo eran ilegales: eran el preanuncio del siguiente golpe de mano.

Todo el continuismo del poder real se basaba en un artilugio de extrema fragilidad teórica, el llamado continuismo jurídico que equiparaba leyes y proclamas golpistas en el mismo barro.

El tío de Brusa, Eugenio Wade, llegó a juez por ese camino sinuoso. En 1955 los golpistas de la Fusiladora lo pusieron de juez Federal en Santa Fe, y años más tarde el tío llevó a trabajar con él a su sobrino Víctor, un mediocre estudiante de derecho, para que pudiera aprender algo y ganarse unos pesitos.

Cuando Mántaras llegó a juez, pareció haber entre él y el joven empleado judicial, todavía estudiante de Derecho, algo así como un enamoramiento. Mántaras le daba más y más lugar, y con aire arrobado Brusa lo escuchaba hablar contra los judíos y los comunistas.

Sobre todo le encantaba escuchar las anécdotas del joven juez Mántaras, contadas con tanta gracia en el salón del Club del Orden.

–Los rusos venían por el medio de la Plaza San Martín, querían poner una ofrenda floral en la estatua del prócer, vaya descaro de estos judíos de mierda, así que el Pucho y yo les arrebatamos las flores, los empujamos al suelo, les pegamos unas buenas patadas en el culo y nos fuimos corriendo. Los muchachos de la policía, que estaban avisados, llegaron por la otra punta de la Plaza, una vez que nosotros nos fuimos… Y otra vez, con una moto salimos a tirar bombitas de alquitrán a las sinagogas y sus escuelas… Qué mierda, ya tienen los bancos, lo único que falta que les dejemos escuelas de sinarquía a esta mierda.

Brusa sabía que el hombre estaba bien vinculado. Desde que el dictador militar Juan Carlos Onganía llegara al gobierno, era más escuchado en la Casa Gris.

Y el joven Brusa estaba convencido de que al lado de Mántaras llegaría lejos.

Fue en una de esas noches de joda, ya lejos del pacato Club del Orden, en una quinta cerca de Rincón, donde se mezclaban jueces, putas, travestis, doctores, políticos y policías, cuando un morocho, más bien formal para el ambiente de orgía de la velada, lo invitó a mantener una conversación en los días siguientes.

El tipo era de los servicios de inteligencia de la policía y le proponía presentarle alguna gente del SIDE que quería coordinar más información con el juzgado. Ante una duda de Brusa sobre la coordinación con Mántaras, Rebechi le contó que los jefes ya habían arreglado con el juez, y que por eso mismo no había problemas: si Brusa lo prefería, podría muy bien chequear la in­formación con su jefe.

Ya había ocurrido el Cordobazo, ya Santa Fe había perdido esa calma provinciana que tanto gustaba al juez Mántaras, ya los grupos habían empezado a actuar en coordinación con el II Cuerpo del Ejército, y en ese ambiente empezó a hacer buenos amigos.

La cuestión fue que empezó a beber demasiado, y a pegarles a las putas. Con la mujer no tenía problemas, cogía una o dos veces por semana, y todo bien. Pero con las putas, no sabía qué le pasaba, cuando estaba montado le agarraban como ataques de locura y las cagaba a puñetazos. Y guay si alguna se quejaba, porque entonces, ni le pagaba, ni nada.

Como a finales de 1975, el propio juez Mántaras invitó a su joven secretario a un asado en su quinta cercana a Santo Tomé. A Brusa le extrañó porque era un día miércoles, y las jodas solían celebrarse los viernes a la noche; además, el juez nunca había arriesgado su quinta para ese tipo de fiestas. Habiendo tantos lugares seguros, para qué arriesgarse a que cayera por ahí algún hijo, o la propia mujer.

Cuando Brusa llegó, había bastante gente, incluso unos tipos vestidos de uniforme. El que hablaba era un tipo del ministerio de Bienestar Social de la Nación, y explicaba que todos estaban motivados por la misma causa: la necesidad imperiosa de recuperar el orden y parar la subversión que en la provincia de Santa Fe se había extendido a lo largo de todo el cordón industrial que corría de San Lorenzo a Villa Constitución, y que no era respetando los derechos humanos de los terroristas como se iba a resolver el problema.

Que ellos iban a poner el cuerpo, que estaban armando la Triple A en la provincia, pero que necesitaban la colaboración de todos.

Víctor se sintió respetado y reconocido como uno más. Había en la quinta de Mántaras un juez Federal, dos coroneles, un mayor, tres comisarios, el director de un diario y algunos empresarios de los más respetados de la ciudad. Era la crema de las familias “bien” de Santa Fe. A muchos de ellos los veía en el Jockey, en el Club del Orden, o tomando cerveza en el Baviera del Puente Colgante.

El joven secretario de juzgado Víctor Brusa se entusiasmó, y se comprometió a colaborar en todo lo que pudiera.

32. Laresponsabilidad de Brusa

El Juez Baltasar Garzón abandonó su actitud impasible, se revol­vió en el asiento y pidió que yo repitiera lo último que había dicho.

Volví a explicar que, luego de ser yo torturado, en el mismo edificio y casi seguro que en la oficina de al lado de la sala de torturas, un funcionario judicial llamado Víctor Brusa me había amenazado con que me volverían a interrogar los mismos mucha­chos de la noche anterior.

Y que quería hacerme firmar un papel que él traía escrito.

Garzón miró a la gallega Susana, una argentina exiliada en Madrid desde la dictadura, y que para ese momento era una de las abogadas de la Acusación Popular, y le preguntó si iba a pedir el inmediato procesamiento del juez Brusa.

Susana se sorprendió –era la primera vez en todo el juicio que el mismo Garzón insinuaba un pedido de este tipo – pero enseguida reaccionó, pidió la palabra y solicitó formalmente el procesamiento de Brusa, de Facino, del Curro Ramos y de todos los de la banda. Salimos a la calle.

Madrid en aquel septiembre de 1999 era una fiesta en espera del nuevo siglo y milenio.

La Audiencia Nacional Número Cinco, donde se lleva adelante el Juicio por genocidio en la Argentina, está bastante cerca del monumento a Colón, así que me voy a tomar un café allí con una periodista de France Presse que, no conforme con la conferencia de prensa, me pidió una entrevista exclusiva.

Nos sentamos a una mesa del bar. La periodista me preguntó si era verdad que el juez Brusa era un torturador; ella nunca habían escuchado algo parecido.

Yo tampoco.

Aquel sábado de agosto de 1992 estaba yo en mi casa de Rosario, tomando mate y viendo televisión con Mary, cuando un flash informativo me produjo un click en la memoria. El periodista informaba que había ingresado en el Senado la nómina de candi­datos a Jueces Federales que el Poder Ejecutivo, entonces a cargo de Menem, proponía. Y que en la ciudad de Santa Fe, una diputada peronista había presentado un pedido de investigación a la Legis­latura Santafesina acerca de las acusaciones que pesaban sobre uno de los candidatos. Al principio, el nombre no me dijo nada, pero al rato me empezó a dar vueltas y vueltas en la cabeza.

Fui hasta el placard, saqué la caja de papeles y documentos que venía mudando de casa en casa y de matrimonio en matrimonio, y me puse a revisar los recortes de diarios y los apuntes. Hasta que no tuve dudas, el nombre era del mismo hijo de puta de la Cuarta.

Me senté ante la máquina de escribir y, sin respirar, escribí toda la historia de un tirón, la metí en un sobre, me subí a la moto y me fui al diario.

Lo busqué al Nano, que había estado hasta el 90 en la Fede y que ahora, libre del “pecado ideológico”, estaba de capo en la redacción. Pero no lo encontré. Conocía a otra gente ahí, pero no quise sentir más vergüenza ajena: me daba pena darme cuenta de que se escondían como si les fuera a contagiar el virus del comu­nismo muerto en Rusia.

Dejé el sobre en la mesa de entradas, y me volví a casa.

La Mary me preguntó cómo me había ido. Le contesté que, al menos, me había sacado el gusto: estaba seguro de haber escrito mi denuncia con precisión y buen estilo; seguro de que no iban a publicar cualquier mamotreto; pero que, cualquiera fuese la decisión del diario, igual había que hacerlo. Que ése era mi modo de mantenerme vivo.

Al otro día, vinieron los chicos y hasta trajeron a comer a una amiga de Mariana. Hacía tantos años que no trabajaba para una empresa privada, que me había olvidado lo que era ganar un mango extra, así que cada vez que cobraba una comisión por las ventas, hacíamos una pequeña fiesta familiar o compraba bolude­ces importadas. A Javier le había comprado una de las primeras computadoras personales que utilizaban un casete de sonido para funcionar.

El casete que teníamos se empecinaba en no dar vueltas a la velocidad requerida por la computadora, pero con mucho esfuerzo hicimos andar un jueguito, que hasta colores y musiquita tenía.

Estábamos en eso, cuando llegó mi hermano Cacho, asombrado porque por todo Rosario los del diario La Capital buscaban a un Schulman que había estado preso.

Reaccioné al instante, saltó la ficha de Brusa, pensé, y salí rajando para el diario.

La periodista que me hace la nota pronuncia la misma pregunta que escucharía desde ese momento como una letanía: ¿el juez participaba personalmente en las torturas, él también pegaba?

Y la misma respuesta desde entonces: ¿qué importa quién aprieta el gatillo?

Lo que hubo fue un genocidio planificado y todos los que participaron en él son solidariamente responsables por la totalidad de los hechos. Porque sin el concurso de cada uno de ellos, no se podría haber consumado el genocidio del modo acabado en que se hizo.

El punto es que, sin la complicidad de jueces como Mántaras y personal judicial como Brusa, el sistema no podría haber fun­cionado tan eficazmente como funcionó.

Si se hubiera respetado la institución del hábeas corpus…

Si alguno de ellos hubiera alentado a que se denunciaran las torturas…

Si hubieran requerido un mínimo de respeto a los niños…

Si no hubieran actuado como actuaron, ¿cuantos miles se hubieran salvado?

Que respondan pues por todo.

Por los desaparecidos, por los torturados, por los detenidos sin causa ni proceso, por los exiliados, por los que perdieron su trabajo, los estudios, la familia, y también por los robos.

33. El Robo

La pareja entró en la habitación del motel como gente que conocía el lugar.

La mujer revisó que hubiera toallas, que las sábanas estuvieran limpias, que no faltaran condones y que el televisor funcionara bien.

Le calentaban las películas que daban en esos lugares y no se atre­vía a pedirle al marido que se las alquilara para pasarlas en su casa.

El hombre sacó la pistola reglamentaria, la puso en el cajón junto con la credencial del Casino de Oficiales.

El uniforme lo había dejado en el cuartel, junto con los bor­ceguíes, pero llevó la pistola por si las dudas. A la credencial la había olvidado en el bolsillo del pantalón que usó en la última fiesta con la gente que había venido de Corrientes por unos días, para participar de ese curso de contrainsurgencia…

Se desnudó con lentitud mientras la mina se daba una ducha. Cuando él se estaba sacando el calzoncillo, abrieron la puerta de golpe y dos tipos armados lo encañonaron.

El Curro le agarró el pantalón, metió la mano en el bolsillo y sacó la billetera. No le prestó atención a los papeles, agarró los billetes, se entusiasmó con los dólares, y se los metió en el bolsillo.

Dio un paso atrás, sin dejar de apuntar al tipo, le dijo cagán­dose de risa:

–Si se te para, podes cogerla, gil de goma.

Y salió por la puerta sin saber que se había cavado la fosa. Se metió en la pieza de al lado, y en la otra, y en la otra. Al salir, manoteó una empleada y la empujó dentro del auto.

Amenazó al otro empleado. Que si lo denunciaba, volvía y lo hacía mierda. Que podía considerar eso una expropiación re­volucionaria, que ellos eran del ERP y que no les convenía abrir la boca.

A la chica la tiraron atrás, los muchachos la toquetearon todo el viaje, y al llegar a otro motel bajaron la velocidad, abrieron la puerta y la arrojaron al suelo. Pusieron la segunda, después la tercera y arrancaron para la Casita de Santo Tomé. Esa noche habría joda, la cosecha había sido buena, y hasta verdes habían conseguido.

Lo que no sabían era que los militares no se las iban a per­donar.

Apenas quedó solo, el milico le dijo a la mujer: Estos tipos me la van a pagar, ya vas a ver, ya vas a ver. Enfiló para la ciudad, dejó a la mujer en la parada de un taxi, y siguió para el regimien­to. Buscó su ropa, se cambió y enfiló para su oficina, levantó el teléfono y pidió hablar con el jefe del área.

A los dos días los detuvieron a los tipos, estaban torturando a un comunista en la Cuarta, así que hubo que detenerlos y largar al tipo.

Era el 22 de noviembre de 1977, no sé el nombre del milico que los mandó detener, pero si todavía vive, debe de estar putean­do cada vez que me ve aparecer en la tele denunciando a Brusa y todos los genocidas.

Que se joda, seguro que era tan hijo de puta como el Curro Ramos y la banda.

34. El Médico Forense

Hacía solo tres días que había salido en libertad por segunda vez.

Como aquel domicilio no había sido allanado, y yo no lo había cantado, me quedé en ese miserable departamentito de pasillo que tenía el baño en el patio. Hubo que llamar a un plomero porque, al enterarse de que yo estaba preso otra vez, Graciela tiró tantos papeles que se tapó el caño del desagüe.

Me había sobrevenido de nuevo esa angustia insoportable, la que había sufrido desde la bomba en casa de mis viejos, hasta que me agarraron la primera vez, en octubre del 76.

Para colmo, había subido a un colectivo y en un asiento estaba uno de la banda de Rebechi, con la mujer y un bebé en brazos. Me miró y se cagó de risa. Del susto que tenía casi me tiro del colectivo sin parar. No me iban a agarrar otra vez. Me senté en un bar y me puse a pensar en el bebé. ¿Cómo podía ese hijo’eputa agarrar un bebé en brazos después de torturar a mujeres?

“El amor tiene cosas que la razón no entiende”. Parafraseando el poema clásico, podríamos decir que hay horrores que la razón no comprende.

Y era verdad: cómo entender a esa bestia que se paseaba en colectivo como un pacífico pequeño burgués con su hermosa familia del brazo.

Me dolía la panza. Se me había puesto todo morada, casi negra, y muy dura. Daba miedo.

Me llevaron a un médico del Partido, un especialista en aparato digestivo y todo eso. Según él, quisieron reventarme el hígado, y la grasa del abdomen me había salvado. Bueno, me digo, por una vez en la vida alguien dice que la gordura es saludable para mí.

Me citan a una reunión con la dirección del Partido.

No lo puedo creer. Me proponen que presente denuncia por apremios ilegales; ya consiguieron el abogado que pueda asistirme, y además tienen la información de que están presos por chorros los tipos de la banda que me torturaba. Dicen que es el momento. Yo me quedo callado y lo miro a Daniel, como rogándole que me salve. No sé si es por telepatía, pero el caso es que él comienza a fundamentar que le parece una locura volver a exponerme, que no se dan las condiciones suficientes, y que todos los recursos de hábeas corpus son rechazados sin demora.

La discusión sigue y todos me miran esperando que yo decida.

Está claro que si yo digo que no, nadie me va a forzar. Pero yo también tengo algo de esa locura que tenía el Chocho, pido la palabra y digo que si el Partido decide que haga la denuncia, la hacemos, pero que si hay represalias, tienen que sacarme de la ciudad, porque ya me tienen demasiado junado. Aprovecho la ocasión para contar que lo vi a González en el colectivo.

Nos vamos al Juzgado con un abogado que no es del Partido, pero como si lo fuera. Es el doctor Roussic, que había sido socio en el bufete de Soler, apoderado del Partido en Santa Fe hasta que murió de cáncer muy joven; Roussic ha tomado la posta que dejó su compañero.

Imprevistamente, el juez ordena un reconocimiento médico. El forense coincide con el diagnóstico del nuestro:

– Si no hubiese sido por la panza, te hacían cagar.

Le pregunto al médico si tengo que llevar ese certificado al juzgado, y me dice que no. Que ellos se encargan de todo, que no me preocupe, que el juicio sigue adelante, y que con esa prueba seguro que los van a condenar.

Nunca más supe nada del juicio hasta que veintidós años des­pués, en un reportaje radial un periodista santafesino me pregunta con pelos y señales sobre la banda de Ramos, e incluso cita al doctor Orellana.

Asombrado, le pregunto cómo sabe tanto de mí, y él me in­vita a visitarlo en Santa Fe. En su casa me explica que, mientras hurgaba en los archivos judiciales, encontró la causa contra la banda de Ramos sobre el robo en el motel; y dentro de esa causa mi denuncia, las primeras acciones del juez Iribas y el certificado médico del doctor Orellana. Me regala una copia completa del expediente. Lo abrazo muy emocionado.

Por fin encontré una prueba de todo el relato que vengo re­construyendo hace años.

El expediente tiene pruebas y documentos fantásticos: un docu­mento del comisario que verifica que estuve allí en noviembre del 77; un certificado médico: el del Dr. Orellana; y las declaraciones de los integrantes de la banda, quienes con todo cinismo admiten que me torturaron.

Y hasta consta lo que dice el Curro Ramos al juez cuando éste pregunta por qué me pegaban tanto: ¿Acaso usted no sabe que este tipo estuvo preso por comunista, y que la subversión ideológica es aún más peligrosa que la armada?

35. La otra bomba

Con extrema lentitud, el auto da vuelta la esquina.

La zona está muy custodiada: en dos cuadras hay dos objetivos más que importantes. Uno es el Juzgado Federal de Santa Fe, en la calle 9 de Julio al 1600, y el otro nada menos que la Escuela de la Policía Provincial, en la misma calle, a la altura del 1700.

Es la madrugada del 1º de julio de 1979, así que es de suponer que el dispositivo de seguridad del aparato represivo está intacto, entrenado, tenso.

Sin embargo, extrañamente, nadie hace caso de los hombres que bajan y se introducen rápidamente en el edificio del Juzgado, para salir de allí veinte minutos más tarde, subirse al auto que quedó estacionado en la esquina y partir velozmente cuando las primeras luces iluminan la zona santafesina.

Víctor Hermes Brusa se ha levantado muy temprano; desayunó en el comedor de su casa y revisó minuciosamente las carpetas que llevaría en su maletín. A la mujer, somnolienta todavía, le resultó extraño que el hombre ya estuviera marchándose para el trabajo.

Brusa se instaló en su oficina y esperó impaciente la hora señalada.

Tan impaciente estaba, que casi no se dio cuenta de que, contra la costumbre, su jefe, el juez Federal Fernando Mántaras, estaba haciendo una recorrida por el Juzgado. Exactamente dos minutos antes de la explosión, el juez entró en la oficina de Brusa para saludarle amablemente y felicitarlo por lo bien que había resuelto aquella causa del enfrentamiento de la calle San Lorenzo.

Cuando estalló la bomba, justo al lado de la ventana de la ofi­cina de Brusa, todos pensaron que la acción terrorista había estado tan bien calculada que, cuando vieron al juez entrar la oficina de su secretario, la hicieron detonar a distancia. Claro que la bomba no era muy potente, apenas un poco más fuerte la explosión que una de estruendo, pero quién iba a pensar en tantos detalles ante “un atentado terrorista contra la Justicia”.

Mántaras pasó a ser le héroe de la jornada.

Se pasó el día haciendo declaraciones periodísticas contra el terrorismo internacional, que no cesaba en sus ataques contra las instituciones republicanas argentinas, e incluso tuvo tiempo para atender los llamados solidarios de sus colegas y otras personali­dades del gobierno provincial y nacional.

Exactamente lo que habían planeado los amigos de Brusa al armar la operación: darle a éste gran promoción como hombre jugado por el “Proceso” y, por eso mismo, blanco del terrorismo apátrida. Digamos, alguien merecedor de un ascenso en la carrera judicial a la que con tanta dedicación servía (o se servía, como les parezca).

De la bronca que agarró, Brusa olvidó sus deberes cívicos y se fue a chupar al bar del Club del Orden.

–Que las causas las terminé el juez, qué mierda. Ya que tuvo tanta suerte para estar en el preciso momento y el preciso lugar para cagarme la operación, que se las arregle solo.

Y frente a sus compinches, seguía protestando contra la fa­talidad: Como si el muy guacho necesitara de esa bomba para acumular más puntos de los que ya tenía.

La banda de Rebechi se puso en marcha, ahora había que encontrar a los culpables del atentado y –al menos – acumular puntos por la eficiencia de su labor de inteligencia y operativa. Había que apurarse, todos los grupos que actuaban en la ciudad, y eran muchos: los de la Side, los del Ejército, los de la Marina, los de la Federal, se habían dado el mismo objetivo, con la di­ferencia que ésos tenían que empezar de cero, hacer hipótesis, chupar gente, interrogarla hasta que saltara alguna pista digna de seguirse.

Los de Rebechi simplemente tenían que elegir a quien tirarle el fardo y listo. Decidieron hacer una jugada muy simple: volver a detener a un grupito de adolescentes de la UES que hacía poco había salido en libertad, y que ellos tenían vigilados. Sabían donde vivían, con quiénes se veían, lo que decían por teléfono y hasta lo que le contaban a los familiares de los que aún seguían presos en la Guardia o en Coronda.

Primero la levantaron a Patricia, después a Raúl, después a Viviana y por último a José Luis; cuando los tuvieron a todos arriba del celular los llevaron de vuelta a la Guardia pero, como no eran los únicos que recolectaban “sospechosos”, cuando llegaron los tuvieron que amontonar a todos en la cuadra grande. Eran como treinta, muchos perejiles, varios liberados bajo control y algunos nuevos que rondaban las casas de los que estaban marcados. Cada cual interrogaba a los suyos, por turno.

El Curro Ramos reconoció para sí lo bien que habían acondi­cionado esa cuadra de la Guardia. Una joyita. Ocho boxes de un lado, cada uno separado del otro por un tabique de madera aglo­merada toda pintadita de blanco marfil, y ocho del otro lado. Ahí adentro se podía tirar a un terro[14]15 encapuchado, con las esposas a la espalda, y tenerlo a mano, controladito. Todo fácil de desarmar y hacer desaparecer cualquier pista por si volvían a romper las bolas los de la Cruz Roja o los de la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos).

No entendía por qué mierda les daban bolilla a los familiares de los presos que andaban llorando por ahí. ¿Que querían, que los alojaran en un hotel, como si a él, cuando que le había tocado perder, no lo habían tratado también para la mierda?

A la primera que se llevó para interrogar fue a la flaca Patri­cia. Le tenía ganas desde que se la había cogido cuando era bien pendejita y estaba bastante mejor que ahora. La piba tenía una cara de terror y una pesadez en todo el cuerpo que le molestaba un poquito. Claro, ella ya sabía lo que le iba a pasar, pero bueno, por qué mierdas no colaboraba de una vez por todas.

Le empezó a pegar en las tetas y le preguntaba quién había puesto la bomba en el Juzgado, pero al rato –en un alarde de omnipotencia– se puso a contarle con lujo de detalles en qué auto habían ido, cuántos gramos de troytil habían puesto al caño y cuánto habían tenido que darles (bueno, la guita no la pusieron ellos, sino el degenerado de Brusa) a los custodios del

Juzgado para que los dejaran trabajar tranquilos.

Los de la Escuela de Policía eran de ellos, así que los arregla­ron con chauchas y palitos. Estaba interrogando a la Vivi, cuando Rebechi le dijo que la cortara.

Que había estado en una reunión de coordinación y los del Side informaron que ellos ya habían resuelto el caso: que tenían al grupo identificado y los delincuentes ya habían firmado la confesión. Y que ya habían informado a Buenos Aires con lujo de detalles.

Que se le va a hacer, dijo el Curro, no se pueden ganar to­das.

36. La mudanza a Rosario

En diciembre del 77 vino el Kali a convencerme de que me fuera a vivir a Rosario para reforzar allí el trabajo de Derechos Humanos de la Fede.

Todos sabíamos que era para que no me mataran, pero decirlo así parecía que vulneraba la fortaleza del Partido, así que todos hicimos de cuenta que era una promoción normal. Para fortalecer el trabajo de Derechos Humanos y todo eso. La Fede de Santa Fe me organizó una despedida en un club.

Conseguimos a un brasileño que cocinó para nosotros una feijoada lo que era toda una novedad. Todavía no había llegado el tiempo de la “plata dulce” y casi nadie salía del barrio.

Juntamos como cincuenta o sesenta compañeros en una co­mida. Antes de irme, decido ir a ver el clásico de Colón y Unión, aunque sé que es una exposición al pedo, pero tengo la intuición que es el último clásico de mi vida. Empatamos uno a uno en la cancha de Unión, buen resultado aunque pésimo partido. Mi hermano Pablo, que se fue a vivir a Rosario después de Coronda, vino a verlo conmigo.

Nunca más volví a una cancha de fútbol en Santa Fe, y pocas veces volví a verlo jugar a Colón. Una de las pérdidas que más he sentido, casi como una mutilación, es la de perder el entusias­mo por el fútbol. Y para colmo dejar de ver a Colón jugar en el Cementerio de Elefantes.

Armamos todo un operativo para la mudanza.

Aunque se supone que la casa sigue siendo segura, vamos a utilizar dos camiones. Con el del viejo Nadalutti, sacaremos los muebles de la casa, para llevarlos hasta la puerta de la casa de un compañero poco conocido; de allí los transportamos en otro camioncito, el mismo que me va a llevar a Rosario. En Rosario está toda mi familia, mi vieja y mis dos hermanos.

Habíamos perdido la casa de Santa Fe, y la poca guita que ob­tuvimos por ella alcanzó para un departamento de pasillo, bastante venido a menos. Lo único bueno que tiene es que una tía vive cerca, y con nosotros la vieja tiene compañía. Ha pasado toda su vida en Santa Fe; allí quedaron las amigas del club Peretz; allí quedó su actividad en los clubes de Madres, su escuela de artesanías. Ella está más desarraigada que cualquiera de nosotros, porque al menos nosotros tenemos la militancia.

El camión pasa por delante de Coronda. Miro con atención la torre de agua de la cárcel, pero la autopista por la que vamos pasa lejos y no alcanzo a ubicar geográficamente los pabellones. El viaje es sin problemas, descargamos y nos vamos a la cama. Duermo tranquilo, con la sensación de estar más seguro, lejos de Rebechi y el Curro Ramos.

Me despierto temprano y me pongo a acomodar la cocina, pienso en preparar algo rico para festejar la nueva libertad.

Tocan el timbre, camino el pasillo con la Mechi ladrando, abro la puerta y me da un ataque. Un camión del Ejército está frente a la puerta, y un atento zumbo toca el timbre. Abro la puerta como muerto, el tipo pregunta si soy del departamento “A”, y cuando estoy por decir algo, no sé qué, desde atrás de mí, acomodándose la pistola en la cartuchera del muslo, un gendarme grita:

– Qué boludos, tocaron mal el timbre y despertaron a esta gente que acaba de mudarse anoche.

Me quiero morir, tanto quilombo para venir a mudarme justo al lado de un milico.

El gendarme me tiene obsesionado.

Para colmo, en una de las primeras charlas la mujer le cuenta a Graciela que vienen de Coronda, donde el tipo era oficial de guardia. Se me entra en el bocho que el tipo me tiene junado, y que simplemente se está haciendo el boludo para seguirme y agarrar más compañeros.

Me reúno con el Chocho y armamos un plan de seguridad. Tengo que inventar una leyenda y cumplirla al pie de la letra: decido que trabajo de vendedor de muebles de oficina. Hasta me hago una tarjetita con datos falsos y el teléfono verdadero de un compañero que tiene un pequeño comercio y sabe lo que tiene que decir si alguien pregunta por mí.

Todas las mañanas me visto con saco y corbata y salgo a la misma hora, como si tuviera una rutina laboral.

No me importa que el gendarme se vaya a las seis y la mujer antes de las ocho, igual yo salgo siempre alrededor de las nueve y media de la mañana.

La mayoría de las veces no tengo nada que hacer temprano, y entonces me voy a leer el diario a una plaza; después paso a saludar a mi vieja, y me vuelvo caminando despacio.

La mujer del gendarme es bastante ingenua, casi medio boluda, y cuenta todo: que estuvieron en Coronda, que a ella no le gustan los militares, que son de Buenos Aires y están solos, así que se viene a ver televisión a casa y el gendarme la viene a buscar cuando vuelve de la guardia.

Todo es medio loco porque la tarea que me dieron es la de coordinar la labor de la Fede en los movimientos de derechos humanos, así que tengo que ir seguido a Ricardone 58. Una casa antigua de altos donde la Liga ha establecido su local, el primero que funcionó en Rosario, y donde se reunían los familiares de los desaparecidos y de los presos políticos.

37. La Fermina

El referí toca pito y termina el partido.

Los jugadores son amateurs pero no improvisados; éste es un partido de la Liga del Sur que agrupa a un montón de equipos de Rosario y algunos pueblitos cercanos. El Ñato jugaba para un equipo del barrio Echesortu, y la mamá está recorriendo cancha por cancha para hablar con los jugadores.

Si el Ñato la viera ni la reconocería.

Ella, tan sencilla y callada, ahora ha tomado la palabra y les habla a los veintidós jugadores y los tres árbitros. Que el Ñato es un muchacho de trabajo, que no hizo otra cosa que defender a los muchachos, que para eso era el secretario del sindicato de Mosaístas, que lo tienen detenido injustamente y que si juntamos muchas firmas, si protestamos lo suficiente, vamos a lograr que salga en libertad. Y que vuelva a jugar con ustedes.

Y todos firman. La madre junta planilla tras planilla.

Recorre las canchas de fútbol, los bares, los pocos estable­cimientos que sobreviven a la importación, y las iglesias, los sindicatos.

Hace todo lo que el Partido le dice que haga. Así, viaja a Bue­nos Aires para entrevistarse con uno del ministerio del Interior, y a Santa Fe a ver un militar del Área 212. Un día llega contenta a la visita en Coronda:

– Te va a visitar Zaspe, el obispo, vas a ver que te va a ayudar. Parece tan buena persona, y me atendió tan dulcemente…

El Ñato estuvo preso desde marzo de 1976 hasta mediados de 1982.

A Fermina la conocí a principios del 78 y militamos juntos casi hasta la fecha de la libertad del Ñato. Unos meses antes, me pasaron al frente sindical y dejé de ir seguido a la casa de Ricar­done 58, donde seguían reuniéndose los familiares, los abogados y los compañeros de la Liga. A los tres meses de salir el Ñato en libertad, ella se desplomó como un pajarito tocado por una piedra. Toda la fuerza que había juntado para luchar la había mantenido en pie, y al lograr lo único que le importaba por entonces en la vida, se quedó sin fuerzas y se cayó.

No se recuperó, y no quise volver a verla.

Preferí recordarla contándome entusiasmada que en la zona del cementerio La Piedad, dos curas y tres equipos de fútbol ha­bían firmado el petitorio. Y que ella sabía que faltaba poco, que el Ñato ya iba a salir.

38. El Obispo

Una de las primeras visitas que hago en libertad es a Zaspe, el obispo de Santa Fe.

Pregunto cómo debo tratar a un obispo ya que soy una especie de judío renegado que jamás pisó una iglesia en su vida, y no quiero meter la pata.

Conozco todo lo que Zaspe ha hecho por los presos, y por mi propia libertad.

Me preparo para besar el anillo del obispo, pero Zaspe se levan­ta de su sillón y me abraza emocionado. Tanto que me hablaron de vos y recién te conozco, qué alegría que estés bien, dice Zaspe.

En Coronda se hablaba muy bien de él.

Se contaban diversas historias: de cómo se jugó a favor de los presos, y de cómo los milicos ahora no lo querían dejar siquiera venir a dar misa y, en cambio, sí dejaban moverse con toda soltura a un cura, Romagnoli, que actuaba como informan­te y jugaba el mismo jueguito que Brusa: te recomendaba que firmaras, que delataras, que colaboraras, así no volvías a cobrar con la patota.

Monseñor Vicente Faustino Zaspe murió años después a conse­cuencia de los golpes sufridos en un accidente automovilístico.

Cosa extraña, o milagrosa, dirán los creyentes tipo Videla, cuatro obispos murieron a consecuencia de accidentes automo­trices. Y los cuatro eran, cada uno a su manera, “políticamente inconvenientes”.

El primero fue el Obispo Mártir Enrique Angel Angelelli, a quien atropellaron desde atrás al salir de Anillaco, para luego rematarlo en el suelo. El segundo fue el Obispo Carlos Ponce de León, obispo de San Nicolás; sufrió un accidente que terminó con su vida. El tercero fue el propio Zaspe, y en 1998, de igual manera murió el obispo de Santiago del Estero, Gerardo Sueldo. Parece que alguien tiene un formulario que dice: cómo eliminar obispos molestos, y comienza con un listado de vehículos en condiciones de golpear a un auto y provocar daños severos en sus ocupantes.

El Obispo no sólo me recibe con un abrazo; sobre su escritorio ha dejado un ejemplar de Orientación, el periódico semi -legal del Partido por aquellos años.

Pero no hablamos mucho de política partidaria, Zaspe quiere saber como están los presos y pregunta todo: qué comen, cómo duermen, si les pegan, quién les da asistencia religiosa; y escucha con mucha atención, aunque tengo la percepción de que él conoce perfectamente todo lo que sufrimos.

Luego paso yo a realizar denuncias muy puntuales sobre la suerte de dos compañeros de la Fede santafesina que estaban haciendo la colimba: uno es Ítalo, a quien en la base Belgrano, cuando descubrieron que era de la Fede, lo ataron de los pies y lo llevaron colgando de un helicóptero por toda la base, para termi­nar bajándolo en un edificio alejado, donde lo interrogaron los de Inteligencia Militar, con aire de perdona vidas.

El otro compañero se llamaba Danilo Nadalutti y en el ejército lo hostigaban por sus antecedentes familiares. Y es que el viejo Nadalutti era de la estirpe de Chocho o de Don Pepe Sorbellini: había resistido un allanamiento de la patota a puro disparo de escopeta de caza y seguía mudando compañeros y muebles con la misma camioneta diesel que usó para mudarme dos veces bajo la dictadura.

Seis meses más tarde de la entrevista, y de nuestra denuncia del acoso sobre el soldado comunista, Danilo apareció muerto en la sala de Armas con un balazo en la cara. El informe del forense dijo que había sido un accidente, fruto del descuido de Danilo; pero en aquel tiempo, nosotros ya lo denunciamos como un asesinato más de los sufridos por la izquierda.

Zaspe toma nota de todo, y una y otra vez se compromete a hacer todo lo que pueda, pero insiste en que lo que puede, no es mucho. Me mira a los ojos, y me dice casi en tono de súplica que espera que entienda que no está en sus manos salvar la vida de los compañeros.

Al terminar, le pido, y me da, una carta de recomendación para que los muchachos de la Juventud Católica se interesen más por el tema de los Derechos Humanos.

No son pocas las iglesias que aceptan ofrecer misas por la libertad, pero no resultan suficientes. Para detener al monstruo puesto en acción hace falta poner en movimiento a buena parte del pueblo. Por eso, apenas salido de la cárcel, la Fede me enco­mendó ayudar a formar en la provincia el Seminario Juvenil de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

Pero no me alcanzó el tiempo.

Me volvieron a chupar antes de lo pensado.

39. Día de playa

Decidimos con la Mechi ir a la playa.

Agarramos el NSU que estaba recauchutado, pusimos unas toallas en un bolso y nos fuimos al Parque del Sur.

La mamá de la Mechi vivía a dos cuadras de la casa de la calle Primera Junta, la de mis viejos, donde pusieron la bomba en diciembre del 75. Nos conocíamos de chicos, pero recién nos hicimos amigos cuando la encontré en una fiesta de la Fede de Rosario, en el local de la calle Pueyrredón.

Debió ser para las fiestas de finalización del año 73 que la pasamos tan lindo que hasta da pena acordarse. Nosotros íbamos todos los años a pasar las fiestas de fin de año con la familia de mi mamá, incluso después que se murieron mis dos abuelos maternos. Para mí eran como mini vacaciones porque íbamos para Navidad y recién volvíamos para Reyes.

Ese 31 de diciembre tan dichoso para todos, después de las doce de la noche nos encontramos en el Monumento a la Bandera. Me acuerdo bien porque éramos como cien, y tomábamos sidra sentados bajo los árboles que estaban casi sobre el río, frente a la calle Rioja. La Mechi me presentó al Ciego pero como él no me dio mucha bola, yo tampoco le presté mucha atención.

Después nos vimos más seguido; sobre todo cuando el Cacho se fue a vivir a Rosario y todos ellos terminaban la noche en el bar de un tipo que finalmente se afilió al Partido.

Así que me acostumbré a que, cada vez que iba a una reunión a Rosario, después me quedaba en el boliche de la barra, y recién en la madrugada me volvía a Santa Fe. Me extrañó que en pleno verano, en ese febrero terrible del 76, ella anduviera por Santa Fe.

Pero hice no hice el menor comentario; ya sospechaba que ella hacía alguna tarea especial.

Encontramos un lugarcito, nos acomodamos y nos metimos al agua que como siempre estaba bastante sucia y casi tibia, pero era mucho más cerca que ir a Guadalupe y no había peligro de que te mordiera una palometa.

Le cuento que en la casa de Graciela se alojó un tipo de la Fede, al que yo no vi, pero que dice llamarse Fabián y que está esperando para irse a Cuba, porque los fachos lo quieren limpiar no sé por qué. Le preguntó si sabe algo y Mechi me dice que nada.

Después nos ponemos a discutir si habrá o no habrá golpe, y si alguien podrá parar la locura de muerte en que estábamos metidos. Pasa una mina muy jovencita con un viejo de la mano. La Mechi se caga de risa porque me quedo mirando a la chica, pero es que, en realidad, me estoy acordando de una conversación de Graciela con Fabián; no sé por qué se me ocurre contarla ahora.

–Sabes que el tipo este, el Fabián, el que estaba fugado, tiene un mambo en la cabeza porque la novia es más vieja que él, y no sabe si quedarse con ella o largarla.

–¿Y Graciela qué le dijo? – pregunta la Mechi, demostrando en el asunto un interés algo exagerado.

–Qué sé yo, supongo que si se quieren no importa la edad, sino fíjate en aquéllos dos que vimos pasar; la chica no parecía un gato, ¿o sí?

Cuando nos levantamos para irnos, nos damos cuenta de que toda la playa está rodeada de soldados que se han apostado allí y paran los autos que pasan. Por suerte al mío lo dejamos como a cuatro cuadras.

Tomo a Mechi del brazo, y con toda la calma que podemos reunir, caminamos entre los milicos que ni nos prestan atención.

La Mechi no dijo nada, pero esa noche se tomó un colectivo a Buenos Aires.

Llevaba un bolso con toda la ropa que pudo meter adentro, lo que no le entró, la metió en una bolsa y le dijo a la madre que me llamara para que la pasase a buscar.

A la madrugada siguiente tomó un avión a Cuba, iba a encon­trarse con Fabián, el Ciego, o como diablos se llamara.

40. El Ciego en Cuba

– Y usted compañero, ¿que dijo qué quería hacer en Cuba? – preguntó el mulato vestido con guayabera.

Estaban en una residencia de protocolo[15] por la zona de Mi­ramar, en una de esas casas formidables que la burguesía cubana había construido con un buen gusto y un confort casi increíble para los años en que se edificaron: entre los 30 y los 50, y que la Revolución hizo suya cuando la mayoría de los burgueses de La Habana huyó a Miami creyendo que a Fidel lo tumbaban en unos meses. Ésta, hasta pileta tenía, y el Ciego estaba molestísimo con la situación. El confort excesivo lo fastidiaba.

–Bueno, compañero, no es lo que yo quiera o no quiera, sino lo que la dirección del Partido argentino discutió con ustedes; que yo pueda prepararme en Cuba como un cubano normal y corriente, sin ningún privilegio.

–Pero es que normalmente ningún extranjero se prepara en Cuba como tú quieres. Menos que menos, alguien de un Partido que está bajo dictadura militar y proclama que no va a practicar la resistencia armada.

–Bueno, pero es que yo algo tengo que hacer hasta que pue­da volver, y claro que en la Argentina no me van a dejar entrar a la Escuela de Oficiales, ¿o usted no sabe en qué país vivimos nosotros?

–Bueno chico, no te sulfures y no comas mierda, que yo conozco la Argentina mucho más de lo que tú te imaginas; que yo estuve en la primera misión diplomática de la Revolución, que yo soy uno de los que echo Frondizi cuando los yanquis se lo impusieron, recuerdas después que el Che lo visitó de incógnito luego de lo de Punta del Este.

Después el Ciego se dio cuenta de que el mulato lo estaba tanteando, que ya tenían la decisión tomada y no era cierto eso de que no había ningún extranjero en el Centro, porque esos mu­chachos del segundo pisos no eran cubanos, se notaba de sobra que eran todos chilenos.

Y al cabo de unos meses, cuando empezaron a visitarse, se fue enterando de por qué estaban allí. En realidad el que desentonaba era él.

Después que le mataron gente suya de la Embajada en Buenos Aires, los cubanos empezaron a disimular menos su disgusto con la dirección del Partido argentino, a pesar de que el trato con él seguía siendo excelente, y a la Mechi le habían dado todas las posibilidades de terminar la carrera de medicina.

Una tarde, los chilenos le llaman a su casa y le confían algo fa­buloso: los sandinistas están a punto de tumbar a Somoza y aceptan una brigada del Partido chileno que vaya a pelear con ellos.

– Y si nos apuramos, hasta es posible que nosotros mismos entremos a Managua – dice el Roto.

El Ciego volvió como borracho al Centro, y estuvo toda la tarde volando, sin darle bola a ningún instructor. A la noche lo consultó con la Mechi, bah, le informó que él se iba a Nicaragua y que le parecía que ella tenía que terminar la carrera, y además recién había nacido el Colo, y alguien tenía que cuidarlo, ¿no?

Lo único que dijo la Mechi era que no se podía ir sin avisar al Partido, que no podía ser toda la vida un anarco, que él no estaba allí por la suya, que aprovechara que iba a pasar uno de la dirección de la Fede de paso para Europa, y que consultara.

El cumpa de la Fede dijo que a él le gustaba la idea, que todas las Juventudes Comunistas estaban preparándose para ayudar al sandinismo, pero que la última palabra la tenía el Partido. Que se preparara, y que si llegaba el acuerdo, él se iba con los chilenos, y si no, ya verían la forma de engancharlo con alguna otra brigada que fuera para Nicaragua.

Faltaban tres meses para partir y decidieron realizar una pre­paración especial bajo el mando de los propios sandinistas que estaban allí. Pero la respuesta del Partido no llegaba y los días pasaban. El Ciego tomó una decisión, si no llega ninguna directiva en contra, me voy con los chilenos a Nicaragua. El día del viaje se levantó a las cinco, se puso a jugar con el

bebé hasta que se levantó la Mechi; tomaron mate, hicieron el bolso juntos y arrancaron para el aeropuerto.

Estaban ya en la sala de espera cuando llegó el Mulato casi corriendo. Lo siento, Ciego, llegó una comunicación oficial del Partido, no quieren que vayas. Que termines los estudios que viniste a hacer, que ya va a haber tiempo más adelante.

El Ciego protestó, alegaba que debía haber un error y se resistía a bajarse del avión hasta que el Mulato se enojó y le dijo:

– Oye niño, que la carta es del mismo Arnedo, que si ustedes no quieren pelear contra nadie, qué culpa tengo yo. Me parece que el que está equivocado eres tú, niño.

Para el ciego fue como un mazazo en la cabeza. Agarró su mochila y se bajó despacito, casi sin hacer ruido para que no se notara que se estaba bajando. Como si los otros compañeros no hubieran escuchado, estupefactos, el diálogo con el Mulato.

Uno de los chilenos se arrancó el cinturón de seguridad y corrió detrás de él hasta alcanzarlo. Le puso el brazo en el hombro, lo dio vuelta suavemente y le pegó uno de esos abrazos que dicen todo. El Ciego se sacó los lentes, se secó las lágrimas y siguió caminando para la salida.

Ni siquiera esperó que el avión despegara, se tomó un taxi y huyó con la Mechi. Esa noche no durmió, puteó todo el tiempo y se decidió a la madrugada: se sentó en la cocina, agarró un papel y escribió su renuncia al Partido.

Cuando la Mechi se levantó a la mañana y vio la carta, la rompió en pedacitos, le dijo vos estás loco; ese Partido es nuestro y si hay que cambiarlo, lo vamos a cambiar. Pero no podemos irnos porque es nuestra vida, boludo. Y de nuestra vida no nos podemos ir.

41. Peón Cuatro Rey

Peón cuatro rey.

Alfil tres dama.

–No burro, cómo vas a mover el alfil, ¿no ves que la reina te queda debilitada?

–Tendrías que haber jugado la torre, torre 6 dama, y te comías un peón.

–Pero, loco, ¿quién juega?, ¿ustedes o yo?

Creo que no jugaba al ajedrez desde la escuela primaria, cuando el maestro de gimnasia nos enseñó lo rudimentario y jugábamos en casa con mi hermano Pablo; él sí se aprendió algunas jugadas, de ésas que salían en las revistas. Yo, en realidad, nunca aprendí mucho más que los movimientos básicos y dos o tres jugadas tipo enroque o jaque pastor. Pero en la Guardia, y después en Coronda, cuando había oportunidad, trataba de jugar todo lo que podía.

En la Guardia había un par de juegos de ajedrez, de esos de madera con las fichas grandes. Lo usábamos bastante; y en Coronda nos fabricábamos el juego con la miga de pan amasada primero, y luego modelada. Las fichas de color negro se hacían con un poco de cenizas de papel higiénico mezclado con la miga de pan fresco amasada, y el tablero lo hacíamos trazando líneas con un pedazo de ladrillo en el banquito.

Ahora estábamos jugando por la ventana, tipo ajedrez a dis­tancia, y los vecinos del barrio intervenían en el juego, como si se tratara de una partida colectiva.

Si el día tiene veinticuatro horas, las cuentas eran sencillas: se dormía de doce de la noche a seis de la mañana. Entre desayuno, almuerzo, merienda y cena podíamos ocupar –como máximo – de dos horas y media a tres; además podías tener un recreo de una hora, si no estabas castigado; así que te quedaban no menos de quince horas libres. Bueno, no quince horas libres, sino quince horas preso.

La apuesta del sistema era que esas quince horas fueran las que te destruyeran, que te deprimieras hasta el punto de enfermarte, y que la pérdida de esperanzas en un horizonte mejor te llevara a abjurar del pasado.

De que te arrepientieras de tu militancia.

En un poema de sus días finales, Pablo Neruda se pregunta qué les pasa a los dictadores cuando se quedan solos, definitiva y efectivamente solos. Cuando se quedan sin guardaespaldas ni alcahuetes, sin secretarios serviles ni jóvenes prostitutas. Solos, dice Neruda, cuando los tipos se quedan solos, ¿cómo mierda se aguantan lo mierda que son?

¿Y nosotros?

¿Qué pasa cuando somos nosotros los que quedamos solos, pero realmente solos, sin Partido ni compañeros, sin mujer ni familia, sin amigos ni vecinos?

Solos, totalmente solos frente a un enemigo que se te muestra omnipotente. Que te puede matar o torturar, o cagarte de hambre, o matarte de frío, o de calor. O lo que quiera.

Solo. Solo, cuando todo parece derrota, y el que hasta ayer era tu referente se quebró en la tortura y te cantó. O cantó a la novia. O a la hermana de la novia.

Solo. Digo solo, como cuando estás en la parrilla y te pasan la maquina[16] por el cuerpo y deseas con todas tus fuerzas que eso termine como sea.

Aunque sepas que en ese “como sea” se juega tu propia vida.

Por eso, la primera estrategia de supervivencia es romper la soledad del preso, romper la estrategia del enemigo de aislarte para quebrarte. Y por eso la “pavada” del ajedrez, o de los cursos, o el negarse a hacer lo que a ellos se les canta en las bolas, y también por que sí.

Porque sí, cantar cuando está prohibido.

Porque sí, caminar juntos, aunque ellos digan que hay que hacerlo de a uno en la fila del recreo.

Y porque sí, transformar ese grupo de presos aislados, solos en su terrible derrota, en un colectivo que resista como pueda. Así aprendimos a valorar los puntos donde se afianza la unidad, y a dejar a un lado las diferencias secundarias.

Un aprendizaje forzado por el enemigo, y que, lamentable­mente, pocos mantuvieron al volver.

Costó mucho internalizar que lo que nos unía era mucho más que lo que nos separaba. Pero no bien lo aprendimos, transforma­mos las cárceles en puntos de resistencia, en trincheras avanzadas en territorio enemigo.

Y por eso los carceleros odiaban tanto a los “barrios”, a esas comunas de presos políticos que de un modo casi absurdo se concentraban en organizar un curso de instalación eléctrica o de historia de la Revolución Rusa, o de estrategias ofensivas en el básquet.

Porque en esos años, aunque ninguno de nosotros sabía mucho de Gramsci, todos habíamos aprendido con el cuero que la forta­leza nuestra era la debilidad de ellos. Que si conseguíamos algún poder, ese poder se lo restábamos al de ellos.

Y que lo que estaba en el medio de ese juego de poderes, era nada menos que nuestras propias vidas.

42. El Elefante Blanco

– ¿Quieren té o café? – pregunta la camarera.

Jorge pide té y masitas secas. Son las doce de la noche, hace cuatro horas que cenamos y tenemos hambre; no estamos acos­tumbrados a los horarios europeos. Majestuoso, el tren atraviesa la noche rusa en medio de la nieve, y por un paisaje de bosques tan bello, que parece de película. Es como si estuviésemos viéndolo en un cine.

A Jorge hacía años que no lo veía; creo que fue desde una reunión en Quilmes con motivo de la visita de la CIDH a Buenos Aires, y eso había sido por el 78 o el 79, o sea, unos cinco o seis años atrás. Pero con él me pasaba algo bastante extraño; aunque nos viéramos una o dos veces por año, yo a él lo sentía muy cer­cano, alguien en quien podía confiar lo más intimo. Y creo que él correspondía aquel sentimiento. Nos habíamos conocido en el 68 o el 69, yo era el responsable de los estudiantes secundarios de la Fede de Santa Fe, y él lo era de la provincia de Buenos Aires. Recuerdo bien que era el único porteño que me acompañaba a Plaza Once (todavía no existía la estación de ómnibus de Retiro) a comprar el pasaje de vuelta, y se quedaba conmigo, tomando café en La Perla, hasta que saliera el ómnibus.

Cuando lo encontré de vuelta, en el 79 o el 80, yo le conté que había estado en cana; él me relató que había estado muy metido en la Liga y, en general, en todo el tema de los presos. En una de esas misiones, recordaba, como ni siquiera se podía conseguir un lugar seguro donde dormir en San Nicolás, se pasó toda una semana durmiendo en el colectivo que iba de San Nicolás a Bue­nos Aires, ida y vuelta. Se subía a un ómnibus Chevallier en San Nicolás a las diez de la noche, y a las tres de la mañana se tomaba otro de regreso. Así, a las siete de la mañana ya estaba de vuelta en San Nicolás, en el bar donde se reunía con los familiares de los presos políticos.

Él seguía en la Fede, y a mí me habían mandado al Partido de Villa Constitución. Un Partido que había salido de la dictadura casi exhausto, pero con un prestigio y un peso en el movimiento sindi­cal insólito para los comunistas de aquellos días: estábamos en la dirección de la nueva Comisión Directiva de la UOM, recuperada de la burocracia gracias a una lucha espectacular en diciembre de 1983, cuando Tito Martín y Carlos Sosa habían sido figuras im­prescindibles en el retorno de Alberto Piccinini a la dirección del gremio. Dirigíamos la Fraternidad, el gremio de la Construcción, la interna de Cilsa, una empresa textil importante. Y por supuesto que manteníamos la dirección de la Unión Ferroviaria, desde la que habíamos operado históricamente en todas las luchas, incluido el Villazo de 1974[17].

La incorporación a ese colectivo de verdaderos revolucionarios, proletarios de pura cepa, con una experiencia de lucha sindical y política de décadas, me dio una visión de las cosas y un aprendizaje que me cambiaron profundamente como militante. Pero me habían alejado de los dimes y diretes de la dirección provincial y nacional de la Fede, a la que había estado vinculado por años.

Jorge, quien, por el contrario, había pasado a ser director de la revista de la Fede, y en ese momento estaba aprovechando el viaje para hacer acuerdos con el Komsomol (organización juvenil comunista de la Unión Soviética) estaba bien al tanto de los debates de una Fede convulsionada por el desastre electoral del 83 y la formación del Frepu (Frente Popular) en el 85.

Ya me había sorprendido en una reunión con los chilenos, cuan­do después que Alberto explicara que el gobierno de Alfonsín era fruto de la victoria popular contra la dictadura, él pidió la palabra y prefirió hablar de las estrategias yanquis después de la derrota en Nicaragua, y pareció insinuar que la vuelta a la democracia era más una decisión de los yanquis que una conquista nuestra.  No se bien si los chilenos percibieron el matiz entre un punto de vista y el otro, pero yo comencé a prestar más atención a lo que Jorge decía.

Aquella noche en el tren, habíamos enfilado para el lado de la Historia, y él empezó a explicarme su postura sobre el último libro de Leonardo Paso[18].

–Es de un marxismo liberal, y nosotros necesitamos un mar­xismo nacional y popular, como el sandinista.

Eso me dijo, y siguió hablándome de gente casi desconocida para mí como Mariátegui, Hernández Arregui, Cooke o Gramsci. Jorge estaba convencido de que había que producir un cambio gigantesco, copernicano. Fue la primera vez que escuché la pa­labra “viraje”.

En algo no nos pusimos de acuerdo: él veía que el Partido estaba agotado, lleno de burócratas que sólo aspiraban a conser­var el sillón que, al menos, les daba cierta seguridad en la vida, y yo pensaba que el Partido conservaba vitalidad y capacidad de cambio. A pesar de los burócratas.

Yo conocía de cerca de esa clase de personajes. Y también me tenían harto, asqueado. Uno de ellos, cuyo nombre prefiero olvidar, había tenido el tupé de recomendarnos defender la línea adoptada por la dirección durante la dictadura, con el argumento de que no habíamos perdido ningún dirigente importante del Par­tido. ¿Y Cafaratti qué era?; pensé para mí; ¡cabrón hijo de puta! Pero lo miré a Jorge y nos quedamos callados. No era con esos idiotas la discusión.

Pero yo también lo conocía al Chocho, a Tito, al Ñato, a tantos que dentro o fuera de la cárcel me habían demostrado que algunos sabían ser comunistas de verdad, y no esas caricaturas amarillentas que rondaban la Casa de Piedra.

Al fin me salió el intolerante que llevo adentro, y dije a Jorge:

–Bueno, podría ser que el Partido sea como un elefante blanco al que cuesta un huevo pararlo, pero guay si ese elefante blanco se pone en marcha en la dirección correcta, que ya verás lo que pasa en la izquierda.

Nos pedimos la última vuelta de vodka, el cielo de la noche boreal se estaba poniendo anaranjado. Pagamos y nos fuimos a dormir. En dos horas llegaríamos a Leningrado y nadie quería perderse la visita al Palacio de Invierno, al acorazado Aurora y a la casa quinta donde pasó los últimos días Lenin, cuando ya intuía que el sueño eterno de la Revolución estaba en peligro.

Aquella discusión con Jorge la seguimos a la vuelta, antes, durante y después del XVI Congreso del Pecé. Ya los dos coinci­díamos en que había que cambiar, y mucho; pero siempre volvía el tema del “elefante blanco”: que si el Partido podía o no podía cambiar en serio.

Y él que no, y yo que sí.

Después del Congreso, yo pasé a la dirección de la provincia de Santa Fe, y él a la dirección del periódico comunista, y como yo viajaba seguido a Buenos Aires, aprovechamos para vernos más seguido.

Habíamos empezado a trabajar un libro colectivo sobre las experiencias sindicales de los 70, y quería que yo investigara sobre el Villazo. Años más tarde saldé mi deuda con la biografía de Tito Martín, la que se fue extendiendo hasta acercarse bastante a aquello que Jorge me pedía en el 87.

Una noche, estando yo en el Comité Central, me habló por teléfono; estaba muy enojado con la dirección del periódico y amenazaba con renunciar a todo. Como yo le conocía esos ataques de histeria política, lo calmé, y le arranqué la promesa de que no haría nada hasta no hablar conmigo personalmente, y después pensarlo mejor. Me pidió entonces que fuera esa misma noche a su casa; que estaría esperándome. Le dije que sí, porque estaba decidido a ir, pero una serie de infinitos pequeños problemas me fueron deteniendo en el Central, hasta que a media noche se largó a llover.

Me quedé allí y, al terminar la reunión, al otro día salí disparan­do para Rosario porque tenía que hablar en un acto aquel sábado a la noche. En la madrugada del lunes, me despierta una llamada telefónica: Jorge había fallecido por un ataque de asma que derivó en un infarto cardíaco. Varios pensaron que había usado el aerosol nebulizador con desesperación y alevosía. Como si hubiera querido suicidarse. Pero yo nunca me convenció esa versión suicida.

Todavía me duele mucho que ya no esté, y cuando algo mejora en el Partido, me acuerdo de Jorge.

A veces, en medio de alguna reunión, me pasa como que soltase amarras y me largara a volar. Y ya no le doy bola a nadie: cerré los ojos, me escapé de la reunión y me fui a discutir con Jorge. Algunos creerán que estoy algo piantado. Es que soy testarudo y no renuncio a ganarle esa discusión que empezamos en aquel viaje por las estepas rusas.

Que todo cambia si uno es firme, paciente y perseverante.

Hasta los elefantes blancos.

43. De regreso de Managua

Durante los primeros años vividos en Rosario, casi siempre me moví en la zona norte, donde estaba la casita que tenía al Gendarme como vecino, y en el centro de la ciudad. Poco en la zona sur.

En la casita del barrio Ludueña fuimos ganando en tranqui­lidad.

Al cabo de un año o año y medio, el gendarme se mudó, y el otro departamento del pasillo quedó vacío, con lo cual todo mejoró. Además, el dueño del departamento, que vivía en la casa de adelante, ya que él mismo lo había construido, cosa bastante común entre los trabajadores inmigrantes que veían en la propie­dad inmobiliaria el ahorro más seguro, resultó ser un amigo del Partido, tal como me contó un dirigente vecinalista que también vivía en el barrio.

Así la convivencia mejoró mucho, y también la sensación de seguridad, ya que el gringo del frente era muy popular en el barrio y, poco a poco, él nos fue presentando a los vecinos y “legitamán­donos” como gente conocida. Y, por ende, confiable por aquellos años en que los medios bombardeaban con advertencias sobre la pareja subversiva típica: “Son jóvenes y se mudan frecuentemente. Leen diarios. Tienen hijos pequeños (gran descubrimiento cien­tífico: ¡las parejas jóvenes tenían relaciones sexuales y de ellas nacían niños!) El hombre hace las compras y le ayuda a la mujer. Reciben visitas, etc., etc.”

No cuesta entender que cualquier mudanza generase cierta inquietud en alguna gente.

El tema fue que, al recibir la cita en una esquina de la zona sur, casi cerca del frigorífico Swift, tuve que preguntar cómo llegar y cómo orientarme en el lugar.

Cada reunión relativamente grande requería todo un operati­vo de seguridad: te daban una cita previa, de allí te mandaban a otra y recién ahí te metían en algún lugar, que podía ser un club, un salón de fiestas o algún otro sitio con capacidad para veinte o treinta personas, y que tuviera buena cobertura.

Estuve, aunque parezca extravagante, en un salón velatorio, a la espera de que me levantaran para llevarme a una reunión del Comité Provincial del Partido.

Pero esa otra vez, finales del 79, el lugar era bastante agradable: un club de ucranianos con patio de verano; la leyenda era una fiesta de despedida de una pareja que se volvía a Ucrania.

La reunión la había armado el frente de literatura, y el motivo era presentar un primer folleto sobre la recién triunfante revolución sandinista en Nicaragua. La primera sorpresa la dio el Eber, que entonces era el responsable de esa actividad, cuando nos anunció que para presentar el folleto había venido un compañero argentino recién llegado de Centroamérica.

Antonio empezó el relato informando que había viajado pocos días después de aquel 19 de julio para llevar un aporte solidario de 25 mil dólares de nuestro Partido al Partido hermano de Nicaragua, que, para la dirección del nuestro, seguía siendo el viejo Partido Socialista Popular de Nicaragua, fundado en el 44 a instancias de Earl Browder[19], y bajo la óptica de que el mundo iba a la conver­gencia del capitalismo y el socialismo, bajo el “paraguas” de la alianza entre Stalin, Churchill y Roosevelt contra los nazis.

De esa impronta, que es la misma que llevó a cambiar el nom­bre del Partido en Cuba, o a impulsar la Unión Democrática en la Argentina, no iban a poder escapar los comunistas nicaragüenses; por lo menos los que se quedaban en el Partido/institución.

Ya sabíamos que el jefe histórico del sandinismo, Carlos Fonseca Amador, se había formado en la Juventud Comunista, y que de allí había emigrado para formar el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Pero hasta ese día, casi toda la información que nosotros manejábamos era la que salía en los diarios; y en los diarios de la época, sometidos como estaban al súper control de la dictadura, poco se podía conocer sobre los debates de los revolucionarios nicaraguenses.

Antonio explicó que a su llegada se estaba produciendo una gran discusión en el seno del Partido nicaraguense, y que una parte de la dirección le había propuesto una entrevista con la Comandancia Sandinista, que él aceptó. Terminó entregando el dinero a la Comandancia Sandinista, y también aceptó un pedido de ayuda para el área de formación política, transmitido por el comandante Carlos Núñez en nombre de la dirección nacional. Dijo que el viejo Partido se dividió, que lo mejor del Partido se incorporó al sandinismo, y que lo peor terminó trabajando para la Contra y la misma CIA.

Sí, para la Contra y la CIA. Y para ese sucio trabajo se atrevían a usar el nombre de “comunistas”, el que jamás habían utilizado en la pelea contra Somoza. Así pues, el pueblo nicaragüense comenzó a conocer los comunistas a través de esos traidores.

La presencia de otros comunistas, revolucionarios y, por ello, solidarios con la revolución sandinista, era una necesidad grande del Frente; acaso más útil que los 25 mil dólares que tanto le agradecieron en ese encuentro que Antonio tuvo con los nueve comandantes.

Así, él decidió por su cuenta: entregó el dinero al sandinismo y comenzó a contribuir con la revolución hablando por radios, en mítines y colaborando con el equipo de formación política, donde se daban todos los debates que aún hoy operan entre los que se dedican al tema: estaban los dogmáticos que querían bajar línea como en una escuela formal; estaban los que se contentaban con que la gente participase, aunque no se desarrollara conciencia revolucionaria. Y también estaban allí los que buscaban nuevos caminos para llegar al corazón y la mente de los trabajadores, a fin de fortalecer su conciencia revolucionari, y para ello utilizaban las enseñanzas de Paulo Freyre, de Antón Makárenko, de Vigotsky. Antonio, que había ido a Nicaragua por unas semanas, se quedó allí ocho meses, y cuenta cosas maravillosas de lo que vivió.

Como que el siete de noviembre de 1979 fue invitado a hablar ante cuatro mil soldados del naciente Ejército Sandinista de Li­beración Nacional, formados en la cárcel Modelo, y que los ocho mil somocistas que ellos tenían presos allí por haber cometido crímenes de guerra, escucharon con atención sus palabras desde sus celdas sin rejas.

Antonio se apasiona y empieza a repetirnos el discurso: No se puede entender el triunfo de la Revolución de Octubre, la revo­lución de los obreros, los soldados y los campesinos rusos, si no se piensa en el ensayo general de la revolución de 1905, y si no se mira a la historia de la revolución como un largo camino de aprendizajes, de victorias y derrotas. Porque nosotros venimos de la mano de Espartaco, aquel esclavo que se rebeló contra los romanos. Nosotros somos los mismos que vencieron con la Comuna de París a la burguesía traidora y asesina y que luego fusilaran en el Muro parisino. ¿O no somos nosotros los mismos que entraron en La Habana un 1º de enero de 1959?

¿Y no es que la revolución sandinista es de la misma estirpe que todas las otras luchas de clases, triunfantes hoy o derrotadas, siempre justas y dignas en su heroísmo popular?

Se me parte la cabeza.

La victoria sandinista rompe todas las teorías derrotistas que he escuchado como justificación de las políticas posibilistas, em­pezando por las del Pecé, que circularon desde el 24 de marzo del 76 hasta entonces. Empezamos a pensar, con cierta certeza, que si los nicas pudieron, otros podrán, y que a lo mejor no era cierto que ése era el tiempo del fascismo eterno; que a lo mejor era el de los pueblos, y que eso dependía de nosotros.

Me las arreglo para que Eber me invite a salir con ellos, y me voy con Antonio a seguir charlando. Lo exprimo. ¿Y los jóvenes? ¿Y los comunistas? ¿Y la lucha armada?

Antonio cuenta todo, despacio, detalladamente, me habla de una asamblea obrera de cuatro mil compañeros que le pidieron que explicara eso de la plusvalía, y cómo le fue en su intento de resolver el teorema básico de “El Capital” en una asamblea multitudinaria. También de las giras por los pequeños pueblitos del interior, tan cerca de esa frontera imaginaria con los Contras; o de la ayuda que les dio para editar libros en colaboración con los mexicanos y los cubanos.

En aquel momento me pareció que no se guardaba nada. Pero algo había callado. Será veintidós años después, delante de un par de ginebras con hielo, cuando me revele la otra parte de la historia.

Primero me cuenta que luego de hablar en la cárcel Modelo, no solo recibió el saludo de los jefes nicas, sino que también se le acercó un oficial de aspecto bien cuidado, quien con acento argentino le agradeció la lección de marxismo que les había dado a todos. Aquel oficial montonero le ofreció compartir algunas mi­siones encomendadas por la dirección de la Revolución Sandinista. Si sus compromisos políticos se lo permiten, aclaró, cuidadoso.

Antonio aceptó el convite, dispuesto a correr los riesgos que corrían todos. Cuenta que aprendió a respetar, a querer y a sentirse hermano de exiliados montoneros, trotskistas y del PRT que se habían ido a Nicaragua a seguir la lucha que ya no podían hacer en la Argentina. También cuenta que al volver al país, luego de una anodina reunión de balance en la que nadie le preguntó mucho sobre lo que había hecho o dejado de hacer, a los dos días recibió en su casa la visita de un alto dirigente nacional del Partido que le recriminó agriamente no haber cumplido estrictamente la misión asignada, y le espetó que no debió haberse quedado tanto y, mucho menos, decir las cosas que dijo:

– ¿O creés que no sabemos lo que dijiste por radio sobre la dictadura argentina?

Pero que no lo habían sancionado y que, incluso, le permitieron seguir la tarea que tenía al frente de la labor editorial del Partido. Y que así había llegado a Rosario en el 79, en el intento de despertar los fuegos sagrados con el ejemplo nica.

Yo le cuento, en forma provocadora, que al Ciego lo bajaron del avión en que iba a sumarse al asalto a Managua, que si no, lo hubiera encontrado en Nicaragua, y él me mira despacio, se fuma su prohibido cigarrillo y me dice con tristeza:

– ¿Es que no sabés que en el Partido estuvo siempre esa contra­dicción entre la revolución y la reforma, entre una esencia revolu­cionaria que no llega a florecer y un reformismo que casi siempre termina en claudicación? – Se pone serio y casi con lágrimas en los ojos me arroja–: ¿Y si no, por qué carajo tuvimos que hacer el XVI Congreso? – Se toma el vaso de ginebra, me mira de nuevo y me dice–: No, la pregunta está mal hecha; la pregunta correcta es: ¿si no hubiera estado esa contradicción entre reforma y revolución, de donde mierda hubiéramos sacado fuerzas para hacer el viraje?

Me acuerdo de Jorge y nuestra discusión sobre si se podía o no poner en pie al elefante blanco del Pecé, y le doy la razón.

El viraje no vino de la nada, lo prepararon por años hombres como Antonio, como el Chocho, como el Alberto, como el Ciego, como el Ñato, como el viejo Tito y como tantos otros miles que siguieron siendo comunistas verdaderos. A pesar de todo.

44. El reencuentro

El suegro de Raulito nos prestó un departamento en el barrio de San Telmo. Allí nos alojamos con dos compañeros del Partido de Rosario, para participar en el XVI Congreso. Todos estamos muy excitados, hace pocos días se ha hecho la Conferencia Provincial y todos sienten que estamos haciendo algo importante. Y necesario. La conversación con Jorge parece que hubiera sido ayer, dada la aceleración de los tiempos en el Partido.

En pocos meses he tenido que recuperar años de aislamiento intelectual. No sólo he leído todo lo que me recomendó Jorge, también todo lo que empezó a circular con virulencia, una vez rota la censura que el aparato ideológico mantenía sobre todos nosotros. De todos esos textos un libro me ha impactado más que ninguno, es el de Los Caminos de la Unidad, donde Shafik Jorge Handal, líder comunista del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, y el Comandante Manuel “Barbaroja” Piñeiro Losada21 defienden la unidad de la izquierda, el carácter socialista de la revolución, la imprescindible necesidad de derrotar el enemigo en su núcleo armado y una valoración de América Latina que es toda una sorpresa para mí y para miles de compañeros.

Ya en el acto inaugural, Athos define el carácter del Congreso, y se pone firmemente de parte de los más decididos a dar el paso tan temido de decretar caduca la auto proclamación de vanguar­

21 Shafik fue secretario del Partido Comunista Salvadoreño, miembro de la comandancia del Farabundo durante la lucha armada y llegó a ser un líder popular, candidato a presidente; Piñeiro fue uno de los Comandantes de la Revolución Cubana, con tareas vinculadas a la Seguridad del Estado y la solidaridad revolucionaria dia, el carácter infalible del Partido y sus direcciones, y a dar por agotada, prácticamente, toda una cultura política.

Llegaría después el tiempo de aprender, dolorosamente, que no se abandona gratuitamente un modo de ser mantenido por cincuenta años. Pero esa noche, todo es optimismo y convicción de victoria.

Cuando termina el acto, Emilio me propone volver temprano al departamento, porque me quiere presentar gente muy interesante. Intuyo que hay algo que vale la pena, y acepto la propuesta.

Cuando tocan el timbre y entra una pareja con dos chicos en brazos no los reconozco para nada. Para colmo, hablan con tonada cubana, y como yo no había ido nunca a Cuba casi no les entiendo lo que hablan, hasta que la madre me abraza y me pregunta si ha engordado tanto que no la reconozco.

El Ciego se ríe y dice que sí, que Mechi ha engordado tanto que nadie la va a reconocer, que hasta puede ir a Rosario y caminar por la peatonal que nadie se va avivar.

Emilio nos tiene a todos otra sorpresa: ha descubierto que en un placard el dueño de casa tiene una verdadera bodega de vinos importados. Elegimos una colección de Navarro Correas numera­dos de uno a cien en la etiqueta, y unas botellas de genuina sidra española de un chillón color amarillo.

La ronda tiene algo de mágico, levanto el vaso y miro adentro: me veo escribiendo un libro dentro de veinte años, acordándome de esa escena: un verdadero reencuentro de sobrevivientes.

Emilio estuvo en el Pozo de Banfield, junto con casi todo el Comité Central de Vanguardia Comunista. A él lo largaron, pero ya sabemos que es uno de los pocos sobrevivientes.

Lo que cuenta supera todo el horror que yo pude recoger en mi paso por la Cuarta, la Guardia y Coronda. Atados con cadenas a las paredes, encapuchados por meses, casi sin comida y some­tidos a una situación de degradación tal, que ni los relatos sobre Auschwitz se equiparan, iban siendo llevados de a uno o de a dos, para no volver. A él lo tiraron un día en una calle del Gran Buenos Aires, y caminó por horas en círculos, temeroso de que lo hubieran largado como un señuelo para capturar más compañeros. Al fin se convenció de que no lo seguían, y llamó al Central para que alguien lo recogiera y lo pusiera a salvo.

En realidad se salvó dos veces, porque a los dos meses de regresar a Rosario (lo habían chupado en una escuela del Partido que se hacía en San Martín, en el Gran Buenos Aires) rodearon su casa y se tuvo que escapar por los techos.

Todos escuchamos con envidia al Ciego: nos habla de Cuba, de su viaje frustrado a Nicaragua y de lo que sí pudo hacer en El Salvador. Nos cuenta que para viajar al Salvador se preparó, junto a un grupo de internacionalistas de toda América Latina, durante algunas semanas; y que en la etapa final de los prepara­tivos, los llevaron a un sitio donde el mismo Che había pasado algunos de los días previos a su viaje sin retorno a Bolivia Y que todos habían sentido una emoción muy especial al caminar por ese campamento en lo alto de la Sierra Maestra. El Ciego nos cuenta anécdotas de aquellos días, y de cómo la convicción de la victoria parecía fluir del mismo suelo por donde había caminado el Che.

Pero que dejó todo por volver al país y ser uno más de la Fede, dice, sin acordarse de que ya todos estamos en el Partido.

Los tres fuimos de la Fede santafesina, los tres sufrimos algún tipo de persecución y represalia por nuestra militancia comunista, y los tres hemos llegado a la convicción de que hay que cambiar profundamente al Partido para poder salvarlo.

El Ciego, quien vivió más de cerca los procesos centroame­ricanos de unidad de las izquierdas y de lucha armada popular, hace rato que ha superado cualquier rasgo de impaciencia o inma­durez. Sabe perfectamente que toda lucha de clases, empezando por la armada, es una lucha política que no admite demoras, pero tampoco improvisaciones o aventuras. Pero que sólo la lucha por el poder puede instalar un centro de gravedad verdadero en un Partido que estalló tras el fracaso electoral del 83, y que ahora se cuestiona todo.

El Emilio ha sufrido aquel secuestro tanto como la falta de debates, el autoritarismo de un puñado de burócratas que llegaron a apoderarse de muchas direcciones partidarias, y que habían hecho de su auto preservación casi el leitmotiv de su actividad.

Y yo, junto con las lecturas a las que me indujo Jorge en aquel viaje, he sentido en carne propia, tanto la falta de concentración del Partido en los centros neurálgicos de la lucha de clases real, como los límites de una política sindical que no acertaba en vincular la lucha contra la burocracia sindical con los temas de la construcción de alternativa revolucionaria.

Les cuento una anécdota bastante simbólica: pocos días antes de la definitiva normalización de la Unión Obrera Metalúrgica de Villa, el Partido de la localidad organizó un asado con un conjunto muy grande de trabajadores, activistas y dirigentes de la Seccional. Estaban incluso algunos de los que serían electos como primeros directivos legítimos de la UOM de Villa, después del operativo represivo del 75, y de la intervención – por supuesto que con el aval de Lorenzo Miguel, secretario general de la CGT – que se mantuvo hasta mediados del 83. Ante el éxito previsto de la actividad, el Central aceptó mandar al referente sindical histórico, Rubens Íscaro, y eso terminó de asegurar el éxito de la actividad. Trabajamos como locos, todo salió bien: la comida, la bebida, la seguridad del lugar, la presencia de los invitados, pero Rubens Íscaro dedicó su intervención a la cuestión del necesario apoyo obrero al Movimiento de los Cien para seguir Viviendo, un movimiento pacifista inspirado en el llamado Nuevo Pensa­miento Político que surgió en la URSS con la Perestroika, y que predicaba la desaparición de la categoría de “enemigo”, y que por ello equiparaba al Imperialismo con los pueblos que luchan por la liberación.

Claro que un movimiento de ese tipo contaba con el apoyo de “demócratas” como Raúl Alfonsín (UCR) o Vernet, pero nos volvía a sumergir en la política de “frente demócrata nacional”.

Y ésa fue la base de la Unión Democrática, y de que no fuéramos consecuentes con la 7ª Conferencia y con aquella con­signa inventada por nosotros mismos: “Unamos los brazos por un Argentinazo”, que nos colocaba en el camino de los Montos y del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

El que dice eso es el Ciego, la Mechi disiente con la cabeza, y el debate da vueltas y vueltas, tratando de encontrar las razones por las que este extraño grupo de sobrevivientes sean vistos más como derrotados, que como gente victoriosa de la muerte que se prepara para la lucha final.

Y, para colmo, hay que cargar con el sambenito del apoyo a la dictadura.

Justamente nosotros.

Pero Emilio dice que hay que asumir todo, que no se puede empezar a explicar que yo no fui, o que eran otros los que es­cribían las pelotudeces de la convergencia. Que si nos salvamos es para ayudar a superar los errores, y que los errores eran por derecha. Que de esta crisis se sale por izquierda, y que ahora podemos poner el Partido en sintonía con el Sandinismo, con el Farabundo Martí, con el Manuel Rodríguez, que todavía tenemos varios miles de militantes y si los podemos poner a la lucha por el poder…

Jorge dudaba que el elefante blanco pudiera ponerse en pie, pero estos cuatro sobrevivientes, sea por el alcohol o por la expe­riencia vivida, ya no dudan.

El viraje va a poner al Partido en el lugar que le correspon­de. Que para eso hemos nacido. Para triunfar, qué mierda –dice Mechi, y se abraza fuerte con el Ciego.

Los niños están durmiendo y nos vamos tranquilizando.

Me tiro en un rincón y me agarra la nostalgia. Pero no sé de qué. Será que como dice una canción de Joaquín Sabina: no hay nostalgia mayor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

De repente, me sobreviene una cosa extraña, una sensación casi olvidada: aquella que tenía cuando conspiraba con Leonel Mac Donald: me ha vuelto la seguridad en la victoria y eso me enciende una hoguera que me pone a mil la cabeza, tanto que casi me duele.

Pienso en aquella charla de café y me doy cuenta de algo muy curioso: estamos haciendo lo que Leonel me pedía en aquel café del Baviera del Puente, acaso ingenuamente, en el 68.

Que pusiéramos el Pecé a luchar por el poder.

45. La Maldita Camioneta

Al Ciego le apasionaban los Quilapayún.

A las seis de la mañana, en la puerta del Swift, mientras pique­teaba “Nuestra Palabra”, ponía el casete en el equipo de sonido y martirizaba a todos con la Cantata de Iquique.

¿Qué extraño, no? La cantata empieza en el desierto del sur chileno con algo así como que un niño juega en la escuela Santa María de Iquique y descubre los restos de una matanza.

En Santa Fe no hay desierto, se sabe; pero igual un niño juega en lo que parece una camioneta chocada.

La madre le grita una y otra vez que tenga cuidado, que hay muchos fierros rotos ahí, que no sé por qué tu padre no se lleva esa porquería de una vez.

– ¡Mamá, mamá! – grita el niño –. Mira lo que encontré: un reloj, un reloj, y anda todavía.

–Ay Martín, Martín, ten cuidado con lo que tocas, que la ca­mioneta es de unos compañeros –se preocupa la mamá del niño.

El Ciego puso la primera y la camioneta arrancó despacio.

Llovía y él llevaba la familia, así que era más cuidadoso que nunca.

Cuando llegaron a Paraná, el compañero que había traído de Concordia se ofreció a ayudarle a manejar.

El Ciego paró a un costado de la ruta, dio la vuelta por delante y se sentó a la derecha del conductor, que ahora se acercaba al túnel, aceleró para pasar un auto, el Ciego iba a gritar ¡cuidado!, cuando el camión salió de la nada y lo arrojó a lo oscuro.

Despertó por los gritos de la Mechi y de los chicos, no sentía nada pero no se podía mover.

La camioneta se había deformado con el choque y estaba atrapado. Perdía sangre a borbotones.

La miró a la Mechi que intentaba hacerle un torniquete; en vano.

Había estado en demasiados cursos de primeros auxilios para no saber lo que pasaba, se estaba desangrando y en minutos el corazón le estallaría.

Pensó en Ramiro, el salvadoreño al que creía su hermano; pensó en Mauricio, el Nica que se quedó esperándolo para entrar juntos en Managua, pensó en Patricio y en esa noche cuando es­tuvieron juntos con Shafik Handal.

Se dio vuelta para que la Mechi no lo viera llorar y gritó con el resto de sus fuerzas:

– ¡Hijos de puta, yo no me puedo morir así!

46. El Mundialito y la CIDH

Me doy vuelta en la cama y la luz me despierta.

Me levanto de un salto, el despertador no ha sonado, o no lo escuché.

Es la primera vez que me duermo y pierdo un pasaje a Buenos Aires.

Me pongo mal porque alguno puede pensar que preferí ver el Partido de fútbol a ir a hacer la denuncia.

Y además, yo tenía que acompañar al cumpa de San Nicolás.

Corriendo, salgo a la calle y me tomo un taxi.

El clima en las calles es extraño, como si de golpe la dictadura se hubiera evaporado, y con ella, el miedo de la gente.

En el 79, en medio del Mundial Juvenil de fútbol que se jugaba en Japón, llegó la delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para hacer una inspección in situ.

Alrededor de ella se dio una de las mayores pulseadas de aquellos años. La dictadura, las revistas de editorial Atlántida, especialmente “Gente” y “Para Ti”, el Gordo Muñoz[20] y casi todos los que podían hablar en esos años por radio o mostrarse en la tele, largaron una campaña feroz invirtiendo la imagen: las víctimas pasamos a ser los hijos de puta que ensuciábamos el nombre del país, lo desprestigiábamos y le hacíamos perder negocios y por ende, trabajo y dinero a la gente sencilla.

Es la época de los famosos cartelitos “Somos derechos y hu­manos” que tantos taxistas y comerciantes pegaban con bastante entusiasmo en las ventanillas y vidrieras.

Por suerte, Jorgito ha viajado solo y me espera disciplinada­mente en el bar que habíamos acordado como punto de encuentro, por si nos perdíamos. Digamos la ver dad: yo le había dado esa segunda cita por si él no llegaba a tiempo o se perdía; pero al final, ese exceso de paternalismo salvó al que se durmió, que no fue él, sino yo. Bueno, no importa, el caso es que nos encontramos, tomamos un taxi, llegamos al lugar y nos ponemos en la cola que se extiende por Avenida de Mayo. De a poco voy reconociendo gente: este es de la Fede, aquel es de Coronda, aquella madre es de Santa Fe, y aquella otra de Rosario. El trámite es rápido: en­trás, te dan un formulario, lo llenás y un empleado de la OEA lo lee en tu presencia para ver si entendiste las consignas. En cinco minutos salgo, pero me quedo a esperar a Jorgito, que tiene que explicar lo de Sergio.

Aunque hayamos logrado que una parte de la delegación vaya a Rosario, igual hay que denunciar en todos lados.

A Jorge y a Sergio los detuvieron justo en estos días. A Jorge le pegaron más o menos normal, pero a Sergio lo destruyeron. Lo tiraron agonizante y lo salvó la guardia del Clemente Álvarez pero, de todos modos, después hubo que meterlo en terapia.

Le pusimos una guardia de la Fede día y noche porque temía­mos que lo vinieran a rematar, y es que el caso se había puesto al rojo vivo.

Alguien se equivocó, o alguien quiso provocar al gobierno matando un comunista justo cuando llegaba la CIDH. Y nos aga­rraron a nosotros de punto.

Pero el escándalo que hicimos rompió la cerrazón y salió hasta en “La Capital”, nadie quería quedar pegado al tema delante de los de la OEA, y se pasaban la pelota de uno a otro.

La noche en que a Sergio le dio un paro cardíaco, yo no estaba de guardia, pero sí estaba en el sanatorio cuando los enfermeros entraron corriendo a terapia. Yo bajé a la vereda, agarré unas pie­dras y me puse a tirar ladrillazos a los autos hasta que me pararon y me metieron un calmante. Me parece que fue la primera vez que me dio un ataque de nervios como ése. Como la Comisión ya estaba por llegar, había un equipo preparando la inspección, que llegó al otro día y nos creó ciertas condiciones que permitieron la supervivencia de Sergio. Además prometieron que a Rosario iba a venir el jefe de la delegación. Y cumplieron.

Sigo esperando, pero el ambiente se pone más espeso.

Para colmo, el partido de la final se juega entre Argentina y la Unión Soviética. Éste es un día para cobrar, ya la veo venir. Pasa un viejo trajeado y me grita algo; yo pierdo los estribos y de la bronca lo insulto a los gritos. Jorgito me convence que nos vayamos.

Salimos caminando, las calles están llenas de papelitos.

Me acuerdo de diciembre del 75, cuando a los que preguntaban el porqué de la bomba, los vecinos explicaban que éramos comu­nistas. Y ninguno de ellos, después de treinta años de conocer a mi vieja, tuvo el decoro de venir a saludarla.

Ahora los taxistas que pasan nos putean, y una barrita de pibes con banderas argentinas nos señalan con el dedo y cantan algo. No se entiende bien, pero intuyo que es una invitación a irnos a Moscú o a La Habana, que los argentinos somos derechos y humanos.

Nunca me sentí más derrotado que en aquellos días.

47. Genocidio y Dominación

El Viejo es profesor de historia.

Daba clases en un Instituto de Reconquista, al norte de la provincia, y ahora dicta conferencias en el patio de la cárcel de Coronda.

Su tesis es más que interesante: todo movimiento de domi­nación exige un nivel de aculturación del dominado; primero se requiere del aniquilamiento en masa de aquellos a ser dominados, y luego –para garantizar que no se reconstruya la identidad ori­ginal, incompatible con la estructura de dominación montada –, un aparato represivo destinado a aplastar el elemento de rebeldía cultural.

Repasemos. Los españoles aplastaron toda resistencia indígena apelando a un discurso religioso sobre la “inhumanidad de los infieles”. La cruz y la espada.

Pero luego, junto con la administración colonial, llegó la Inqui­sición, que se desparramó por toda la extensión de los dominios coloniales. Tenía su centro oficial en Lima, pero en cada ciudad importante, y la Santa Fe de la Vera Cruz ya lo era por entonces, tuvo su delegado autorizado para llevar adelante procesos.

Es casi increíble la similitud que hay entre la metodología usada por los Inquisidores y los grupos de tareas de la dictadura: los dos trabajaron sobre la base de acusaciones arrancadas en sesiones de tortura, las que proseguían mucho después de conseguida la “prueba” buscada.

Buscan en realidad destruir al Otro, ayer no ortodoxamente religioso, o no suficientemente Realista, y hoy rebelde contra el capitalismo y el nuevo Imperio.

La Inquisición perduró mucho después de la Revolución de Mayo, dedicándose en los últimos años a perseguir pensamientos “afrancesados”, aunque éstos remitieran a los Incas y sus suble­vaciones.

A poco de andar, la oligarquía porteña consolidó su dominio sobre los otros grupos de poder que buscaban un camino propio de organización capitalista, y con Rosas reorganizó la persecución de un modo más explícito y brutal que la Inquisición, pero no menos efectivo. Los vencedores de la larga lucha entre Federales y unitarios emprendieron un nuevo genocidio contra los restos de los pueblos originarios: fue la llamada Conquista del Desierto (“desierto” que, por supuesto, estaba habitado, y desde hacía miles de años). Y también en el noreste, en la zona del Gran Chaco que iba desde la actual Misiones hasta el centro de la provincia de Santa Fe para el sur, y hasta Santiago de Estero en el Oeste.

Cuando la generación del 80, tal culta y liberal ella, asumió la tarea de dirigir la definitiva organización nacional estatal capi­talista, una de sus primeras leyes, la 4144, sancionada en 1902, organiza la represión contra los que vienen del exterior a disociar el espíritu nacional, en explícita mención y descalificación al pensamiento anticapitalista de los anarquistas y los primeros socialistas y comunistas.

El Otro deja de ser el infiel o el bárbaro, para convertirse, de ahí en más y hasta ahora, en el que denuncia al capitalismo y sus actores principales, y lo combate.

El anticomunismo, que se descargaba sobre los luchadores contra la explotación capitalista, no importara en cuál organización que militasen, se transformó, de ahí en más, en el elemento articu­lador de una ideología de la represión que justificó el accionar de las policías bravas, las secciones de la policía de lucha contra el comunismo, las asonadas golpistas y los grupos parapoliciales a lo largo de todo el siglo XX, hasta culminar en el tercer genocidio, el que sufren los militantes populares de los 70, el del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.

Hemos tenido el extraño “privilegio” de sufrir un genocidio de nuevo tipo. Sus víctimas no eran parte de un grupo étnico o religioso, como habían sido las víctimas de los turcos en Armen, o de los nazis en Europa. Su identidad común no era el color de la piel o el Dios en que creían o no creían.

Su identidad común era el compromiso con las luchas popu­lares, y un sueño.

El sueño de ser libres.

48. LaVictoria y la Derrota

El que está hablando ahora es el Ñato Huidobro. Estamos en 1992, en el patio arbolado de la Facultad de Humanidades de Ro­sario, en un Seminario sobre el Che. El Ñato está reflexionando sobre la derrota y dice algo muy interesante.

Cuenta cómo Raúl Sendic estuvo en un pozo y salió libre. Es decir, que salió siendo Raúl Sendic.

Y que él sintió la derrota cuando algunos compañeros que llegaban a posiciones de gobierno, eran capturados por el pensa­miento neoliberal.

Que en el fondo, usando aquel famoso en última instancia de Engels sobre la determinación, la victoria o la derrota, la libertad o la sumisión, se deciden al interior de cada uno de nosotros.

En Coronda no ponían a los presos en un pozo, pero había un escalonado sistema represivo que buscaba liquidar la identidad de los que, por error o casualidad, habían sobrevivido “inmerecida­mente” en tanto seguían sosteniendo el sueño.

En primer lugar estaban los guardia cárceles, que habían sido paulatinamente renovados con sangre y músculos nuevos, bien adap­tados al nuevo rol que les tocaba jugar. Ya no se trataba de asegurar la disciplina o frustrar preparativos de fuga: ahora se les exigía que colaboraran en la destrucción de los militantes apresados.

Los guardias estaban autorizados para imponer sanciones a los compañeros por insignificantes violaciones a un reglamento interno que penaba todo hasta cantar o no estar bien afeitado. La sanción hacía perder los recreos y, lo más importante, la posibi­lidad de recibir visitas cada treinta o cuarenta cinco días, según la época represiva.

Las sanciones tenían un carácter acumulativo. Digamos, la primera vez tres días, la segunda cinco, luego diez, veinte y luego la celda de castigo que estaba en los laterales.

Allí, el preso estaba solo y más aislado que en las celdas co­munes donde siempre quedaba el recurso de hablar por la ventana o los conductos del agua, o al menos hablar con el fajinero que te traía la comida. En la de castigo no había nadie cerca y te dejaban un único “elemento de confort” que era el colchón, pero lo sacaban a las seis de la mañana y lo devolvían recién a la noche.

También estaban las requisas, esos allanamientos sorpresivos que rompían todo lo que había en la celda buscando algo prohi­bido y que te ponían desnudo en el pasillo para revisarte bajo los huevos y dentro del culo para ver si te habías “encanutado” algo. Y que a veces pegaban.

También estaban los interrogatorios que volvían a hacer los militares o tipos de Inteligencia que actuaban desembozadamente en busca de complicidades.

Y el escalón final, era el “chancho”, una especie de celda de castigo pero mucho más brutal: ésta estaba fuera del pabellón, no tenía siquiera colchón y en la misma celda había un excusado que no se limpiaba nunca. Tenía un olor inaguantable.

Propiamente, una celda de la Inquisición.

49. El Chancho

El Ñato, el rosarino, pasó por toda la secuencia.

Un día pasaron con una lista y lo trasladaron de pabellón. Lo llevaron al Cinco, el de los más pesados. Le tocó ir con un compa­ñero peronista de Entre Ríos que le decían Isidorito y la segunda noche en el nuevo domicilio, cuando estaban hablando cosas de presos, los enganchó la guardia.

Lo sacaron al pasillo y un oficialito nuevo, jovencito pero bien educado por los militares, los quiso hacer correr al trote hasta el baño. No afloje Isidorito, tranquilo Ñato, no corran que no pasa nada, escuchó que le gritaban desde las celdas. El guardia se sintió tocado y quiso hacer valer su autoridad.

-A correr he dicho, gritó.

-No corran compañeros, gritaron los presos. Y ninguno de los dos se movió.

El tipo empezó a los golpes y a gritar. -Corran y una patada. -Co­rran y una piña en el estómago. -Corran carajo, y un empujón hasta que llegó el jefe de la guardia y los metió adentro de la celda.

Pero a la mañana lo llevaron al “chancho”. Ahí, aislado de todos, empujado al límite de la condición humana, decidirá que está bien hecho lo que ha hecho. Que la única manera de sobrevivir es resistir políticamente.

Bucea en sus recuerdos y concluye que su rebeldía es bastante anterior a la política y muchísimo antes que su afiliación al Par­tido. Se regocija acordándose de la vez aquella en que un patrón le faltó el respeto a un viejo correntino y él lo vengó poniéndole la horquilla en el cuello al desgraciado, y no se la sacó hasta que le pidió perdón al pobre viejo.

O del día en que lo detuvieron porque le puso una 45 en la cabeza a ese hijo de puta que había denunciado los compañeros al ejército porque habían pedido que se respete lo de la seguridad laboral. Y con el Partido había comprendido algunas de las razo­nes: por qué esos patrones eran tan inhumanos, por qué la policía siempre cerraba con ellos, por qué hacía falta la unidad para juntar fuerzas y poder cambiar las cosas.

Se quedó más tranquilo, le dolía un poco la rodilla que se había lastimado cuando el guardia lo empujó, y le molestaba esa picazón que no se iba de la piel ni siquiera tomando los antihistamínicos que los compañeros le recomendaron y el almacenero médico le había recetado, pero se sentía bien.

No era lo mismo ponerle una horquilla en la garganta a un fabricante de mosaicos de Villa Banana que quedarse quieto ante una orden de un guardia cárcel en Coronda, era mucho más duro bancarse esto pero en el fondo sentía que era la misma pelea, y eso era lo que lo ponía bien.

50. La consumación de la traición

Estaba en el laburo y me llamaron del diario.

-Asume hoy

No hacían falta más palabras.

A pesar de las denuncias en “La Capital” y de la columna en “Rosario/12[21], a pesar de las declaraciones de los organismos de los derechos humanos y de aquel acto en la Plaza del Soldado de Santa Fe junto con la Hebe y las Madres en que lo denunciamos con toda la voz, el torturador Víctor Hermes Brusa se preparaba para asumir como Juez Federal de la Nación, a cargo del Juzgado Federal Número Uno de la ciudad de Santa Fe.

Aproveché que tenía una cobranza pendiente que hacer para pedir permiso para resolverla, y así poder salir a la calle, pero mi jefe se demoró un rato largo, así que cuando pude salir ya era casi la hora de la ceremonia.

Al único que alcancé a avisarle fue al Beto[22] después me subí a mi Pumita[23] y salí corriendo para el sitio de la jura, en un edificio de la Justicia Federal en el Boulevard Oroño.

Llegamos casi juntos, el Beto y yo, pero había un vallado de policías que nos impedía pasar.

El nuevo Juez Federal de Santa Fe debía asumir con la pompa y la tranquilidad que su cargo merecía. Y así fue.

Todos fingieron en el acto no saber el pasado del Juez, y pre­tendían que con la ceremonia se borrarían las acusaciones y las dudas. Si la Comisión de Acuerdos del Senado había considerado sus antecedentes y las acusaciones y lo había considerado apto… argumentó la Corte Suprema de Justicia casi diez años después como justificativo de su complicidad indisimulable.

Anoto en un cuaderno la fecha de la infamia: es el 5 de sep­tiembre de 1992.

La democracia argentina se ha sacado un velo más y avanza, paso a paso, hacia la desnudez total con que se presentaría, ho­rrible y repugnante, en diciembre del 2001 a matar muchachas y muchachos en la Plaza de Mayo que la enfrentaban armados con piedras y cacerolas.

Por eso, no olviden de que aquellos vientos trajeron estas tempestades.

De la rabia que tenía no volví al laburo, me fui a casa y escri­bí unas líneas para publicar en “Rosario/12”. Allí estampé una aseveración que entonces sólo era deseo: “La memoria es más larga que la traición”.

Pero ocurrió que los dos términos de la ecuación resultaron mucho más complejos que la aparente transparencia de aquella afirmación; voluntarista sin duda, pero cargada de sano odio contra los asesinos.

Primero la memoria.

Ni yo mismo me acordaba quién carajo era el tal Víctor Brusa. Aquella tarde de agosto de 1992 en el departamentito de la calle Corrientes, en Rosario, tuve que escuchar varias veces la noticia de que alguien se preguntaba si el candidato a juez cumplía todos los requisitos que el cargo exige para que algo me hiciera click en el cerebro y me llevara a buscar entre mis carpetas de recortes y papeles viejos para asegurarme que Víctor Hermes Brusa fuera el nombre de la infamia de 1977.

Una infamia que duró por mucho tiempo, porque de aquel episodio de noviembre del 77 quedó abierta una causa y un pedido de captura que casi me liquida de una vez por todas una mañana del 79 en que intenté renovar mi pasaporte en el edificio central de la Policía Federal, el de la calle Belgrano y Virrey Cevallos en la Capital, y me invitaron a “pasar” a una oficina del primer piso.

Habíamos trabajado duro para armar una buena delegación al Festival Mundial de las Juventudes que se realizaba en La Haba­na, y yo tenía unas ganas bárbaras de participar, y por supuesto muchas más, de conocer Cuba.

Pero me avisaron tarde que yo era uno de los designados para viajar, casi sin tiempo para renovar el documento. Esa fue la razón que me había decidido a arriesgarme a hacer el tramite de urgencia, yendo al Departamento Central de Policía, la misma boca del lobo. Suerte que los compañeros me habían advertido que si recibía cualquier sugerencia de ir a otra oficina, dijera que sí, que por favor, pero que me las arreglara para salir volando del edificio.

Y así hice.

Sin preguntar nada a nadie, con el corazón en la boca fui adivinando los pasillos hasta que logré acercarme a una de las puertas de salida y con decisión encaré para afuera poniendo la mejor cara de felicidad por haber conseguido el documento que permitía acceder al Primer Mundo que me salió. Pero en realidad, salí puteando bajito, sin pasaporte y con las ilusiones de conocer Cuba postergadas quien sabe para cuando.

Sería recién en 1985, cuando buscando, otra vez, revalidar el pasaporte vencido, me enteré que había sobrevivido todos esos años con una orden de captura dictada por el Juzgado Federal Número Uno de Santa Fe en la famosa causa por la que me inte­rrogó Brusa en la Cuarta, cuando me torturaron y el hijo ´eputa pretendió que firmara lo que él había preparado.

Tuve que viajar a Santa Fe y gestionar un “libre culpa” ante al Juzgado Federal. Recién ahí pude acceder al expediente y enterar­me que poco antes de aquella mañana en la Cuarta, en noviembre de 1977, habían capturado un grupo de militantes de la Fede del barrio Guadalupe de la ciudad de Santa Fe, y que uno de ellos firmó sin leer un papel en que me acusaban de poner una bomba en la Plaza España de Santa Fe, la que está cerca de la Terminal de Ómnibus, en enero de 1977, cuando yo todavía estaba en la cárcel de Coronda.

Ahí sí que me acordé de Brusa, de Facino, de Rebechi y de toda la banda; pero después del incidente me volví a olvidar. Por meses ni me acordaba que alguna vez había estado preso, y si me acordaba de algo era muy difuso, sin contornos precisos, sin colores, sin nombres.

La última acción contra la impunidad en que había participado fue un pedido colectivo de ex presos políticos al Estado argentino de resarcimiento por lo sufrido, que impulsó la Liga en 1983, mientras todavía estaba en la Fede.

Después me pasaron al Partido de Villa Constitución, luego a la dirección provincial en los inicios del viraje, también estuve un tiempo en Cuba y al final, como resultado de la crisis partidaria del ’90, prácticamente había quedado fuera del Partido.

Y en ese transito había ido perdiendo mi identidad militante personal para ser “el secretario de Villa Constitución”, “el dirigente provincial”, “el representante ante los cubanos” y después nada.

Nada institucional en el Partido, y nada de la identidad mili­tante personal.

Hasta que reapareció Brusa y comencé a recuperar la memoria de mi historia militante personal, más allá de las internas y las locuras por las que pasamos tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de lo que parecía el socialismo real.

Aquel domingo de agosto del 92, cuando decidí recuperar mi identidad militante personal por afuera del Partido al que perte­necía desde los quince años, me acordé de un salvadoreño que actuaba como representante del Partido Comunista Salvadoreño en La Habana, en el 90.

Nos habíamos conocido porque las respectivas direcciones partidarias nos habían encargado aprovechar nuestra presencia en la isla por tratamiento médico (él se reponía de heridas recibidas en la ofensiva general del Farabundo, de noviembre del ’98 y yo de un injerto de córneas, recibido en el Hospital Almeijeiras de La Habana) para impulsar la difusión de la llamada Carta de los Cinco.

Un documento de resistencia cultural revolucionaria -acaso el único escrito por esos días en el espacio del movimiento comunista internacional- elaborado por Shafik, Patricio y los cubanos del Departamento de América que dirigía Piñeiro.

Hubo desde el principio como una sintonía que se hizo amis­tad; enseguida surgió una relación que superaba lo formal. Un día me preguntó si quería conocer a Shafik, que iba a pasar por La Habana y si yo quería, armaba un encuentro con él. Para mí era como conocer a Fidel o al Che; o a Lenin.

Para los que nos enamoramos del viraje, Shafik era el ejemplo más convincente de que un comunista como nosotros, podía ser un revolucionario consecuente, un comandante guerrillero, un tipo respetado por el pueblo y por los que pelean. Shafik había sido secretario del Partido Comunista Salvadoreño, había estudiado en las mismas escuelas que nosotros, había leído lo mismo que nosotros, y si él había podido, ¿por qué pensar que nosotros no?

Corriendo le dije que sí e hicimos planes: como yo vivía cerca de la Plaza de la Revolución y del edificio gubernamental donde Shafik tenía que concurrir, planeamos que a la salida lo traerían a casa por un par de horas. Liquidamos los últimos dólares que teníamos, Mary cocinó todo lo que sabía y compramos bastante ron del bueno.

Pero se desató una tormenta de esas caribeñas, el vuelo de Shafik se atrasó y los planes de conocerlo fracasaron.

Mauricio vino a avisarnos y se quedó con nosotros, llovía como nunca y teníamos toda la comida y todo el ron que habíamos acu­mulado para la ocasión. Primero Mauricio me habló de Marcelo[24].

El mismo Mauricio hace un relato de su muerte en el libro Canción para una bala de que él había dirigido la escuela política militar donde Marcelo había completado su preparación, y había estado con él, la noche antes del combate en que perdió la vida. También me explicó como nos veían los salvadoreños a los argentinos: rubios, grandotes que comen mucha carne, y de cómo Marcelo pudo cambiar esa imagen gracias a su esfuerzo y su humildad.

Y después me contó que la crisis del Muro había afectado a todos.

Que algunos de sus oficiales se bajaron de la montaña y pu­sieron un kiosco. Sí, un kiosco; igual que cuando el comandante montonero santafesino Jorge Obeid se quebró y puso un kiosco en un pueblito del norte de la provincia antes de iniciar su deste­llante carrera política que terminó en el cargo de gobernador de la provincia y fugaz ministro del presidente Rodríguez Saa.

Y que no era cierto que los problemas de un Partido se debieran a la malicie o impericia de un compañero u otro. Que estaba en crisis una cultura política, y había que renovarla. Y para hacer eso el arma principal era la ética, la dignidad, la identidad militante.

Que me olvidara de los cargos y los honores, que para recons­truir el ideal no eran imprescindibles y que hasta podían llegar a confundir la tarea.

Yo no lo sabía, pero aquel domingo de agosto del 92 cuando emprendí la lucha contra la impunidad de Brusa estaba, así sea de un modo muy modesto, aportando a reconstruir el ideal.

La lucha por la memoria iba a terminar reconstruyendo mi propia identidad militante y aportando a recuperar el ideal colectivo de la generación de los 70, el de mi Partido y el de la izquierda.

Porque, entre otras cosas, uno es lo que fue y por ello sólo se puede ser uno mismo si se sabe de donde viene.

Pero en la medida que avancé tuve que enfrentarme a la dura realidad: la memoria es caprichosa. Se acuerda de lo que ella quiere, y de igual modo, se olvida de lo que ella quiere. Y, como corresponde, casi siempre funciona al revés de lo que uno quiere: se acuerda de lo que quisiéramos olvidar y olvida aquello que buscamos recordar.

Hasta ahora, hasta este preciso momento en que escribo para poner la memoria en el lugar de la memoria y el olvido en el suyo me ocurre que siento que me olvido lo principal y que recuerdo lo secundario, y no al revés como quisiera y no puedo.

Porque la memoria no es sólo el relato de lo que fue, sino ayudar a imaginar el por qué.

No se trata sólo de hacer saber sobre una generación que se jugó por la revolución y fue castigada con el genocidio. Se trata de entender que esa generación caminaba hacia un horizonte al que imaginaba socialista.

Cierto es que ese horizonte no existía, y de hecho no llegó el socialismo sino la dictadura asesina; pero el horizonte humano siempre es el que el hombre imagina; mejor dicho, el horizonte humano es aquel imaginado por los hombres y las mujeres de una generación.

Entonces, la memoria es contar cómo, por qué, cuáles fueron las causas que llevaron a una generación entera a vincular su proyecto de vida, sus sueños, sus ilusiones en una vida mejor, con el cambio social, con la lucha, con los esfuerzos colectivos y solidarios.

De cómo fue que se inventó un horizonte socialista.

Hacer memoria de los 70 es comprender los tres anchos carriles por los cuales se forjó la voluntad popular de cambios.

Uno fue el de la experiencia práctica de las luchas libradas desde la caída de Perón en 1955 hasta la irrupción obrera, estu­diantil y popular de mayo de 1969.

Ese lento y duro aprendizaje de que se podía mejorar la vida, de que eso no dependía de la magnanimidad de algún dirigente sino del propio esfuerzo organizativo y combativo de ellos mismos hasta que en el sentido común se afirmó la idea de que se podía aumentar el sueldo con la huelga general, de que se podían mejo­rar las condiciones de trabajo con el sindicato, de que se podían lograr facilidades para estudiar con el centro de estudiantes, y así de seguido.

Los estudiantes secundarios apoyaron las primeras moviliza­ciones de 1969 por razones humanitarias, por sentimientos soli­darios, por la conmoción general que vivía la sociedad argentina; pero cuando vieron que con su lucha podían conseguir el medio boleto estudiantil o formas solidarias de comprar los útiles inter­nalizaron en su sentido común que era bueno organizarse, y los Centros se masificaron.

El segundo carril fue el del impacto de los portentosos cambios internacionales a favor de la izquierda y los pueblos que buscaban librarse del dominio imperial. Y sobre todo del ejemplo victorioso de Cuba, que mostraba en castellano, con mulatas, ron y palmeras, un socialismo alegre, vital; que daba ganas de vivirlo.

Y Cuba nos había dado al Che.

Se necesitaría todo un libro para tratar de explicar lo que el Che significaba para nosotros. Y no lo voy a intentar resolverlo en dos párrafos.

Así que menciono el tercer carril, el del proceso de diferen­ciaciones y selección de los mejores proyectos políticos y de los mejores compañeros y compañeras para impulsarlos estrictamente en relación a los sentimientos y decisiones que provocaban los hechos inscriptos en los carriles uno y dos.

Por ese proceso surgieron nuevas fuerzas de izquierda, y corrientes de izquierda en todos los espacios organizados de la sociedad. Y en el medio de ese torrente una generación que dejaba atrás la mojigatería y la resignación de una vida de sufrimientos para buscar experimentar en sí misma lo que era la felicidad.

Todas las formas de la felicidad, incluyendo la de luchar y vencer juntos. Termino diciendo que la razón más poderosa de la lucha popular que gestó el Cordobazo fue la búsqueda de la felicidad, como estado colectivo.

Y entonces paso a la traición.

La traición en su significado más directo y obvio.

La traición de Reuteman que ignoró las denuncias de sus En 1992 Carlos Reutemann ejercía su primera gobernación y tenía todo el poder político para ordenar a los senadores justicialistas el modo de pro­ceder ante las denuncias que sus propios legisladores provinciales habían avalado, propios operadores políticos que resistían avalar el ascenso a juez de un tipo como Brusa al que todos sabían partícipe de la represión y el terrorismo de estado.

La traición de los senadores Luis Rubeo y de la Gurdulich de Correa que operaron en la Comisión de Acuerdos del Senado para que se aprobara el pliego mandado por Menem.

La traición de los radicales y demócrata progresistas que silenciaron las denuncias y volvieron a sellar la famosa continui­dad jurídica que borra las fronteras entre dictaduras y gobiernos democráticos.

La traición de buena parte de la sociedad santafesina y par­ticularmente del diario “El Litoral” que rápidamente silenciaron las voces de denuncia para fingir una normalidad que les iba a estallar en las manos ocho años después cuando Brusa fue final­mente depuesto, con la excusa del caso Pedernera, pero con la convicción popular de que sin la lucha contra la impunidad del Brusa torturador no hubiera habido Jury, ni destitución.

Pero también la traición de los de este lado.

De los que estaban comprometidos con la lucha por los derechos humanos y le sacaron el cuerpo porque podía acumular el Pece y aún más doloroso, de los que estaban entonces en el Pece -después se fueron al Frente Grande, después al Frepaso, después del triunfo de la Alianza al Gobierno y después, con la rebelión popular de diciembre de 2002, al basurero de la política- y descalificaron la lucha porque podía acumular el sector ortodoxo del Partido.

La primera conferencia de prensa de denuncia, las primeras acciones colectivas, los primeros actos no contaron con la par­ticipación de los que -por entonces- eran la dirección oficial de mi Partido en la provincia de Santa Fe. Y en eso sí que fueron consecuentes, jamás se movieron de esa posición de principios que estaba anticipando la que tomarían dos años después cuando se subordinaron al Chacho Álvarez y pretendieron arrastrarnos a la componenda que terminaría en el gobierno de la Alianza y la masacre de diciembre del 2001.

Claro que la inmensa mayoría de los organismos de derechos humanos, la inmensa mayoría de la militancia de izquierda y del Partido Comunista, tomaron la lucha como propia, sin importarle quién era la víctima si no quién era el agresor; cómo había sido la práctica corriente durante la dictadura a pesar de las confusiones y errores ya reconocidos.

Hacer la lista sería interminable y soberbio de mi parte.

Valga con recordarme de Rubén Naranjo, entonces de la A.P.D.H.[25] local, que estuvo siempre presto a ponerle el cuerpo; del Beto Olivares, que acompañó en todas desde la Liga Argentina por los Derechos del Hombre rosarina, del flaco Luis Canalis del Partido de Santa Fe, y de la carta de Patricio[26].

Porque en aquel septiembre del 92, casi fuera del Partido/insti­tución, hostigado por los que temían que el Partido se aprovechara de la lucha y de los que dentro del Partido calculaban a quienes beneficiaba en la interna aquella denuncia, cuando me sentía más fuera que adentro, recibí de Patricio una carta conmovedora, que aún conservo, como la única medalla obtenida en treinta años de militancia.

Patricio me alentaba a luchar contra la impunidad porque ese era una tarea propia de nuestra generación. Porque es lo que ha­bíamos aprendido de nuestro Partido, a luchar contra la impunidad de los genocidas y combatir la violación de los derechos humanos sin mirar el color de la camiseta de la víctima.

Así habíamos procedido cuando lo de Tablada; a pesar de todas las presiones de adentro y de afuera. En aquel verano del 89, Patricio puso al Partido en la defensa de los presos. Y de los que habían podido salvarse de la matanza. No sólo puso los abogados de la causa, también puso todo lo que teníamos para ayudar a los compañeros que necesitaban refugio y ayuda para salir al exterior.

También me hablaba de que era ésa la práctica de la Coordina­dora de las Juventudes Políticas, que la lucha consecuente contra el enemigo era la condición para la unidad de la izquierda que buscábamos, porque en la cancha se ven los pingos.

Y terminaba con una comparación, seguro exagerada, pero no por ello menos estimulante.

Decía que la lucha contra la impunidad de Brusa tenía el sello de aquella batalla histórica, por lo difícil y porque la ganamos, contra los asesinos de Ingalinella en el 55 cuando Florindo se puso el Partido de la provincia al hombro y se largó contra el aparato represivo hasta lograr encarcelar a algunos de los policías asesinos.

La comparación era más que fuerte y definitoria, pero la carta tenía -al menos para mí- un mensaje más profundo: no importa qué pasara en el Partido/institución y lo que tuviéramos que hacer para sostenerlo aun desde lugares tan distintos, nuestra identidad ya no era un símbolo o un papel.

Patricio, secretario general de un Partido que prácticamente me había expulsado de sus filas, me alentaba a sostener esa batalla contra la impunidad porque no sólo era justa, también porque era parte de la lucha por recuperar la verdadera identidad del Partido, la que sobrevivió a todo. A la política de convergencia cívico mi­litar, al voto a Luder, a las componendas con Zanola, Rodríguez y otros perversos burócratas sindicales.

No importa lo que dijeran o hiciera no importa quien; hasta podría ser cierto que no tuviera Partido, pero tenía conducción política que me llamaba a seguir la batalla hasta el fin. De repente me di cuenta que éramos como un ejército en retroceso, que a duras penas mantenía algún orden y que los avatares de la pelea me habían alejado del contingente principal; y había quedado aislado.

Pero igual que un combatiente perdido, separado de sus com­pañeros que, incluso no confiaban mucho en él, debía sostener el combate y ganarlo.

Una batalla por la memoria histórica, por el viraje partidario y por mi propia identidad militante personal.

Ésa era la misión que me daba Patricio, y era lo que yo nece­sitaba para ponerle estrategia a una batalla que había empezado casi solo por vergüenza, por la sagrada palabra empeñada en los días del terror cotidiano, por ese sofocante sentimiento de “culpa del sobreviviente” que me perseguía día y noche.

Si antes soñaba con aquella nube de humo fuera de la cual me esperaba Rebechi y la banda terrorista, ahora despertaba bañado en sudor frío cuando la viuda de Alberto me encontraba en una marcha por el 24 de Marzo que caminaba en medio de la nada, y me preguntaba el ¿por qué?

-¿Por qué vos estás acá y Alberto está desaparecido?

51. Ricardone 58

En pleno centro de Rosario, entre Rioja y San Luis, desde Mitre a Corrientes, hay una cortada que se llama Ricardone.

Allí, a pocos metros de Mitre, en el número 58, en los altos de una vieja edificación, durante la dictadura funcionaba el lo­cal de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, y es allí donde se fueron agrupando los familiares de los detenidos; que luego fueron asumiendo distintos nombres y posturas y abriendo nuevos locales.

Pero cuando yo llegué a Rosario, a principios de 1978, era el único lugar donde se recogían denuncias, se recibía y distribuía solidaridad, se contenía psicológicamente a los familiares, y se organizaba un combate sin tregua por la aparición y la libertad de todos los detenidos y/o secuestrados por razones políticas, sociales, sindicales.

Allí conocí a algunas de las almas más puras y nobles que percibí en mi vida.

Gente a las que el dolor había transformado, y de tanto morir y renacer con cada momento de certeza de la muerte del que busca­ban para luego ilusionarse de nuevo en que seguía vivo y próximo a aparecer, se habían convertido en otros, mejores.

Hombres y mujeres como los que soñaba el Che, que se fueron despojando de la más minúscula porción de egoísmo para sentir verdaderamente que la vida de cualquiera de los recuperados era tan valiosa como la de su hijo, o la de su compañera, su madre, o la de su abuelo.

Uno de ellos era Fidel.

Tenía el hijo desaparecido y fue uno de los primeros en de­cidirse al combate colectivo; y es que Fidel no había nacido a la lucha con la desaparición de su hijo. En 1955, poco antes del golpe gorila del 16 de septiembre, fue detenido en un bar de nombre más que sospechoso mientras hablaba de política con sus amigos anarquistas, comunistas, socialistas, españoles republicanos e italianos antifascistas.

Aquella tarde, Fidel estaba en el bar García Lorca de Avellane­da -como casi todas las tardes en que no trabajaba- cuando entraron policías de civil y lo detuvieron sin más trámite.

A él solo, porque era el más novato y se quedó esperando sen­tado que los policías llegaran a su mesa pidiendo documentos. De distraído, casi ni se dio cuenta que sus amigos saltaron como re­sortes de los asientos y desaparecieron como por arte de magia.

Pero no lo dejaron solo en la cárcel.

Esa misma noche, sin que él llamara a nadie, apareció un abo­gado en la policía preguntando por él y haciéndose cargo de su caso hasta lograr su libertad a las pocas semanas. Fidel, hombre agradecido, decidió esperar el cobro de la quincena para comprar una botellita de vino y llevársela al abogado. Pero entre una cosa y otra, ocurrió que los militares voltearon a Perón y cambió la dirección de la onda represiva. Ahora se dirigía fundamentalmente contra los trabajadores y activistas de empresa que sostenían el sindicalismo peronista oficialista.

Por eso, cuando Fidel llegó, por fin, al bufete del abogado que lo había sacado de la policía peronista, encontró una larga fila de mujeres esperando su turno de hablar con el abogado.

Con la botella envuelta en un discreto envoltorio de papel, Fidel espero hasta poder hablar con el hombre, quien le reprochó el regalo, aunque lo guardó convenientemente en un la gran biblio­teca que tenía a sus espaldas, y pasó a explicarle que las mujeres que esperaban afuera eran mujeres de activistas peronistas, que él defendía. Del mismo modo que lo había defendido a Fidel unas semanas antes.

Primero a los de izquierda de la policía peronista, y ahora a los sindicalistas peronistas de la policía gorila, que no era otra que la policía peronista con la camiseta cambiada.

Y la Liga[27] defendiendo a todo aquel que sufriera la represión, no importa el color de su camiseta.

Y Fidel se enamoró de la Liga, de la cual aquel abogado era su referente en la zona sur del cono urbano bonaerense, pasando a ser desde entonces uno de sus más consecuentes militantes.

Por pura conciencia, sin ningún interés personal directo en los asuntos que por veinte años tuvo que afrontar: la represión a la Re­sistencia Peronista que -obviamente- no se conformó con reprimir peronistas, la aplicación del Plan Conintes por parte de Frondizi en lo que era una especie de estado de sitio permanente y “legal” hasta la ley 17.401 de represión de las actividades comunistas de la dictadura de Onganía que sancionaba por primera vez el delito de pensar y todo lo que vino con ella aparejada.

Pero cuando le secuestraron el hijo, fue distinto.

Todo su cuerpo se conmovió y Fidel invirtió las proporciones: ya no militaba para darle sentido a la vida, sino que se esforzaba por vivir para poder sostener mejor la lucha por la aparición y libertad de su hijo. Y de todos. Porque él fue uno de los primeros que se instaló en Ricardone 58 para agrupar a los familiares, y fue justamente él quien me recibió en febrero de 1978 cuando hice mi primera incursión por aquella casa.

Incursiones que eran, al principio, dificilísimas.

Allí conocí a la madre del Ñato, a la del Chinche, a la Gallega, y a tantas otras que daban lecciones de optimismo y entereza.

Mujeres con las cuales uno levantaba el ánimo no más al verlas en aquella casa que era como un oasis de dignidad y humanismo en medio del desierto del terror y la resignación impuesta por la dictadura.

En serio, que en aquellos días, era una de las tareas más recon­fortantes tener que ir tarde por medio a Ricardone 58 a pesar del riesgo, obvio, calculado, asumido, que implicaba salir del mundo del anonimato para subir las escaleras de una casa de familiares de presos políticos.

Estaba todo muy lindo, pero lo que no pude nunca soportar es que me agarren las manos y me pregunten fijando sus ojos en los míos: -vos que estuviste adentro, ¿no lo viste a mi hijo?

No tenía cara para decirle que si hace dos años que no sabe nada de su hijo no lo verá más; que si no aparece en las listas del Poder Ejecutivo debe estar en algún campo de concentración, mugriento, encapuchado, encadenado a una pared, cagado encima o sin bañar por meses, comiendo una vez al día las sobras de la comida de los perros, esperando la nada o vuelto a torturar hasta que en una de esas se muera por su cuenta, o lo fusilen, o lo tiren vivo de un avión, o qué sé yo.

Prefiero explicarle que sólo conozco los nombres de los que salían conmigo al recreo y que además, cosa que es cierta, una extraña amnesia me domina desde entonces: puedo acordarme de mil rostros pero de ningún nombre.

Ni de compañeros viejos ni nuevos, simplemente mi mente se niega a saber cosas por las que puede volver a sufrir.

Voy a ver a un psiquiatra del Partido pero es inútil, nadie puede borrarme el sueño de esa nube en que quedo encerrado, y que cuando salgo siempre encuentro al mismo hombre de saco y corbata.

52. La Identidad Bifronte

También para mí, las Madres fueron una especie de energía vital renovadora. Junto a ellas impulsamos las primeras iniciativas contra la represión: las solicitadas, las colectas, la presentación de hábeas corpus colectivos.

Yo, un ateo de cierto lejano origen judío, me fui transformando en una especie de experto en Iglesias y sacerdotes. Una de las primeras iniciativas que tomamos para ampliar el reclamo fue organizar misas por la libertad de los presos. Creo recordar que los curas que primero se decidieron a colaborar fueron los de la iglesia que está al lado del Colegio San José, en la calle Presidente Roca y Salta de Rosario. Y por ello, fueron castigados por esa decisión, tan cristiana, de compartir el reclamo de justicia.

Para el Día de la Madre del 78, habíamos arreglado que en la misa el sacerdote hiciera referencias bien concretas a las madres que no podían encontrarse con sus hijos por que estaban presos, o peor, desaparecidos.

Pero al llegar, el lugar estaba inhabitable: habían tirado bombi­tas de olor -esas con un terrible olor a huevo podrido- que obligaron a suspender la misa y nos hicieron volver con las manos vacías.

Fui uno de los pocos presos liberados que se incorporaron al trabajo de los organismos de derechos humanos, pero ello fue por estrictas razones políticas.

Lo que quiero es relativizar el valor personal del hecho, ya que la decisión de incorporarme a esa labor solidaria fue resultado de una discusión colectiva de una fuerza política que a pesar de los golpes recibidos pudo sacarme de Santa Fe, mudarme a Rosario y darme la seguridad -la que se podía tener en aquellos años- mínima como para desplazarme y moverme por allí.

Rápidamente formamos una Comisión Juvenil de la Liga y con los contactos que fuimos haciendo en el ámbito religioso, sumados a los que fuimos reconstruyendo con las Juventudes Políticas que sobrevivieron la represión y lo poquito que quedaba del movimien­to estudiantil universitario, aportamos a la creación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Rosario.

En eso nos ayudó mucho toda la labor realizada hacia el Festi­val Mundial de la Juventud en La Habana, Cuba, en 1978 (al que no pude ir por no conseguir el pasaporte): retomamos contactos con varias juventudes políticas: los radicales, los socialistas po­pulares, los socialistas unificados, los demócrata cristianos, los desarrollistas y otros.

También retomamos contactos con la Federación Universita­ria de Rosario y los jóvenes de la Federación Agraria; todo ese conjunto de relaciones las volcamos a la formación del Seminario Juvenil de la Asamblea Permanente.

En realidad, en Rosario se había intentado fundar la Asamblea antes, en diciembre del 76, pero el intento se frustró por la irrup­ción de la policía en el restaurante donde se había planificado la cena/reunión yendo a parar pastores, sindicalistas y políticos por unas horas a la Jefatura.

La segunda vez, en la que participamos todos los de la Comi­sión Juvenil de la Liga y varios de nuestros amigos, nos reunimos en el salón del Centro Gallego de la calle Entre Ríos y todo salió bien.

¿Qué es lo que buscábamos?

Que todo el mundo se pronunciara por la libertad de los presos y el esclarecimiento de los secuestros así sea con un lenguaje que hoy parece (por lo menos a me parece) demasiado complacien­te con la dictadura, pero en aquellos tiempos sonaba como una búsqueda legítima de espacios por donde colar las denuncias que nos venían de adentro de las cárceles.

En la medida que fue pasando el tiempo ocurrieron dos proce­sos que resultaron convergentes, uno: los presos fueron ganando en organización y claridad sobre lo que se podía hacer para mejorar su propia situación; y también se fueron organizando los familiares. Algunos de la mano de los organismos tradicionales y otros junto a los nuevos que fueron surgiendo entonces: el Medh, impulsado por las Iglesias; el Cels, surgido de la mano de un hombre que había sido funcionario de la dictadura de Onganía y que tenía un perfil bastante identificado con la activa Embajada norteamericana de aquellos años. Así se fueron dando su propia organización Madres, Abuelas, Comisión de Familiares, etc. Y se fue estableciendo una relación cada vez más fluida entre el adentro y el afuera.

Y el exterior. Porque también habría que incorporar al análisis de las fuerzas puestas en movimiento a los exiliados políticos que se fueron organizando y generando redes de solidaridad interna­cional que llegaron a ser muy eficaces.

Y generosas.

Enrique Gigena, un histórico dirigente ferroviario rosarino de los Talleres de Pérez, fue mandado por el Partido en 1977 a España por tres meses y se quedó tres años aportando en la organización de la solidaridad efectiva con la lucha que nosotros librábamos acá.

Volvió en el 80 y dio una charla en el local de Ricardone.

Cuenta cómo, a pesar de las diferencias indisimulables entre los compañeros de las organizaciones armadas y los de nuestro Partido, se fue logrando un clima de tolerancia y ayuda mutua que estaba impulsado por el objetivo común de lograr pronuncia­mientos y fondos.

Y que el papel de los comunistas argentinos fue inestimable.

No por lo que pudiera lograr en los llamados países socialistas, que no jugaron casi ningún papel en la solidaridad con la lucha del pueblo argentino, sino porque nosotros aportábamos, al me­nos, dos cosas. Una era el sistema de relaciones que nos daba la pertenencia a un movimiento, el comunista mundial, que todavía existía y en Europa tenía posiciones legislativas y de gobierno en países claves como España, Italia e incluso los países nórdicos. Justamente esos países fueron los que más dinero dieron.

Enrique cuenta que llegó a tener una entrevista con el Primer Ministro de Suecia a quien, a pesar del horror y la oposición de todos quienes lo acompañaban en la entrevista, le pidió un aporte de medio millón de dólares. El tipo dijo que lo iba a pensar, que volvieran en 96 horas, y al volver se encontraron con un cheque en un sobre. Al año, Enrique redobló la apuesta y pidió un millón de dólares, y le volvieron a conceder el pedido.

Claro que Enrique ni tocaba el dinero destinado a la solidaridad con los presos y los familiares de los desaparecidos, ni siquiera aceptaba un cheque ya que había armado un mecanismo por el cual los suecos depositaban el dinero en un banco en Nueva York que luego retiraba en Buenos Aires un importante industrial que prestaba su nombre. Y que cada tres meses, religiosamente, la Liga presentaba un balance meticuloso de cada peso gastado, con su correspondiente comprobante. Y eso impresionaba a los suecos.

La otra cosa que aportaba el Partido -y eso en polémica con otras fuerzas- era la idea de ayudar también a los que quedaban luchando en la Argentina, dado que la resistencia no había cesado y la batalla principal, como siempre sucede, se libraba al interior del país.

Puede ser que tales ideas estuvieran condicionadas por el en­foque más general, incorrecto y reprochable, de que había espacio para la diferenciación de los militares: fascistas y democráticos, pero visto desde el hoy, esa línea de traer la solidaridad para quie­nes luchaban aquí, resultó un aporte interesante.

Y también, sin que ninguno de nosotros lo imagine o planifi­que, una forma de resistencia de la identidad militante comunista que iba trazando una línea de coherencia entre la resistencia de los presos políticos en los campos de concentración y las cárce­les, la actividad de sus familiares en los organismos de derechos humanos, y lo que hacía la representación del Partido en Europa Occidental.

En aquellos años donde aquella identidad corrió peligro de su­cumbir ahogada por el reformismo y el oportunismo, esa conducta militante que necesitaba de la unidad de los revolucionarios como el pez del agua se transformó acaso en la última línea de resistencia del sentido revolucionario de la identidad comunista.

Treinta años después, compartiendo con Enrique la dirección del Partido de Santa Fe luego del XVI Congreso[28] -él fue electo secretario provincial del Partido por la Conferencia que comenzó el viraje, y yo secretario de organización- me contó un episodio más que simbólico de como actuaba esa práctica como un límite objetivo al oportunismo.

En Europa él había armado una red de comunistas y amigos que vivían en diferentes países. Entre todos editaban un periódico de denuncia de los crímenes de la dictadura. Como se editaba con el aporte de todos, Enrique no podía acceder a los materiales hasta que la revista ya estaba editada. En una oportunidad, se edita el periódico con una tapa contundente: Fuera la dictadura fascista de Videla.

Cuando la vio ya impresa, no dijo nada pero imaginó al instan­te que tal título no iba a caer bien en la Argentina. Disciplinado, procedió como de costumbre y envió los dos ejemplares corres­pondientes a la dirección nacional del Partido por el mecanismo habitual.

Y por el mecanismo habitual recibió a vuelta de correo una misiva terrible con acusaciones de irresponsabilidad política y falta de comprensión de la línea poniendo en duda la conveniencia de su permanencia al frente de tan importante misión partidaria. Pero a las dos semanas el mismísimo Arnedo Álvarez[29] pasó por España, y fue a saludarlo.

Enrique lo llevó a cenar a una taberna gallega que hacía el pulpo como pocas, con la cocción justa y el exacto toque de pi­mentón picante que mezclado con el aceite de oliva convertía al sencillo plato marinero en una exquisitez de fama internacional.

Charlaron animadamente, a solas y Arnedo parecía ignorar to­talmente el entredicho; por las dudas que la discusión se pusiera dura Enrique había insistido en que su compañera se quedara resolviendo cuestiones “impostergables” de un expediente abierto ante el gobierno de Italia. Arnedo le pidió un informe minucioso de las tareas y, especialmente, sobre la posición que los comunistas españoles e italianos tenían sobre la dictadura, y contra el propio posicionamiento del Pece argentino al que ayudaban a pesar de las diferencias políticas que tenían con nuestra caracterización de Videla y Cía.

Escuchó con atención y no preguntó mucho, parecía saber perfectamente las posiciones en juego. Después le transmitió los debates del Central, la información con que contaban, intercam­biaron noticias familiares y pidieron el postre.

Cuando se levantaban, Arnedo -como al pasar- le dijo que había leído la última revista editada en Europa y que le había gustado bastante.

Cierto que a algunos no les había gustado la tapa, pero que él les dijo que nadie lee una revista por la tapa sino por las notas. Y que las notas estaban bastante bien.

Y le guiñó un ojo, acaso el gesto que no se animaba a hacer en la Argentina.

53. Los Cuidadores de la Memoria

Brusa se había acostumbrado demasiado a la impunidad.

Fueron muchos años.

Muchos años de colaborar con el Segundo Cuerpo y de hacer amigos que le debían favores de todo tipo.

Muchos años de trenzar con el Pejota de la provincia, muchos años de arreglar juicios a favor de los poderosos, de los que mandan en serio como gustaba explicarle a su mujer en los raros momentos en que ella insinuaba alguna duda ante un hecho escandalosamente beneficioso para ellos.

Cuando lo nombraron Juez Federal de Santa Fe, a cargo de la instancia electoral, creyó haber tocado el cielo con las manos.

Había llegado al final del camino, y para siempre.

No sólo había triunfado en la vida, también había ganado le eternidad.

Nadie lo podía sacar de ese sillón por el que había pisado tantos y tantas desde aquellos primeros “perejiles” de la Cuarta y la Guardia.

Por eso, aquella mañana en que el pelotudo ese se le metió debajo de la lancha, no dudó un instante.

Dios no podía ser juzgado por un accidente en la laguna, y si bien él no era Dios, era amigo de los dueños de la vida y de la muerte. Que es más o menos lo mismo.

Había salido a dar una vuelta en la lancha y Miguel Pedernera se interpuso en su camino sin que él se diera cuenta. Ni se detuvo a ver lo que pasaba con el nadador que se hundía con peligro de ahogarse en la laguna que tan bien conocía. Después hizo casi todo lo que quiso: desde inventar testigos falsos, apelando a sus amigos, hasta sacar del medio a la Dra. Tessio nombrando como abogado de la defensa a quien había sido el marido de la fiscal, obligando a excusarse de la causa a quien parecía no querer respetar los pactos corporativos de impunidad y silencio.

Pero aquel 8 de noviembre de 1997 su suerte empezaría a apagarse.

Poco después recibió un pedido de juicio político que no le inmutó, había demasiados en el Congreso que le debían favores. Tampoco se calentó mucho cuando se enteró que Patricia lo había acusado en España ante el Juez Garzón.

Qué le iba a hacer a él un gallego bruto que les creía a los subversivos.

-Que se joda si le pasa algo, comento en la ronda de whisky de la tarde. Y sus amigos la amenazaron a Patricia, para que vayan sabiendo con quien se meten.

Como yo sabía muy bien con quien había que meterse, cuando un abogado gallego -pero de verdad, de Galicia, y no los inmi­grantes de España a los que llamamos gallego por ignorancia nuestra- me pidió que testimonie para el juicio de Garzón, no tuve reparos.

Busqué papeles, trabajé un poco con lo que aquel periodista me había conseguido, y en febrero de 1999 me presenté en Rosario ante el Consulado a brindar testimonio.

El caso volvió a tener presencia en los medios y la campaña de denuncia se reinició. Fue por entonces, en una entrevista radial donde me enteré de que se había abierto una causa contra Brusa en el Consejo de la Magistratura, un invento institucional del Pacto de Olivos y de la Reforma Constitucional del 94.

Menem necesitaba reformar la Constitución para lograr su reelección y Alfonsín necesitaba pactar con Menem para volver al protagonismo de “Padre de la Patria” que tanto le encanta. Se sabe que la Reforma legitimó todo el saqueo que militares y eco­nomistas neoliberales habían hecho en treinta años.

Y también la impunidad de genocidas y ladrones.

Pero había que fingir un poco y se firmaron con mucha pompa “declaraciones de interés” y se aprobaron “Pactos de derechos humanos” que nadie pensaba cumplir jamás, y se reformó la Corte Suprema.

Algo tenía que obtener Alfonsín.

-Che, nos ha ayudado tanto que cómo le iba a negar ese favor, explicó Menem a su entorno, celoso como siempre de ceder así sea un cargo de cartero en un pueblo pampeano.

Y uno de los pagos fue la creación del Consejo de la Magistra­tura, encargado de juzgar, remover y elegir nuevos jueces Federales suplantando a un Senado que ya venía bastante poco creíble.

El punto es que al inaugurarse el Consejo, recibió como peludo de regalo todas las causas por pedido de juicio político que había en el Senado, y a las que nadie les daba ni cinco de bola. Pero que al llegar al Consejo, se tuvieron que activar.

Claro que en silencio, sin que nadie supiera nada, sin que se llamara a testimoniar a uno solo de los sobrevivientes de la Cuar­ta o al menos a alguno de los que habían denunciado a Brusa en todos esos años.

Digo, a Maulin, a Pratto, a Viola, a Córdoba, a Vallejos, a Cepeda, a Cámara, a Bugna, a Isasa.

O a mí mismo.

El caso es que los tipos ya medio estaban en la etapa final del caso, sin que se hubiere enterado nadie y con pronóstico de sal­vataje asegurado cuando un periodista me pregunta si me habían citado a declarar ante la Comisión de Acusación del Consejo de la Magistratura.

Me hago el que sabe de que se trata y me pongo a averiguar qué diablos es ese Consejo y el Jury.

Y en el mismo Consejo gente que me explicó lo que era y cómo podía intervenir para que la acusación no se caiga tan rapido.

En marzo presenté el pedido de testimonio espontáneo (sin que nadie me lo pida) que ellos no podían rechazar, por el mismo reglamento que acababan de sancionar. Pero demoraron, recién en junio me llamaron y sólo dos días antes de la Feria Judicial de julio. Pero allí fuimos.

Antes, en los días previos me había conectado con la Liga na­cional y con la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos Juntos armamos un pequeño equipo en el que discutíamos los pasos a dar y el modo de encarar las exigencias legales.

Pero cuando entré a ese ámbito de la Corte Suprema en los tribunales de la calle Viamonte, sentí la soledad de estar parado frente al mismísimo poder.

Esas mesas de roble, esas sillas, esas paredes cubiertas de cuadros con los rostros de la Patria (se entiende con los rostros de su Patria, no de la nuestra porque allí no estaban ni Tosco, ni Santucho, ni Evita).

Y la ropa de los tipos.

Y los zapatos.

Y el perfume.

Y los modales.

Todo para achicarte, para que te cagues y los respetes. Y para que no digas lo que verdaderamente pensas.

Pero yo había llevado lo que quería decir por escrito.

Porque no confiaba en mi serenidad, ni mucho menos.

Cuando empecé a hablar e hice algunas reflexiones políticas, la expresión de Alasino, de Maqueda, de todos los forros que habían hecho la Constitución del 94 y estaban allí por ser los más sabios de todos en cuestiones jurídicas, se tornó en sonrisas sobradoras, aburridas.

Pero cuando empecé a nombrar datos, fechas, expedientes, pelos y señales, se fueron poniendo más serios hasta que el silencio fue tal, que terminó afectándome.

Levanto la vista y la veo a Emilia, a Mario y a Fany. Trago saliva, hago esfuerzos para no llorar delante de esa mierda y continúo.

“Créanme, señores de la Comisión de Acusación del Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Nación, que no hay razón más poderosa para este testimonio que cumplir con el juramento que todos nos hicimos de que los que sobrevivieran denunciarían a los culpables hasta las últimas consecuencias.

Mi generación, la del Cordobazo y el Rosariazo, cometió muchos errores y no está mal que los jóvenes tengan una mirada crítica sobre nuestras conductas; pero habría que remontarse a aquellos que liberaron la patria del colonialismo español para encontrar tanta generosidad e idealismo, tanta inteligencia y creatividad, tanta combatividad en la lucha y serenidad en la derrota.

No creo que venga mal en esta oportunidad rendirles justiciero homenaje.”[30]

Y ahí no puedo más, me quedo en silencio trabado y los tipos se quedan paralizados. Los minutos pasan y no se animan a sacarme de allí, ni tampoco quieren animarme.

Uno me da un vaso de agua y me lo tomo de un trago.

Entonces la veo a Fany de vuelta que me mira, y llora. Y yo lloro.

Que no me importa que nos vean llorar, si ésta se la gana­mos.

Y sigo con los datos y las fechas, y la puta madre que los reparió a todos. Pero me agarro del papel y sigo leyendo hasta el final.

-Hace siete años que Víctor Brusa ignora olímpicamente to­das y cada una de las denuncias hechas en su contra. Debe estar convencido de su impunidad. Razones tendrá para ello.

-El 24 de marzo fui invitado por la Coordinadora estudiantil santafesina a un acto donde me pidieron les relatara lo ocurrido. Más de 300 muchachos y chicas escucharon con avidez nuestros relatos y se comprometieron a incrementar su compromiso con la democracia, es decir con la lucha contra la impunidad, el neo­liberalismo y la entrega. Yo tengo las mías para seguir adelante con las denuncias.

Estoy seguro de que la memoria es más fuerte que la traición y que cuando ya nadie se acuerde ni de Brusa ni de Facino, ni de Videla ni de Martínez de Hoz, los jóvenes argentinos seguirán venerando el recuerdo de cada uno de los treinta mil desapare­cidos.

-Eso si que será Justicia.

54. La Memoria es más larga que la Traición

Patricio me sugirió que fuera a España, llevara el testimonio sobre Brusa ante Garzón y que procurara el apoyo de los europeos. Que aprovechara el mes de feria judicial para viajar y que a la vuelta, seguro lo rematábamos al tipo.

Mientras tanto, el caso se había convertido en un suceso pe­riodístico.

Todos los periodistas se volvieron de repente democráticos. Te entrevistaban, pero seguían sin parecer entender nada sobre el genocidio ocurrido.

Volvían a preguntar, una y otra vez, si Brusa me torturaba en persona.

Parecía que se negaban a comprender el funcionamiento del Terrorismo de Estado como un sistema integrado, racional y cien­tíficamente organizado en la que cada parte es imprescindible, y por ello, solidariamente responsable por el todo.

Fui a Madrid y testimonié ante Garzón en persona.

Tuve decenas de entrevistas en España, en Portugal y en Fran­cia. En todos lados el mismo asombro: los europeos creían saber todo sobre la represión en la Argentina, pero no conocían el caso de un juez torturador.

Era, y eso es lo que dijo un dirigente de la Acción de Cristia­nos contra la Tortura de París, como si Brusa fuera el colmo del violador de los derechos humanos.

Volví justo a tiempo para llegar a una sesión de la Comisión de Acusaciones del Consejo de la Magistratura que quería cerrar el caso porque con un solo testimonio no se sostiene la acusación, decían.

Y ahí saltó Adriana, de la Asociación de Ex Detenidos Des­aparecidos.

Sin permiso, pasó al frente y se puso a acusarlos por la com­plicidad con el genocidio, por ser quienes le daban fachada legal a la impunidad.

Y los amenazó con que eso se iba a saber en todo el mundo.

Entonces, los magistrados nos quisieron apurar.

Dijeron que nos daban 24 horas para presentar testigos espon­táneos y la Adriana les tomó el desafío. Cuando nos sentamos en el bar no teníamos un solo testigo, que digo un testigo, no teníamos ni un número de teléfono para llamar.

Yo me había ido de Santa Fe en el 78 y hacía como tres años que pasaba más tiempo en Buenos Aires que en Rosario. Hablamos con Patricia, que estaba en España, y nos dio algunos números de teléfono de Santa Fe.

Y yo me acordé que el Mono vivía en Reconquista.

Empezamos a hablar a todos lados, y fuimos encontrando la respuesta que esperábamos. Como ya conté, con el Mono hablé a la noche y fue entonces que me dijo aquello de que los testimonios sólo tendrían sentido si servían para recomponer la memoria.

-Que la destitución de Brusa por la destitución misma le im­portaba un carajo.

Encontramos doce sobrevivientes de la Cuarta que se ofrecie­ron a testimoniar. Eran tantos que el Consejo de la Magistratura decidió realizar dos sesiones, pero igual quedaron varios compa­ñeros sin poder dar el testimonio.

Pero, de los que hablaron, ninguno cometió la torpeza de ir a pedir explicaciones por lo pasado.

Ninguno fue a decir que no sabía por qué lo habían perseguido o a fingir haber sufrido algún daño accidental, como si se hubiera caído de un colectivo, o de una montaña.

Cada uno de ellos explicó, a su modo, que pertenecíamos a una generación de militantes comprometidos con el cambio. Y en ese grupo estaban casi todos los colores. Los que fueron Montos, los que fueron Perros, los que fueron Pecesillos, los Curas y los Sueltos[31].

Me acuerdo del Ñato Huidobro y gozo de nuestro día de victoria

Yo presentía que todavía faltaba bastante para poder voltearlo a Brusa, aunque no sabía que tendríamos que ganar dos vota­ciones: una en la Comisión de Acusaciones y otra en el Plenario del Consejo de la Magistratura. Y que cada una sería un parto. Y que en cada una aparecerían los que defendían la impunidad de Brusa, que no era otra que su propia impunidad. Y después el Jury de destitución en el que no nos dejaron testimoniar a las víctimas.

Y en el que al final, como en esas películas de cowboy de mi infancia en las que en el último minuto el soldadito blanco y yanqui salva a los rehenes de los indios malos y sucios, aquí intervino la Corte Suprema para negociar la destitución de Brusa a cambio de que borren toda referencia a la violación de los derechos humanos. Y la mayoría de los miembros del Jury aceptó.

Que pasarían meses hasta que llegara la orden de detención contra Brusa emitida desde España, y que al final el tipo estuvo solo unos días preso y que volvió a salir.

Lo presentía, pero en esos momentos ni lo sabía, ni me impor­taba mucho como iría a terminar esa historia del Jury.

Prefería gozar de mi día de la victoria.

Sentado en la Sala del Honorable Consejo de la Magistratu­ra, lo veo al Negro levantar su enorme humanidad y hablar en nombre de una generación que fue exterminada para defender los privilegios que hoy agobian al pueblo argentino, y la escucho a Stella hablar de la gloriosa Jotape, y lo veo al Mono reivindicar al Comandante Santucho…

Qué me importa que gobierne la Alianza y que a casi todos mis amigos de los 70 los mataron, o se borraron, o se asustaron, o se perdieron en las vueltas del largo camino que nos trajo hasta aquí, o sabrá Dios lo que pasó con ellos.

Con los que quedaron en pie sobra para empezar de nuevo.

Un periodista que trabaja para la BBC de Londres y la tele­visión inglesa, insiste en preguntar quien soy y le explico que yo soy un militante de la Juventud Comunista de la Argentina, de la Fede le digo aunque no sé si el tipo podrá traducir lo que eso representa para mí. Y para los centenares de miles, sí, centenares de miles de jóvenes que pasaron por sus filas buscando el camino de la victoria.

Para el Ciego, para Danilo, para Alberto Cafaratti, para el Negro Quieto o para Marcos Osatinsky.

Para el que volaba atado por los pies a un helicóptero en la base Belgrano y cuando lo bajaban seguía diciendo que él era de la Fede.

Para Teresa que miraba a los ojos de los torturadores hasta que los tipos bajaban la cabeza.

Para los que lloraban pateando la puerta del Comité Central la noche en que Alfonsín ganó las elecciones y se rompió -para bien y para siempre- el mito de la infalibilidad de la dirección y de la ineluctabilidad de la victoria.

El Ñato dice que la derrota y la victoria es más relativa de lo que parece.

-Que el general Humberto Ortega, jefe del ejército de Nicara­gua y custodio del gobierno neoliberal, es el símbolo de la derrota del Sandinismo; y que Raúl Sendic, saliendo del pozo en que lo quisieron destruir los militares uruguayos, para seguir siendo un militante revolucionario es nuestra victoria.

Y esta es mi victoria.

La de la memoria sobre la traición.

Pequeña, casi intrascendente.

Pero, ¿cuántas veces pude sentir la victoria en estos treinta años?

¿Acaso aquella mañana del ’69 en que los secundarios ocu­pamos Santa Fe?

¿O cuando todas las Juventudes Políticas amenazaban con cruzar la cordillera para pelear junto a los hermanos chilenos en aquella marcha multitudinaria?

¿En mayo del 2000 cuando la Izquierda Unida salió del ano­nimato y Patricio se hizo diputado?

¿O en diciembre del 2001 cuando miles, y miles, y miles, y miles de jóvenes arrasaron con la Alianza, con De la Rúa, con Ro­dríguez Saa, con los radicales, los peronistas, los conservadores y el Frepaso; y con todos los que nos robaron, tantas veces, nuestra lucha y nuestra sangre?

En Rosario, mejor dicho en una pequeña ciudad pegada a Rosario que se llama Villa Gobernador Gálvez mataron a una comunista en la pueblada de diciembre.

Se llamaba Graciela Acosta y vivía en una villa miseria sola con sus siete hijos. Era militante de una organización en defensa de los derechos humanos, y de un movimiento de des­ocupados.

Dicen que el tiro no era para ella, era para su amiga Mónica, su compañera, su hermana militante. Pero ella se movió para salvarla y se quedó con la bala que tenía otro destino.

Hicieron un acto frente a la Seccional de la que salieron los policías que la mataron. Jorge llamó y me preguntó si podía par­ticipar, le dije que sí y terminé siendo uno de los oradores.

Hablaron muchos compañeros, parados de espalda a los milicos que provocaban con las armas larga en las manos. El ambiente estaba tenso.

La última de la lista de oradores fue la que vive por Gracie­la.

Tiene tres meses de comunista, pero varias generaciones de pobreza y de luchar por la dignidad.

Nadie aprende tanta política en tres meses como lo que sabe esta mujer.

Lo que sabe lo aprendió en años de sufrir, y de pelear.

Levanta el dedo y los acusa. Dice que los conoce uno a uno, y que no se le van a escapar. Los tipos sienten el impacto. Si yo fuera uno de ellos, también tendría miedo.

Mónica sigue su discurso frente a los mismos que la habían querido matar hacía solo quince días. Y termina con una parte del alegato de Fidel en aquel Hospitalito que estaba al lado del cuartel Moncada en Santiago de Cuba.

¿Recuerdan?, el de La Historia me Absolverá.

Fue en 1953 después del fallido asalto al Cuartel, cuando Fidel parecía que estaba derrotado para siempre y lo juzgaban para escarmiento de todos los que se habían atrevido a seguir su ejemplo.

Y para que nadie se atreviera a intentarlo de nuevo.

Y Fidel dice, Mónica dice -que no quiere la sangre de los asesinos.

-Que no le hace falta la venganza. Que como la vida de su compañera no tiene precio, ni toda la sangre de los asesinos podrá pagar su muerte.

-Que para los caídos pide el triunfo de la lucha liberadora.

-Que no hay mejor venganza que para todos el pan, para todos la rosa, para todos la escuela y el hospital; para todos el trabajo y la dignidad.

-Para todos la felicidad.

Yo la miro asombrado, hace años que buscaba el final de este libro y no sabía que esta mujer, que vive por la generosidad de su hermana militante, sería quien me ayudaría, al fin, a encontrarlo.

Ahora sé que la memoria venció a la traición.

Que cruzamos el desierto, y llegamos enteros.

Pocos, pero enteros.

Y que del otro lado nos esperaban miles y miles que nunca oyeron hablar de la Cuarta, tampoco de la Guardia de Infantería Reforzada de Santa Fe o de la Casita de Santo Tomé, ni falta que les hacía saberlo para poder pelear y tumbar dos gobiernos.

Me doy cuenta que ya no es necesario seguir buscando como transmitir la memoria de un modo adecuado.

Que a esta gente, mujeres y hombres del pueblo, se les puede contar esta historia sin más vueltas, ellos sabrán que es la suya.

José Ernesto Schulman

Escrito entre Rosario y Buenos Aires,

noviembre de 2001 a mayo de 2002


[1] Entre 1928 y 1985 el Partido Comunista se rigió por la estrategia de la revolución democrática burguesa, para lo cual proponía formar con todas las fuerzas “democráticas y populares” un Frente Democrático Nacional que privilegiaba el aprovechamiento de las contradicciones secundarias en el campo burgués

[2] el diario tradicional de la ciudad de Santa Fe

[3] dirigente histórico de la Unión Obrera Metalúrgica, uno de los principales jefes de la burocracia sindical de entonces.

[4] agrupación estudiantil del Partido Comunista Revolucionario

[5] Juan Ingalinella, médico comunista, fue detenido por la Policía rosarina y asesinado en junio de 1955. Aunque el crimen fue juzgado y castigado, su cadaver no apareció jamás. Algunos lo consideran uno de los primeros desaparecidos

[6] Guillermo Kehoe, abogado de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, fue uno de los principales impulsores del esclarecimiento del caso Ingalinella. En represalia, fue asesinado en la escalinata de los Tribunales rosarinos en 1964

[7] Lisandro “Gringo” Viale fue un destacado dirigente antiimperialista san­tafesino, fue diputado provincial y uno de los fundadores del Partido Intran­sigente, luego aportó a diversas iniciativas de construcción de alternativa: el Fral e Izquierda Unida

[8] Gobernador por el Partido Justicialista de la provincia de Santa Fe

[9] histórico dirigente sindical comunista de los trabajadores de la carne de Rosario. Años más tarde compartí con él labores en la comisión sindical del partido

[10] dirigente histórico de la Vecinal de Empalme Graneros, uno de los barrios obreros más combativos de Rosario, famoso porque en el 69 quemaron vagones ferroviarios en repudio a la dictadura

[11] en Santa Fe se llama así al vaso de cerveza tirada desde un barril

[12] dirigente histórico del comunismo santafesino. Ferroviario, campesino, fue uno de los personajes de la política santafesina del siglo

[13] Juan Ingalinella, médico, fue secuestrado por la Policía en vispedel golpe del 55. Murió en la tortura y su cadaver, tirado al río, no apareció nunca. Algunos lo consideran uno de los primeros desaparecidos

[14] en la jerga represora, en referencia a los militantes populares

[15] así llaman los cubanos a las casas expropiadas en el 60, destinadas a alojar discretamente a sus invitados

[16] la picana eléctrica

[17] para ampliar sobre Villa Constitución, se puede consultar “Tito Martín, el villazo y la verdadera historia de Acindar”  en el blog http://www.cronicasdelnuevosiglo.wordpress.com

[18] 19 historiador casi oficial del Partido Comunista

[19] importante dirigente norteamericano de la Internacional, se hizo famoso por proponer la convergencia del socialismo yel capitalismo, para lo cual había que disolver los partidos como aporte

[20] popular relator de futbol de la época

[21] Rosario/12 es un suplemento de Pagina/12 dedicado a Rosario, acompañó el caso y estuvo siempre presto para la difusión de nuestras opiniones sobre la lucha contra la impunidad

[22] El Beto es el Dr. Norberto Olivares, por entonces abogado de la Liga rosarina que patrocinó casi todas las acciones que emprendí en todos estos años aunque a veces no estuviera de acuerdo con el enfoque político de la acción que yo emprendía; lo que habla muy bien de él

[23] Una moto de baja cilindrada de industria nacional, económica y muy pequeña. Obviamente desproporcionada para mi figura y peso

[24] Marcelo Feito, militante de la Fede que cayó peleando en las filas del Frente Farabundo Martí poco antes de la ofensiva general del ’89

[25] Asamblea Permanente por los Derechos Humanos

[26] Patricio es Patricio Echegaray, más que secretario general del Partido, fue el inspirador y conductor del viraje que sacó la fuerza del reformismo y la colocó en la senda de los revolucionarios del siglo XXI

[27] La Liga Argentina por los Derechos del Hombre es el organismo de derechos humanos más antiguo de Argentina y toda América, se fundó en diciembre de 1937

[28] Noviembre de 1986

[29] Arnedo Álvarez fue secretario general del Partido Comunista desde 1937 hasta su muerte en 19800

[30] Trascripción taquigráfica del testimonio ante la Comisión de Acusaciones del Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Nación del 28 de junio de 1999

[31] En lenguaje de preso: militantes de Montoneros, del Partido Revolucio­nario de los Trabajadores, del Partido Comunista, de los movimientos de la Teología de la Liberación o independientes

Acerca de schulman52

luchador por los ddhh, escritor, secretario de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, querellante en varias causas contra el Genocidio
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s